sábado, 1 de mayo de 2021

EL PROBLEMA DE LA SOBREVALORACION DE UNA MISMA (CONTENIDO LEVEMENTE REPUGNANTE)


Una de las peores cosas que una puede hacer, es sobrevalorarse. Eso me pasó esta semana, rotundamente, o mejor dicho, ratonamente.


Para dar un contexto previo, tengo que explicar dos cosas: primero, que como viví años en el campo, conozco más o menos bien el comportamiento de los ratones. 


De hecho, en Buin, había uno que todas las noches durante varias semanas, se paraba tranquilamente por fuera de la ventana de mi dormitorio. Silenciosamente nos mirábamos, vidrio de por medio, lo que no me molestaba en lo más mínimo y hasta le puse nombre. Jerry, obvio. Hasta que una noche de puro maldadosa le grité "Buh!", Jerry salió corriendo y nunca más volvió (que yo sepa). 


Así, resulta que no les tengo miedo a esos bichos, y a mayor abundamiento puedo decir con certeza que ellos nos temen más a nosotros. Un ratón nunca se va a acercar a uno a morderla o atacar, como podría hacerlo un perro. Se arrancan, huyen por su vida. 


Segundo contexto: Mi vecinos de la casa del frente decidieron hacer una remodelación el año pasado, comenzó en verano y con pandemia y todo martillaron y botaron muros y escombros durante casi todo el año. Generalmente (por no decir siempre), cuando hay demoliciones o remodelaciones, los ratoncitos que viven en el lugar o cerca, salen arrancando y buscan un lugar que en su concepto particular, es seguro o que creen que sería seguro.


De este modo, llegaron a nuestras vidas, o mejor dicho a nuestro entretecho, varios. Ignoro la cantidad exacta, pero mi marido y yo los escuchamos en la noche durante varios meses, y como somos rigurosos en cuanto a medidas sanitarias por el COVID19 y no queremos ser covidiotas, decidimos que no era el momento de contratar una empresa de esas que se deshacen de roedores. 


Por supuesto que se multiplican, y rápido, así que al poco andar, en las noches el entretecho parecía estar de fiesta y claramente nuestros co-habitantes no invitados no respetan las medidas sanitarias y les importa un soberano rábano reunirse en grupos de más de diez. 


De este modo, llegó el momento en que definitivamente había que hacer algo, y aquí viene mi sobrevaloración. Claro que en el desarrollo de los acontecimientos también influyó un contexto extra que es necesario explicar.


Resulta que mi marido, quien como ya saben, mide 1.95 mts. (lo que hace que una piense que es una especie de ser sobrenaturalmente dotado de facultades protectoras), nunca tuvo una relación amistosa con mi Jerry, ni con ningún otro.  Eso lo descubrí hace años, una vez que estando en el campo, nuestro gato nos trajo de regalo a un ratoncito que había cazado, con la mala suerte para mi cónyuge, de que estaba vivo y empezó a correr dentro de la casa. Obviamente, siendo hombre, dijo algo así como "no se preocupe, yo lo saco", cuando yo en realidad no estaba ni preocupada, para mi es simple, hay que cazarlo y sacarlo de la casa. El asunto es que el ratoncito terminó escondido detrás de mi velador, y mi marido, cada vez que yo movía algún mueble para que él le diera un buen escobazo, más bien se echaba para atrás. 


Así, en aquella oportunidad, decidí invertir los roles, tomar el toro por las astas, o sea agarrar la escoba, y encargarme personalmente del pequeño intruso, lo cual hice en forma muy eficiente.


Entonces ahora, mi marido quería contratar a una empresa asesina de roedores, pero yo pensando en las normas sanitarias y confiando demasiado en mis destrezas campesinas, pensé que podía hacer lo mismo que hace años en Casablanca, así que armé un plan. 


Apliqué mercado libre, compré un súper veneno de esos que no sólo extinguen sino que dejan al bicho disecado, y un día entre una audiencia, almorzar, lavar platos, y varias reuniones, decidí ir a meterme al entretecho. 


Como planifiqué bien el asunto, me saqué la ropa de abogada, y premunida de botas, guantes y ropa vieja comencé la tarea auto encomendada. El primer obstáculo que encontré, fue que habían varios cachivaches que tapaban la puertecita de entrada al entretecho, algunos pesados. Bajé a pedirle a Carlos que me ayudara a moverlos, pero me contestó rotundamente (o, de nuevo, ratonamente) que estaba ocupado y no podía. Confieso que le hice bullying todo el día después, (y ahora queda por escrito) porque me pareció que en realidad no estaba tan, tan requetecontra ocupado como para no poder tomarse dos minutos en subir al segundo piso y mover un par de cosas. 


Logré despejar el camino, y meterme al entretecho, claro que estando ahí no pude encontrar el interruptor de la luz así que me vi en la necesidad de volver a buscar una linterna, que mi marido sí tuvo tiempo de buscar. 


Finalmente, dejé una cantidad considerable de bolsas asesinas para cometer un magno ratonicidio. Aproveché también de hacer lo mismo en una bodega que tenemos y en el patio, obviamente en lugares de esos a los que sólo pueden acceder los ratoncitos, y no mi perro. 


Fueron dos o tres días y noches de escuchar corridas, idas y venidas, golpes, y por supuesto que ni a mi me dieron ganas de subir al entretecho para saber qué diablos estaba pasando ni cuántos residentes teníamos.  


Al tercer día, un olor indescriptible en el patio, que emanaba muy específicamente de la zona donde estaban la lavadora y la secadora. 


Hasta ahí no más me llegó la valentía, y ahí estaba mi super sobrevaloración. De ninguna manera iba a ir a descubrir dónde estaba el ex-ratón y sacarlo de donde sea que estuviera, así que nuevamente recurrí a mi compañero y ejerciendo el recurso de súplica, le pedí que indagara e hiciera el retiro de la ex-especie. 


Por supuesto que Carlos me dijo que estaba ocupado, luego que tenía que esperar a que la secadora terminara de secar ropa (le dije que era mejor apagarla pero no me hizo caso), al día siguiente que estaba ocupado, y al siguiente también. En el intertanto el olor había desaparecido. Aparentemente.


Hoy decidí firmemente ir a sacar la ropa de la secadora, y cual no fuera mi sorpresa al descubrir que la ropa olía a rayos, centellas, y ratón muerto. Tenía que estar sí o sí, dentro de la secadora. 


Cual mujer del siglo XVIII, casi me dio un soponcio y recurrí al hombre de la casa, quien cual caballero de la misma época o anterior, premunido de una mascarilla atómica, guantes astronáuticos y herramientas varias, desarmó la secadora completa, sin embargo, el bicho no estaba en ninguna parte. En el intertanto, se me ocurrió que dado el olor de la ropa, aunque no encontraran a Jerry, igual la secadora podría haber fenecido, así que cuando ya estaba entera desarmada y era altamente improbable que pudiera volver a ser armada, apliqué mercado libre de nuevo, esta vez para comprar una secadora. 


Entremedio, de toda esta situación del partido Carlos vs Jerry estuve en una reunión con mis queridos colegas de REDAN CHILE, y vi una conversación en live en IG entre José Andrés Murillo y James Hamilton, que entre paréntesis, estuvo espectacular. 


Salí a liberar a mi cónyuge/caballero-de-mesa-redonda de la asquerosa tarea que estaba realizando, con la noticia que era mejor rendirse y botar la secadora porque compré una nueva, y me encontré con una sorpresa totalmente inesperada. 


Carlos no se rinde. 


Siguió buscando, (de hecho fue MeJa -Graciela- quien con sus ojos de lince vio la punta de la cola dentro del tambor de la secadora), y mientras Graciela y yo observábamos, sacó el filtro de pelusas , tiró la cola y ahí salió Jerry que no era nada de chico, y las dos gritamos al unísono. 


Ahora Carlos me está haciendo bullying y me lo merezco. De hecho, esta entrada es auto-bullying.


RIP Jerry & cía

RIP Secadora

UTI : La ropa

SIN DIAGNOSTICO: El entretecho.


Conclusiones: 

- No es lo mismo no temer a los ratones que sacar cadáveres de los ídem.

- Carlos es mucho más valiente que yo.

- Habría sido mejor contratar una empresa. 


La secadora, QUEPD 



¡Hasta la próxima!





domingo, 28 de marzo de 2021

Segundo homenaje: Titán.

 La historia de Titán no puede empezar cuando nació, como cualquier historia, sino antes. 


Como expliqué en el pequeño homenaje a Darío, en el año 2009 sufrí un asalto estando sola en la casa. Fue terrorífico. En esa época, Carlos y yo hacía poco que vivíamos juntos, primogénito (Aníbal) se había ido a vivir a República Checa (no se suponía que se quedara para siempre, pero lo hizo, gané una nuera maravillosa que dice la palabra "huevadas" con todas las letras, y dos nietas exquisitas), hijo menor estudiaba en la universidad, y teníamos una perrita Chow-Chow, que mordió a medio mundo cuando era joven, pero ya tenía como 12 años, estaba viejita. La Souji. 


(Souji con primogénito, 1997)


Esa noche yo estaba trabajando en mi pequeño escritorio, concentrada escribiendo algo, en total silencio. No tenía prendida la radio, ni la tele. La silla del escritorio daba la espalda a la entrada de la pieza, Gran error que nunca más cometí. De repente sentí una presencia detrás mío, pensé que Carlos había llegado más temprano y me di vuelta para decirle "Hola mi amor" pero no era él, era un joven a quien no conocía. Pensé entonces, que hijo Carlos había llegado con algún compañero de la U a quien yo no conocía, lo miré y me quedé esperando a que me dijera "Hola tía", pero no me dijo nada. Enseguida apareció otro joven, y pensé que mi hijo había llegado con dos compañeros, y recién, cuando entró el tercero con pasamontañas, me pegué el alcachofazo y pensé "conchemimadre, me están asaltando!". Atrás figuraba la Souji, viejita, moviéndole la cola  a los bandidos.


Ese día, la desheredé. Le dije que la iba  cuidar siempre, pero estaba despedida como guardiana de la casa. 


Conversamos con Carlos y estuvo de acuerdo en que necesitábamos otro guardián. Empecé a estudiar distintas razas de perros, pensé en un Akita, pero los niños de Carlos eran chicos, y los Akita pueden ser un tanto impredecibles, así que me decidí por un San Bernardo. Son cariñosos, pacientes con los niños, y a la vez buenos guardianes. Claro, comen un montón, y hay que cuidarlos harto, peinarlos todos los días, etc.  Además, como son enormes, la vida de un San Bernardo no es larga, difícilmente pasan los 10 años, pero son 10 años que valen la pena.


Nos cambiamos de casa, Carlos compró una más grande porque necesitábamos dormitorios para "los tuyos y los míos" y entre otras razones porque es súper protector, sabía que quedé traumatizada después del asalto. 


Así, partimos en la búsqueda de un compañero perruno, y compramos a la Nieve, yo super ignorante no me di cuenta que no era realmente una San Bernardo porque no tenía la máscara negra alrededor de los ojos, tenía la cara blanca, era casi entera blanca y de ahí su nombre.  Pasaron unos meses, y encargué que la entrenaran en Chilcoa, que es un club para pastores alemanes, pero la recibieron igual. La vinieron a buscar a la casa, y me la traerían más tarde. La trajeron, pero muerta. La pobre sufrió un infarto mientras corría, parece que tenía algún problema cardíaco que no se había detectado.


(Nieve, agosto 2009)


La pena fue grande, quedamos bastante tiempo con pocas ganas de tener otro perrito, pero yo seguía con la necesidad de tener un compañero peludo de cuatro patas que nos cuidara. A veces quedaba sola en la casa, tardes enteras y hasta la noche, o Carlos viajaba por razones de trabajo, y me daba terror sufrir otro asalto. Casi dos años después, en abril de 2011, secretamente googleé hasta encontrar un criadero de San Bernardo, y encontré uno. Haciendo total trampa, un sábado que estábamos con con los niños de Carlos, les propuse ir a "pasear" a Buin, y justo ¡Qué casualidad! llegamos a un lugar donde habían muchos perritos, en la entrada un San Bernardo majestuoso, que se llamaba Titán. Era el papá de una camada de la que quedaban sólo tres hijitos. Obviamente los niños se enamoraron de los cachorros, y Carlos no se pudo resistir a sus ruegos, ni a los míos. Uno de los cachorros se me acercó, me empezó a langüetear, y no se separó de mi desde entonces. Me acordé que en realidad, los perros la eligen a uno, no al revés, así que volvimos a la casa con ese cachorro maravilloso. Le pusimos Titán, como su papá. 


Carlos al principio no estaba para nada convencido, más bien se allanó porque éramos tres contra uno, pero para junio ya lo adoraba. 



Desde el principio, Titán era celoso. Si yo me acercaba a hacerle cariño a la Souji, él literalmente se metía entremedio. Le gustaba estar conmigo, se echaba a mis pies cuando estaba trabajando, y cuando yo me levantaba él instantáneamente hacía lo mismo y me seguía. 


Crecía por minuto, y cada día que pasaba estaba más hermoso. Cuando tenía seis meses, contraté a un adiestrador que me recomendaron, Leonardo Farías, alias "el Leo". El pertenece a un institución y se dedicaba a adiestrar a los "funcionarios caninos", así que experto. Como la idea era que Titán me protegiera, me tocaba participar del adiestramiento para que me obedeciera, así que a veces Leo salía solo con él, a veces yo iba también.  Uno de los aspectos más importantes, especialmente con un San Bernardo, es entender que por la fuerza uno nunca puede ganar. Son capaces de tirar 200 kilos, o más. Eso lo aprendí cuando Titán tenía 7 meses, un día quiso perseguir a un gato y yo -idiota-  no solté la correa. Terminé aterrizando de cabeza, y me quedó de recuerdo una cicatriz en el ojo. 


Leo me enseñó todos los trucos para evitar desastres, como por ejemplo si Titán intentaba correr  (o mejor dicho, galopar) ante alguna contingencia inesperada, rápidamente envolver un árbol o un poste con la correa (por cierto, hecha por Leo a mano) estar atenta a las "señales de alerta", y tranquilizarlo y un sin fin de detalles más. Pasados varios meses, Titán sabía que se tenía que sentar para esperar que le diéramos la instrucción de cruzar la calle. Aprendió a no perseguir gatos, ni palomas, ni pelotas y por supuesto,  a socializar con otros perros. 


Titán era un gran comilón, como lo dije en la entrada anterior, una vez se comió un montón de yeso. En otra oportunidad, yo había hecho  un pollo en el horno, lo saqué, lo dejé encima del mesón de la cocina, fui al baño, volví y el pollo había desaparecido. Alguien había dejado abierta la puerta de la cocina, encontré a Titán con cara de "yo no fui", unos pocos huesos, y nos quedamos sin almuerzo.


Había, eso sí, un detalle: le dio por comer ropa, paños, esponjas. Particularmente la mía. A los 7 meses se tragó dos calcetines y tuvimos que operarlo, así que Leo diseñó una serie de estrategias para que dejara de hacerlo. Le echamos un líquido aversivo a calcetines y se los poníamos en la nariz, un montón de cosas, pero no había caso. Aprendió a saltar y botar la ropa tendida, pusimos globos para que se reventaran y que dejara de hacerlo por el sonido. No resultó, seguía tratando de tragar vorazmente calcetines, calzones, lo que pillara. Finalmente nos dimos por vencidos, decidimos que toda la ropa chica se colgara en un lugar al que él no tenía acceso, jamás dejar calcetines tirados dentro de  la casa. 


Pese a ello, de vez en cuando, nadie sabe cómo, lograba robarse una esponja o un paño de cocina, los que luego aparecían en sus lulos, en forma perfecta de intestino. Excepto una vez, que Carlos lo estaba paseando. Titán hizo sus tres kilos de lulo correspondientes, Carlos los recogió y observó que algo le colgaba a Titán del trasero. Menos mal que llevaba más de una bolsa. Se armó de valor, agarró la cuestión y era... ¡una pantimedia mía, completa, a todo lo largo!


Con todo el cuidado que teníamos, se nos pasó un detalle: la pieza del planchado.  En el 2017, en un instante de descuido, estaba abierta la puerta de la cocina y la de la pieza del planchado. ahí se tragó un par de calcetines de mi marido, enrollados en una bola. 


Esa fue la segunda operación. Después de esa, el veterinario dijo : "Cuidado, no va a sobrevivir a una tercera operación".


Así, tomamos más precauciones, para no dejarlo entrar a la pieza del planchado. A esas alturas también teníamos dos gatos, producto de una negociación con mi marido. El es persona gatuna y yo perruna, me tuve que rendir por principio de reciprocidad, así que aprovechamos de poner un letrero en la puerta de esa pieza con las advertencias correspondientes.




En el intertanto, la segunda parte del adiestramiento de Titán era para que protegiera la casa, y a mi. Eso lo hizo Leo junto con otro adiestrador, que hacía de "ladrón". Al principio, Titán le movía la cola al "ladrón", pero después de varios meses, estaba claro que jamás dejaría entrar a nadie que no fuera invitado. Los San Bernardo no son agresivos, pero si llegan a morder le pueden quebrar el fémur a una persona. Titán estaba adiestrado para primero, advertir, luego botar a la persona al suelo y echarse encima, y como último recurso, romperle una pierna o un brazo. A esas alturas, Titán ya pesaba cerca de 65 kilos, comía un kilo de comida al día, y cagaba como tres. Nunca entendí esa falta de proporción. 


Si yo le decía "Quien anda ahí", Titán recorría toda la casa. Si le decía "cómetelo", atacaba. Así de simple. En todo lo demás, era tierno, paciente, y muy cariñoso. 


Se convirtió en el Brad Pitt de los perros cuando salíamos a pasear, mucha gente se nos acercaba, a los niños les fascinaba, así que cuando lo querían tocar, hacerle cariño, yo le daba la instrucción de acostarse y eso significaba que no había peligro. 




Traté de encontrarle una polola, así que lo empecé a llevar a exposiciones, fue Champion de Chile dos veces, Vencedor de América Latina y el Caribe, salió hasta en la tele, pero polola no pudimos encontrar. Todas las hembras de su raza que eran igual de hermosas, eran primas. 



(Titán farandulero)


Más o menos en el 2014, se echó a perder el timbre de la casa. Nunca lo arreglamos, porque Titán ladraba sólo cuando había alguien en la reja. No necesitábamos timbre. 


En el 2015, la psicóloga de tres niños, hermanos, quienes habían sufrido grave vulneración de derechos, recomendó que los niños fueran a la audiencia reservada con perro de asistencia. La idea es que los niños se distraigan, se entretengan, y se sientan protegidos. Por eso no sirve llevar un hámster. La audiencia era en Viña. Busqué por todas partes, tratando de conseguir un perrito adiestrado de un programa que tenía la PDI, pero resultó que era un solo ejemplar el que estaba adiestrado, era imposible llevarlo a Viña.


Llamé a Leo, y le pregunté si creía que Titán podría hacer esa labor. Hizo las averiguaciones  correspondientes, y me dijo que sí. Partí al tribunal, certificado de la psicóloga en mano, y pregunté si podía llevar a mi propio perro, ya que no pude conseguir uno "formal". Me dijeron que si, con dos condiciones: 1) El perro tiene que ir con el adiestrador, porque no iba a entrar conmigo a la audiencia.2) "Usted limpia después".


Fue así, que coordinamos el viaje, con los niños, su papá, Leo, mi hijo Carlos (es abogado y trabajaba conmigo) y Titán, además de platos para agua y comida, paños,  cloro, escoba, etc. porque me tocaba hacer de abogada/limpiadora. No era tan simple, además  a Titán había que darle la mitad de su kilo de comida la noche anterior, para que los niños pudieran conectarse con él, darle comida de la mano, saber que no los iba a morder, etc. 


Cuando llegamos al tribunal, los niños estaban felices, pasamos con Titán a una sala especial, y causó un revuelo. Llegaban funcionarios a verlo, jueces, todos impresionados tanto por el buen comportamiento de Titán, como por la contención de los niños, quienes a esas  alturas estaban orgullosos y le mostraban a los funcionarios cómo había que peinarlo, le daban premios, y claro, cuando llegó la consejera técnica para que los niños pasaron a audiencia reservada (de a uno), esos tres pequeños que antes estaban asustados, habían perdido todo el miedo. Felices y empoderados, partieron a hablar con la jueza.


El único inconveniente fue que saliendo de la  audiencia, aún dentro del tribunal, recibí un tremendo combo en el hombro por parte del padre de la demandada (por suerte no de mi cliente, era el padre de la contraparte). En ese momento Titán inmediatamente se levantó, y si no fuera por la contención de Leo, el más lesionado habría sido el tipo que me pegó, a quien tuvieron que sujetar entre Carlos y tres guardias. 


Cuando estudié derecho y decidí dedicarme a Familia, la parte de recibir insultos o golpes, no estaba en la malla curricular. Me determiné a aprender a defenderme, así que me metí a practicar Taekwondo. Carlos se sumó, la verdad era muy buen ejercicio, lo pasábamos super bien, y aprendí a dar patadas y combos. 


Un día, Carlos y yo estábamos en la parcela que tenemos en Casablanca, en la punta de un cerro, obviamente con Titán. Nos pusimos a practicar Taekwondo sin contacto, es decir, las patadas y combos no llegan al cuerpo del otro. Titán estaba más o menos a unos 80 metros de distancia, y yo, por echar la talla, le grité "Titán, ayúdame!". En cosa de segundos llegó, se levantó en dos patas y empujó lejos a Carlos. Para que se hagan una idea, tengo que decir que mi marido mide 1,95 y yo metro y medio. Titán lo alejó, y le gruñó. Quedamos perplejos, Carlos le decía "Oye, cómo me haces esto si te doy comida todos los días!". Llamé a Leo, le conté lo que había pasado, y me dijo: "No lo haga nunca más, Titán está adiestrado para protegerla contra quien sea. Justamente  porque lo conoce, es que solamente le dio una advertencia y no lo atacó, pero a la próxima, lo va a atacar". Obvio que nunca más lo hice.


Mi relación con Titán era especial, es difícil de describir, pero aunque jugara y se entretuviera con otras personas, con los niños, con visitas, siempre estaba pendiente de mi, y sus celos llegaban a tal punto que si yo le daba besos a Carlos frente a él, ¡se interponía hasta alejarlo de mi!



En el verano de 2019, estábamos de vacaciones en la parcela Carlos, sus dos hijos Carlos (Caco) y Graciela -ambos tenemos un hijo que se llama Carlos- Titán, y yo.  Caco estaba barnizando la mesa del quincho y había entrado a la casa. En un momento en que salí a la terraza, veo a Titán tragando algo con dificultad, salí corriendo a tratar de ver qué era y quitárselo, pero se apuró más en tragar. A gritos pregunté qué había en la terraza, qué se tragó Titán. Ahi supimos que Caco había dejado sobre la mesa dos paños de cocina, de esos que son de tela como toalla, y ahora había uno. Titán se tragó el otro.


Lo operaron, lograron sacarle el paño, y a los pocos días estaba listo para irse de alta. Ese día, comenzó a tener fiebre. Hicimos de todo, Carlos fue a un hospital a conseguir no sé qué cosa que necesitaba, yo buscando medicamentos especiales, dejé de atender clientes y pasaba horas con Titán en la clínica, todos los días. Me acostaba al lado de él en el suelo, usaron el pabellón para tenerlo, pusieron ventiladores, fueron como 15 días en los que a ratos parecía estar mejorando, y después empeoraba. Le fallaron los riñones, el hígado, tenía septicemia. Todos los días yo le rogaba que no se fuera, y él, aunque se notaba su decaimiento, hacía el esfuerzo de levantar la cabeza cuando entraba a la habitación y lo saludaba. 


(Titán y yo, conversando en la clínica)


A pesar de todos los esfuerzos de los veterinarios, Titán empeoraba. Recibía visitas, Mi hijo, los hijos de Carlos, su veterinaria de toda la vida, Francesca, la Berni que lo bañaba, y Leo, quien lo fue a ver a pesar de que estaba con una lesión en la espalda. Aunque con Leo no se veían hacía años, Titán lo reconoció altiro. Leo lloraba a moco tendido.


(Titán  con Leo en la clínica, ahí Titán ya casi no sostenía la cabeza).


Con el paso de los días, Titán dejó de recibir comida. Estaba queriendo partir, pero yo seguía rogándole que se quedara. Le decía "Titán, no te puedes ir, me debes dos años más, aparte eres virgen, y no has encontrado el zorro de Casablanca, ¡te quedan muchas cosas por hacer en la vida!".


Hasta que un domingo, que habíamos estado en la clínica casi todo el día hasta la hora de cierre (12 de la noche), me cayó la teja. Carlos y yo habíamos llegado a la casa recién, nos estábamos tomando un café, y de repente, de la nada, se me ocurrió que Titán necesitaba mi permiso para irse, literalmente. 

Decidida, le pedí que volviéramos a la clínica para "conversar" con él. Mi marido es científico, pero a la hora de las intuiciones, me apaña, así que partimos de vuelta a la clínica. Amorosos, nos abrieron, y nos dejaron pasar. No hice más que acostarme al lado de él, y decirle que si quería se podía ir, y en ese momento comenzó inmediatamente a convulsionar, falla respiratoria... y lo dejamos partir. El veterinario de turno dijo que lo iba a anotar en la ficha clínica, porque nunca había visto una relación tan profunda entre dueño y perro.  Titán era, literalmente, un miembro de la familia.


Titán, te echo de menos. 


PD1: Souji falleció en el 2013, a los 16 años. 

PD2: Ahora tenemos un Akita Inu, precioso, se llama Senshi.

PD3: Leo hace hasta el día de hoy, correas y collares de cuero, preciosos y absolutamente indestructibles. Doy fe. En FB es Arte Rústico Báruck

PD4: Recién a partir de 2018 comenzó un programa de la PDI con el Poder Judicial y Fiscalías, para perros de contención emocional de niños, niñas y adolescentes víctimas de abuso sexual. Todavía no se ha hecho lo mismo en Tribunales de Familia.










sábado, 27 de marzo de 2021

Darío. Un pequeño homenaje.

 A estas alturas, está más que claro que dejo pasar demasiado tiempo sin escribir en este blog, pero hay días, aunque sean pocos, en que simplemente siento la necesidad de hacerlo. Hoy es uno de esos días. 


Conocí a Darío Jara más o menos en 1995. Había logrado comprarme una casa de 180 mts2 de terreno en La Reina, obvio que con crédito hipotecario, y quería hacer una remodelación. Esa casa tenía construido un  departamento pequeño al que se accedía por el patio. El departamento tenía un espacio en la entrada, no muy grande, una cocina, un baño y un dormitorio. Durante un par de años arrendé ese lugar para poder pagar una parte del dividendo, pero llegó un momento en que pensé que disponía de algún dinero para dejar de hacerlo.


Soñaba con hacer una remodelación para que esa parte quedara integrada dentro de la casa, y no afuera, para usarlo como dormitorio. Habría sido muy mala madre si me hubiera trasladado a dormir ahí y que mis niños durmieran dentro de la casa, o al revés. 


Necesitaba urgente poner distancia entre mi dormitorio y los de mis hijos. 


En esa época, ellos jugaban por internet en la noche algo que se llamaba Tactical Ops (no es que me acuerde del nombre, hijo Carlos me ayudó). Las noches en la casa (no era muy grande, 65 mts2), sobre todo fines de semana y vacaciones,  eran del terror. Carlos en su dormitorio, Aníbal en el suyo, ambos jugaban en equipos diferentes. Carlos se llamaba "Zeta" y Aníbal era "Lord of Chaos", alias Lordi.   


Mientras jugaban, se escuchaban mansos gritos desde ambos dormitorios, "¡Tai campeando conche tu mare!" "¡Friendly Fire, Friendly Fire!" "¡Dispara weón!". A veces Aníbal gritaba ¡friendly fire! y al mismo tiempo Carlos gritaba otra cosa, porque claro, eran equipos enemigos.  Pedí mil veces que no gritaran, que se acostaran un poco más temprano, escuchaba los golpes que daba la vecina contra la pared para que se callaran, pero no había caso. Tactical Ops era indestructible. 


Traté de desarrollar otra estrategia. Si no puedes contra ellos, únete. Así que traté de jugar pero dejé la cagada. Me dio terror que me mataran, entonces me escondía detrás de murallas, no salía de ahí, y me gritaban que estaba "campeando".  Me hice la valiente, salí de mi escondite y ahí supe lo que significaba el "friendly fire". Terminé disparándole a mi propio equipo. No lograba distinguir cuál era cuál. La estrategia de unirme al enemigo no resultó, igual que varias otras. 


Así, me determiné a hacer una super remodelación. Contraté a una arquitecta quien se encargaría de todo, incluyendo permisos municipales, etc.  Así fue como apareció Darío Jara en nuestra vida. El era el "jefe de obras", debe haber tenido unos 40 años, quizás más pero era difícil descifrar su edad. Su cara, sus manos, estaban marcadas por años de polvo de construcción, de duro trabajo.  Era muy responsable, respetuoso, trabajador, y sabía hacer de todo. Sabía hacer las instalaciones eléctricas, la gasfitería, romper murallas, inventar muros nuevos, pintar, poner cerámica, hacer rejas... literalmente todo. 


Vivimos durante meses entre el polvo, materiales, escombros, porque agarré vuelo y decidí que aprovecháramos de remodelar la cocina. Se me ocurrió botar un muro de un dormitorio que estaba al lado de la sala de estar, para convertirlo en comedor. No me molestó mucho, era cosa de cubrir muebles con sábanas y saltar sobre los escombros y materiales, honestamente tengo que decir me me encantan las remodelaciones, porque no veo la mugre, veo cómo va a quedar todo cuando se termine. 


Darío me aguantaba todas mis pequeñas locuras, como por ejemplo comprar "tacos" (piezas de cerámica chicas, cuadradas, de colores y diferentes diseños), y pedirle -a última hora- que los incorporara en las paredes de la cocina, y en uno de los muros exteriores de la casa. Recuerdo que me pidió que le dijera dónde quería colocar cada taco, creo que en total eran 16 con 4 diseños diferentes. Le dije que pusiera 12 en distintos muros de la cocina, sin ningún orden, a diferentes alturas, esparcidos. La idea era que si estábamos en el comedor de diario (un mesa chiquitita), no nos aburriéramos nunca tratando de adivinar la lógica de la distribución de los tacos. Claro, no tenían ninguna lógica.  Darío hizo lo que le pedí, y la cocina quedó preciosa.


Desde esa remodelación en adelante, Darío estuvo presente en la vida familiar. Cada gotera, cada cortocircuito, cambio de piso, era arreglado inmediatamente por él. Era tan confiable, que con el correr de los años le di copia de las llaves de la casa, para que pudiera ir a hacer trabajos aunque no estuviéramos.


En los almuerzos solíamos conversar, y él me contaba que había sido dirigente sindical siendo  muy joven, en la época de Allende, que había incluso viajado a Rusia. Era en realidad, muy culto. 


Me separé en 1998, y desde ese momento en adelante Darío se convirtió en un "marido de repuesto" para los efectos de arreglos de la casa, por pequeños que fueran, porque yo soy de lo más inútil que puede haber. Jamás podría cambiar un enchufe, así que Darío era indispensable. 


Carlos (actual marido, no Carlos hijo), llegó a nuestras vidas a fines del 2008. Como él también tiene un hijo que se llama Carlos, quedaron designados como "Carlotes" (marido), "Caco" (su hijo) y Carlos (el hijo mío) para evitar que cada vez que uno llamara a "Carlos", contestaran los tres o ninguno.


Darío llevaba 10 años cumpliendo el rol de "marido de repuesto".


Recuerdo cuando me asaltaron, el 30 de abril del  2009. Darío ya había cambiado la alfombra por piso flotante,  los marcos de las ventanas y puesto termo panel en el living. La semana anterior yo había comprado un sofá nuevo (el que teníamos era de 1993 y ya estaba requete contra retapizado), y pedí en la tienda que me lo llevaran a más tardar el 29, porque venía un fin de semana largo y nos íbamos a ir fuera de Santiago.  Creo que nunca debí hacer ese comentario, porque me asaltaron al día siguiente de la entrega del sofá. Se suponía que no íbamos a estar.


Eran como las 9 de la noche, había decidido no salir por el fin de semana largo porque no tenía plata, y además mi auto necesitaba su propia remodelación, cambio de aceite y esas cosas misteriosas, así que lo dejé en el taller para mantención. Tres hombres jóvenes abrieron con alguna herramienta la reja de la ventana del dormitorio de Carlos. En ese momento yo estaba sola, así que terminé maniatada y amordazada, y los asaltantes furiosos porque descubrieron que no había ningún auto que robar. 


Menos de una hora después que se fueron y logré zafarme, llegó Darío. Se puso manos a la obra a ver la reja, a contar ventanas, etc., porque obvio, quedé muerta de miedo y quise poner seguros en todas las ventanas, más seguros en la puerta, etc.   Ese fin de semana, Darío interrumpió su descanso, para ir a comprar todo lo que se necesitaba, instaló todos los seguros, cambió chapas (me habían robado las llaves de la casa), arregló la reja. Así era él. 


Nos cambiamos de casa, y Carlos (Carlotes) y yo nos casamos. Darío y yo solíamos reírnos de nuestras desventuras matrimoniales, casi teníamos pronturaio al respecto. Él también era separado y crió a sus tres hijos prácticamente solo, y obviamente estuvo invitado al matrimonio. Era parte de la familia.  Mi marido, sabía que yo venía con dos hijos vivos, una en el cielo, yo sabía que él venía con dos hijos. Así que formamos una familia ensamblada. Lo que mi marido no sabía al principio, pero que descubrió después, es que Darío también venía en el paquete, porque era la única persona en quien yo confiaba para los arreglos de la casa, sobre todo después del asalto.


(en esa foto está Darío con una de sus hijas, en nuestro matrimonio)


Así, a Darío le tocó hacer remodelaciones, pintar, arreglar la nueva casa. Le tocó cambiar el piso, remodelar baños y cocina, cambiar enchufes, de todo,  como siempre. Una vez, dejó en el patio una bolsa con un kilo de yeso, yo le había advertido que Titán, nuestro perro que en ese tiempo era un cachorro gigante, comía cualquier cosa que tuviera por delante. En la mañana siguiente descubrí una bolsa vacía, toda mordida, y yeso en el piso, pero no un kilo. El resto estaba en la guata de Titán. Pensé que la única solución razonable para que no se le secara el yeso en la guata, era darle aceite, hasta que lo botara, así que le di aceite, harta leche, y el asunto no pasó más allá de una diarrea, pero ¡qué manera de reírnos después! Darío me decía "¿¡Qué perro come yeso!? ¡Hay que ser muy hueón!" Y yo le decía "Sí, Titán es un poquito ahueonao pero es lindo y nos cuida". Terminaron amigos esos dos, a pesar que una vez Titán le robó del bolsillo un paño a Darío y se lo tragó instantáneo. 



(la cocina tenía un techo muy alto, como una cúpula, era fría y oscura. Darío hizo un techo falso, se me ocurrió dejar un pedacito de la cúpula, instalar varias luces y pintar con colores distintos, todo eso lo hizo Darío).


Para la última remodelación, que fue más o menos en el 2014, Darío ya estaba enfermo, tenia un enfisema pulmonar, estaba enfermo del corazón, y ya no podía cambiar el techo o limpiar canaletas porque se había caído de una escalera.  La cerámica de los muros quedó imperfecta, porque sumado al paso de los años y enfermedad, yo seguía con mis leseras, entre otras mezclar colores y tipos de cerámica distintos.  Carlos notó las imperfecciones, pero mi respuesta fue rotunda: Se queda como está, lo hizo Darío y además, más vale la gracia de la imperfección, que la perfección sin gracia.

(La gracia de la imperfección)


Esa fue la última remodelación que hizo, con todo el polvo, escombros y materiales, que mi marido no logra entender cómo o por qué logro disfrutar. Después, siguió viniendo a arreglar cada gotera, cada guáter mega tapado, cada enchufe,  ya no era mi marido de repuesto, y Carlos aprendió a disfrutar nuestras conversaciones en los almuerzos. 


En el 2015, Carlos hijo ya vivía por su cuenta, y "heredó" a Darío, quien  se encargó de arreglar puertas, enchufes, etc. en su depa. Darío ya formaba parte de la vida de dos generaciones en nuestra familia. Vio crecer a mis hijos. 


Darío falleció el año pasado, a comienzos de la pandemia. No pude asistir a su funeral, estábamos en cuarentena. Lo echo de menos, quizás por eso tuve que sentarme a escribir sobre él. Donde sea que estés, gracias Darío, por tantos años de lealtad, de compromiso, de trabajo, dedicación y paciencia. Fueron 25 años, y nadie te puede reemplazar.


domingo, 7 de febrero de 2016

LA CONSULTA MAS INSOLITA DE LA VIDA....




Hace unos días  me pidió consulta - a través de su psiquiatra -una niña de 11 años. Para efectos de contar la historia, y obviamente por secreto profesional, la llamaré Francisca.  Mi primer pequeño desafío ante tan insólito requerimiento fue hacerme la pregunta: ¿Puedo atender en consulta a una niña de 11 años? La psiquiatra que me llamó no me dijo nada por teléfono, aparte de “después te explico”.  Conversando con mi propia neurona, llegué a la conclusión de que si, puedo darle una hora. Las personas son personas, independientemente de su edad, ya hasta donde sé, los niños deberían poder hacerle preguntas a un abogado si quieren.  Así que le di la hora.

Al día siguiente me llama la psiquiatra y me explica que Francisca había sido gravemente maltratada por parte de una nana a los 5 años, que reprimió los recuerdos como mecanismo de defensa, pero que a los 10 años comenzó a sufrir síntomas de depresión, angustia, tenía pesadillas, etc., y así llegó a ser su paciente. Con el correr del tiempo y la terapia, Francisca empezó a recordar todo, y se estaba haciendo terapia de reparación.  

Me puse jeans para la reunión, pensando en que esta “reunión con un abogado” para una niña de 11 años no  parezca algo tan terrorífico. Quise ser más informal. Francisca llega acompañada de sus padres, quienes estaban apañando a su hija ante la firme decisión de ella de acudir a un abogado.  Francisca llega, se sienta en la mesa de reuniones, muy seria, con sus trenzas y frenillos.  Me cuenta que hace varios años, no recuerda bien pero ella tenía alrededor de 5, tuvo una nana que la maltrataba. La maltrató verbalmente, psicológicamente, físicamente, y hubo situaciones que ella vivenció como abuso sexual también.  Francisca tenía dos preguntas: primero, si acaso ella podía ir a la casa de la nana a decirle todo el mal que le había hecho, quería confrontarla. Segundo, si podía hacer un juicio para que la nana no pudiera nunca más trabajar con niños, para que no pudiera maltratar a nadie más.  Me impresionó la valentía y la recuperación de Francisca, quien no tenía absolutamente ningún temor ante la idea de confrontar a su ex nana. Al contrario, aparecía como una necesidad profunda de auto-reparación. 

La escuché, preferí no entrar en detalles ni preguntarle más de lo que ella me estaba contando. Mi primera sugerencia fue de escribirle una carta a su agresora, para evitar que la vuelva a agredir. Entonces Francisca me dice “Es que ahora no me puede hacer nada, porque yo iría con mis papás y con Dios”.  Se sentía protegida.  “Si  -le dije- tus papás pueden impedir que te pegue, pero no que te digas palabras feas, y tu sabes que las palabras feas también duelen.  Con una carta en cambio, le puedes decir todo, puedes pensar muy bien lo que quieres decir, y además alomejor ella la lee una, dos , o diez veces.  Y no te puede decir nada feo entremedio”.  Francisca me mira con cara de felicidad y me dice “La tengo media hecha porque mi doctora me dio de tarea escribir todo lo que yo quisiera decirle”. Pero subsistía la pregunta: “¿Legalmente puedo ir a su casa?” . “Si, legalmente puedes tocarle el timbre a cualquiera, pero esa persona tiene derecho a no atenderte e incluso pedirte que te vayas”.  

La segunda pregunta de Francisca era harto más complicada, porque el maltrato infantil no constituye delito,  el maltrato de las nanas quedó fuera del ámbito de la violencia intrafamiliar, y había pasado mucho tiempo. Le expliqué a Francisca que para ganar un juicio uno no solamente tiene que tener razón sino que tiene que probarlo, y eso significa hacerse evaluaciones, contar todo lo que le pasó a personas que no conoce, etc., etc.  Le expliqué además, que el maltrato infantil, aunque se pruebe y un Juez diga que tal persona maltrató a tal niño, nunca queda registrado en sus antecedentes como sí queda cuando es abuso sexual, entonces la persona igual puede seguir trabajando con niños.  Entonces, aunque hiciéramos un juicio y suponiendo que lo ganáramos, la nana igual podría seguir trabajando con niños.

Obviamente, en el intertanto, yo no tenía ningunas ganas de meter a esta niñita en un juicio que lo más probable no llegaría a ninguna parte, pero subsistía la necesidad de ella –férrea- de hacer algo para que la nana no pudiera maltratar a otros niños.  Y aquí vino el gran desafío. ¿Como la ayudo a canalizar esta necesidad profunda de reparación, en el ámbito legal? Entonces me acordé de la niña de 11 años que le escribió a Abraham Lincoln, diciéndole que debía dejarse barba, lo cual él hizo. Mi neurona no me acompañó en ese momento con el nombre de la niña –Grace Bedell- pero recordé el hecho histórico.  Le pregunté a Francisca si sabe quien era Lincoln, y me dice “Hmmm, no, pero me suena a Obama”. "Si, -le dije-, tienes razón, porque Lincoln fue Presidente de Estados Unidos, igual que Obama".  Le conté la historia de la niña, y le dije que como la ley está mal hecha, porque las personas que maltratan niños ni van a la cárcel a menos que les causen lesiones (y sabemos que ni causando lesiones van a pasar un solo día presos), y tampoco existe un registro de maltratadores infantiles, quizás ella podría escribirle una carta a todos los Senadores y a todos los Diputados para que cambien la ley.  En ese momento la expresión de Francisca fue indescriptible. Una mezcla entre felicidad, impacto, no sé, pero me abrió unas pepas gigantes y sonrió. Estoy segura que en ese preciso instante su veloz mente empezó a redactar la carta.  Me preguntó si yo la podía ayudar con las dos cartas, y le dije que si, que ella las tiene que escribir  y yo solamente las reviso para que sean “legales”, y la ayudo a enviar las del congreso.  Fascinada, me dice “YA!”

Entonces vino la parte de los honorarios. Le expliqué que contratar un abogado significa que me tiene que pagar, porque obvio, era ella quien me estaba contratando, no sus papás.  Entonces se produce el siguiente diálogo:
-          “ ¿Tienes plata?”
-          “No, no tengo…. “ (con carita de preocupación….)
-          “Hmmm…. Entonces ¿Qué sabes hacer? “
-          “Sé hacer muffins!”
-          “¿Sabes hacer galletas?”
-          “Si, también puedo hacer galletas!”
-          “Ok, entonces yo te ayudo con las cartas y tú me pagas con galletas. Trato hecho. “
-          “Trato hecho!”
Así, se despidieron Francisca y sus papás, y fui contratada por ella para ayudarla con las cartas a cambio de galletas. No especificamos cuántas. 

A los cinco minutos de haberse ido, me llaman al celular.
-          “Hola , soy la Francisca, recién estuve en su oficina…”
-          “Si , Francisca, dime”
-          “Es que estamos al frente tomando jugo y la queríamos invitar…”
Así que bajé a tomar un café con ellos… parecía que Francisca había quedado con algo pendiente.  Y ahí vino lo mejor :

-          “Oiga, le cuento, yo estaba medio asustada de venir a hablar con usted, no sabía qué ponerme, estuve harto rato tratando de buscar la ropa con que uno tiene que venir a hablar con un abogado, pero usted no se parece a las abogadas de la tele…..”

Y  yo, la pelotuda, me había puesto jeans!!!!   Le prometí que cuando voy a los juzgados soy igualita que las abogadas de la tele. Además, la dueña del local se lo confirmó, agregando que llevo hasta maletín y todo. 

Fin de la historia.  Una de las experiencias más lindas y más tiernas que he tenido en el ejercicio profesional, y que me deja con cuerda para tolerar la parte difícil de esta pega por un buen rato. Bueno, quizás no es el fin, quizás es el principio. Me tinca que con esta niñita de clienta, voy a terminar engordando…..




miércoles, 29 de mayo de 2013

ALGUIEN NOS ESTA ROBANDO EL TIEMPO

Querid@s amig@s,

Definitivamente hay sólo dos alternativas: no tengo tiempo para escribir seguido, o no me doy el tiempo para hacerlo.

Esto me recuerda un libro que leí hace muchos años, de Michael Ende. Tantos años que posiblemente ni me acuerde bien del título (me parece que es "Momo"), y menos del contenido exacto, pero lo que me quedó registrado en la neurona es la historia de unos niños que se van en la búsqueda del tiempo que le fue robado a sus padres, por hombres que les vendían cosas que servían para "ahorrar tiempo".  Los padres compraban todas estas cosas, y luego tenían que trabajar mucho para poder pagarlas, por lo que pasaban poco tiempo con los niños y ya no jugaban con ellos. Los chicos se dieron cuenta que nunca nadie le devolvía a sus padres el tiempo ahorrado, entonces deciden ir a buscarlo. Es una bella historia -todas las de Michael Ende lo son- y no puede ser más cierta.

Uno vive pagando cuentas de cosas que supuestamente sirven para ahorrar tiempo. Por ejemplo, el celular. El celular en realidad no sé si ahorra tiempo, porque la verdad es que uno prácticamente vive hablando, revisando mails,  el famoso whatsapp, los mensajes de texto, etc.  Es tanto que en reuniones sociales, restaurants, etc., la gente -migo incluída- en vez de conversar y disfrutar del momento en que los amigos están ahí, está revisando qué sé yo qué cosa.  Y vamos trabajando para poder pagar la cuenta!!!

Casi todos los aparatos domésticos sirven para ahorrar tiempo, o para darnos algún tipo de placer, pero ya no estoy tan segura que realmente sean útiles a la hora de promover las relaciones humanas.  La cocina, la batidora, el calentador de agua,  la lavadora, etc. son para ahorrar tiempo, y sirven para nuestra comodidad, pero vamos pagándolas.  La tele es supuestamente entretención, lo mismo que el cable,  pero no hay nada bueno, aunque me declaro hincha del canal de investigación de discovery y del programa cheaters. Muero de la risa con esa lesera, y confieso que he tenido ganas de mandarle un mail a Joey Grecco para que haga una versión "infieles latin america", pero ligerito me arrepiento porque se me ocurre que más de alguien podría terminar en el patio de los callados.

En fin,  el asunto es que en este mundo actual, tan supuestamente desarrollado, la mitad del mundo vive trabajando para pagar cuentas y comprar cosas, y la otra mitad vive sumida en la pobreza más inimaginable, con mucho tiempo pero sin comer, pero ese es tema para otro día.  Por mientras, recomiendo el libro "Half the Sky" (la mitad del cielo), de Nicholas Kristof y Sheryl Wu Dunn.

Saludos!!

sábado, 17 de noviembre de 2012

El Sindrome Mandela

Queridos amig@s , para variar, sigo sin tener tiempo para escribir. Ya me estoy preguntando quién se queda con mi tiempo porque parece que no me perteneciera.


Últimamente he estado leyendo la autobiografía de Nelson Mandela- “El largo camino hacia la libertad”- que es, por cierto, una obra apasionante. De esas que atrapan la mente y el alma y la dejan a uno encadenada a cada página, obligada a seguir leyendo y casi sin poder respirar. 

Nelson Mandela no se llamaba Nelson. Su nombre de nacimiento -puesto por su padre conforme la cultura Xhosa- es Rolihlahla, que significa “revoltoso”.  (¿Sería una intuición de su papá, o será que su nombre le generó un destino implacable?)

Uno de los aspectos que más me ha impresionado del relato de este gran revoltoso, es la claridad prístina con la que describe no sólo la manera en que se produjo el apartheid y en qué consistía, sino las razones por las pudo ocurrir.

Claro, uno se pregunta –al igual que con respecto al movimiento nazi- cómo puede ser que estas ideologías pueden llegar a tener aceptación, tanto por parte de quienes lo promueven como por parte de la sociedad toda.

Como primera cuestión, parece que está la conveniencia económica y el poder. 

Obviamente el que después de años de secuestros y esclavitud, la totalidad de la población sudafricana –sus pueblos originarios- fuera privada de sus tierras, tuvieran que pagar arriendo al Estado por ellas, y que para sobrevivir se vieran obligados a ejecutar trabajos mal pagados y en condiciones míseras, permitió que quienes se adueñaron de esas tierras, minas, y del trabajo humano se hicieran ricos. Particularmente Inglaterra.

El mismo fenómeno sucedió durante la segunda guerra mundial.  Los nazis se apropiaron de las casas, de los muebles, dinero, fábricas, joyas, ropa, fuerza laboral y en general de todo lo que tenían los judíos, los gitanos, y las personas con discapacidad mental, entre otros. Se hicieron ricos. 

Pero por otra parte, está el fenómeno que me impresiona más, que es el tema del lavado de cerebro –que fue lento pero seguro en Sudáfrica- que permitió que la barbarie durara no seis años, sino cientos.

Rolihlahla lo describe de manera detallada, cruda y sin rodeos. Describe cómo a los siete años de edad (1925) en su primer día de escuela le cambiaron el nombre por Nelson –ya que los ingleses no podían pronunciar los nombres Xhosas ni de ningún otro pueblo originario-  y tuvo que empezar a usar pantalones. Le enseñaron palabras (que implican conceptos) que en su propio lenguaje no existían, como “tíos” y “primos” ya que en la cultura milenaria Xhosa todos los hermanos de sus padres, son también padre o madre, y los hijos de ellos son hermanos. A partir de ese momento recibió educación británica: le enseñaron que la historia de Sudáfrica comienza en 1652 en vez de miles de años antes, y de múltiples formas tanto sutiles como brutales en lo cotidiano a lo largo de su vida, le hicieron sentir a él –y a todos los demás-que el hombre blanco es superior, que es desarrollado, civilizado, bacán. 

En definitiva lo que permitió que los colonialistas pudieran esclavizar, abusar, robar, y destruir la cultura de tantas personas, fue sin duda por una parte la absoluta falta de respeto por el ser humano, pero también por otra, la convicción íntima –consciente o no- de parte de las víctimas, de ser, efectivamente, inferiores.  

Lamentablemente, no necesitamos recurrir a la historia ni ir a Sudáfrica, para ver esta realidad. La tenemos frente a nuestros ojos todos los días. En nuestro presupuesto nacional -en que se asigna una miseria al tratamiento de  las personas con enfermedades mentales- en las noticias, los avisos publicitarios, en nuestro lenguaje, en todo. La muerte de una persona con dinero recibe más atención que la de otra; nosotros no vamos a un centro comercial: vamos al mall.   No es lo mismo vivir en un lugar que en otro, ni trabajar en un oficio que en otro. Ni el color de piel, ni el apellido. Ni siquiera la estatura.  De hecho, en mi experiencia personal –ya que mido metro y medio- siempre me ocurre que cuando camino en el centro me chocan. A mi marido, quien mide casi dos metros, nunca lo rozan siquiera. 

Al final, una que es mujer y chica, termina convencida que si le quedan las piernas colgando en el sillón de la Corte y tiene que sentarse en la punta para poder alegar, es algo normal. Da lo mismo, total, la mayoría de los abogados son hombres y grandotes. El sillón está pensado para ellos y yo soy quien se tiene que adaptar a la incomodidad y sobre todo, superar la sensación de pequeñez que me provoca el famoso sillón.

Esto es lo que se me ocurre llamar “Síndrome Mandela”. No porque él lo haya sufrido, sino porque él lo describe de una manera genial.  Se trata de un fenómeno que ocurre tanto a nivel social como individual, ha ocurrido desde siempre y seguirá ocurriendo. Alguien abusa de otro, de múltiples formas, incluso sutiles. No le importan las necesidades del otro, no lo respeta. Se comporta como si fuera superior.  Alguien termina convencido que su propio ser vale menos.  Es el eje central del maltrato, y diría más: de la anulación del otro.

Obviamente en lo personal no me  siento anulada cuando me siento en la punta del sillón para poder alegar, pero me pregunto si seremos capaces de lograr algún cambio.  Definitivamente tengo que terminar de leer el libro escrito por mi revoltoso favorito. Capaz que él tenga alguna respuesta.

PD: Hay varias palabras que debemos eliminar de nuestro lenguaje. Una de ellas es “inválido”. No existe una persona que no sea válida. Respetuosamente, podemos decir “persona con discapacidad”.  Otra es la palabra “menor”. Los niños no son inferiores a los adultos. 

miércoles, 4 de julio de 2012

LA LISTA Y EL RENCOR

QUERID@S, perdón por la inmensa demora en escribir. Como siempre, el problema es en parte tiempo, falta de costumbre y ...falta de neuronas que intercambien información.


Últimamente, en plena crisis de invierno, de la edad, de haber terminado la etapa de crianza de los hijos, y en el fondo de tener conciencia de ser mortal (cosa que Aristóteles tenía super clara pero que en esta vorágine del mundo actual a uno se le tiende a olvidar), he estado pensando en hacer una lista de tres cosas que me parecía importante tener en orden  a estas alturas de la vida, que aunque parezca absurdo, puede que uno no las tenga tan claras.  En realidad llevo varias semanas pensando en mi lista y con ganas de escribir, pero como siempre, el día a día parece tragarse el tiempo. Se lo lleva a un hoyo negro insondable y los momentos de silencio que permiten que las musas lleguen son cada vez más difíciles de encontrar.  Sólo  a veces llegan y hay que aprovecharlos. Hoy es uno de esos días.
Mi lista se trataba de tres cosas: las que no quiero dejar de hacer, las cosas que he hecho o dejado de hacer y por las que debo pedir perdón, y las que debo agradecer.
En todos estos días no había podido sentarme en silencio a conversar con mi neurona y empezar a escribir, y creo que hoy descubrí por qué.  Era porque me faltaba algo muy importante: las  personas a quienes debo perdonar.
Las que no quiero dejar de hacer son las más fáciles: escribir otro libro y volver a Galápagos y a Nigeria. Decirles a mis hijos una y otra vez que los adoro y que estoy orgullosa de ellos, hasta que se aburran y me pidan que ya no lo diga más. Decirles a mis amigos que los quiero. Ellos son el bálsamo de la vida, son los incondicionales que comparten las cargas y las hacen menos pesadas, y quienes duplican las alegrías.   Seguir diciéndole a mi marido todos los días que de nuevo me enamoré de él, porque es así. Todos los días me enamoro de nuevo, lo cual es muy importante porque si algún día me da Alzheimer no lo olvidaré.
La lista de las personas a quienes  debo pedir perdón es más difícil, porque mi narcisismo me impide reconocer que las he embarrado muchas veces y lo peor de todo, es que sigo de largo como si nada hubiera ocurrido.  Eso no está bien.  Lo más curioso, es que en esta lista están casi las mismas personas que en las demás.  
La tercera lista, la de las cosas que agradecer,  en realidad casi nunca se trata de cosas sino de personas, porque de eso se trata la vida.  De las relaciones humanas.  Quizás el mayor agradecimiento se lo debo a la Gaby, mi niña que me regaló la oportunidad de amar más allá de lo imaginable, que me enseñó de la forma más dura y dolorosa lo corta que es la vida, y por qué los cariños y los abrazos nunca están de más.  Me enseñó también, que hay sucesos que en la vida entera uno nunca va a poder entender, y que sólo hay que tratar de aceptarlos, todos los días.  Me enseñó que algunas tristezas y nostalgias son para siempre y la única manera de poder soportarlas es viviendo los días de a uno.
La mayoría de las personas que están en estas listas merecen cartas separadas porque las historias son largas, complejas y privadas. Sin embargo hay algunas que puedo mencionar altiro.
A Pepe Ulloa, mi profe de historia, le tengo que agradecer mucho porque me contagió de amor por la historia y las ciencias sociales.  Eso sí, hasta el día de hoy eso de las batallas de Iquique y Rancagua y la diferencia entre José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez son temas que no ingresan a mi neurona.
A   Rodrigo Juica, jefe de carrera de mi Universidad, tengo que agradecerle que haya hecho una excepción al reglamento y me haya permitido dar un examen fuera de plazo. Sin esa decisión, yo no me hubiera titulado.
A don Milton Juica, porque aunque él no sepa, me dio una razón para seguir estudiando hasta titularme.  Un día me paró en la Corte y  yo me asusté, pensando qué embarrada habré hecho y por qué me iba a retar. Claro, solamente nos habíamos visto muchas veces –año tras año- en los pasillos y cuando yo me sentaba detrás de Juan Enrique Prieto (mi mentor) a escuchar sus alegatos.  El Ministro Juica  me para en seco y me pregunta: “¿Cuándo se va a titular usted?”. Yo ya había perdido la cuenta de la cantidad de años que llevaba en el intento, frustrado por múltiples razones: la crianza de los chicos, la falta de lucas, y por sobre todo, la tristeza infinita, paralizadora, de la partida de la Gaby.   Todo eso el Ministro no lo sabía, y le contesté con un simple “No sé”.  Entonces él me dijo algo que nunca se me va a olvidar y que fue lo que me motivó: “Usted tiene un don, y los dones son regalos de Dios. No se deben desperdiciar, porque son para servir a otros”.  Yo no sabía si  tengo un don y menos si es un regalo de dios, pero sí me impactó darme cuenta que tengo habilidad para mi carrera y no utilizarla es un desperdicio imperdonable.
Nunca me imaginé que años después, don Milton Juica iba a llegar a la Suprema y menos que él mismo me entregaría el título. ¡Nadie entendía por qué diablos yo lloraba tanto!    
Tengo que pedirle perdón a Aliro Cornejo por haberle puesto un miguelito en el asiento en el colegio, sobre el que se sentó –que era lo que yo esperaba- pero se lo clavó profundo y ese era el resultado que yo no quería pero debí pensarlo.  Ahora sé que se llama dolo eventual.
A la profe de biología por haberle puesto un ratón dentro del cajón de su escritorio.  Eso fue dolo directo de mi parte, aunque a ella el ratón le pareció de lo más tierno.
A mi hermano Mauricio por haberlo convencido que podía montar conmigo a pelo a la Tonta (nuestra yegua), sabiendo que ella lo detestaba por alguna razón ignota. Una vez que mi pobre hermano se convenció de lo imposible (porque ella siempre lo botaba), fui tan mala con él que le apreté las verijas a la yegua y ahí sí que se puso a corcovear instantáneo y el Mauri terminó en el suelo todo rasmillado y herido.
A mi hermana Bernardita por meterme demasiado en su vida, pero lo hice porque me creo su mamá y porque a ella la creo una niñita aunque es adulta.
Hasta aquí la lista no es tan difícil, aunque obviamente voy a tener que escribir muchos mails personales. La parte difícil es la de las personas a quienes me gustaría poder perdonar.
El rencor es un resentimiento arraigado y tenaz, según el diccionario de la RAE.  Resentimiento es simplemente estar adolorido por algo, lo cual es lo más natural del mundo si alguien la ha herido a uno.  Sin embargo el rencor es un dolor mezclado con rabia que no se quita ni desaparece con el transcurso del tiempo, ni con nada. Para mí que existe una línea muy delgada entre rencor y odio. Simplemente se queda pegado en  el alma para siempre jamás. Sentir rencor contra alguien parece ser una incapacidad total de perdonar. 
Dicen que perdonar es divino, y como no soy una persona religiosa –aunque mi dios favorito es Zeus- siempre he vivido presa de la idea que si alguien me hace daño y no me pide perdón, yo no lo puedo perdonar. Es así como surge el rencor. Es un círculo vicioso porque ni Zeus me manda la gracia de poder perdonar, ni ciertas personas quienes me han causado daño me piden perdón. Es más, son porfiados porque saben que causaron daño y no les importa. Eso sólo me da más rabia.
Ser rencoroso es terrible porque uno vive como pegado en algo del pasado, con cierta incapacidad de mirar hacia el futuro y disfrutar lo bueno y bonito de la vida. El rencor ensombrece lo demás, es una nube negra que la persigue a uno.  Igualito que el “mala suerte” de los Picapiedras.
En este tema sucede algo curioso. Existe una palabra para “rencoroso”, pero ninguna para aquél sobre quien recae el rencor. La tuve que inventar para describirlo, le puse el “rencorado”.  Creo  que tengo una vaga idea de por qué el rencorado no tiene palabra, y es porque no le pasa nada. Causó daño y no le importa lo suficiente como para pedir perdón. Quizás no siente culpa siquiera. Quizás es ciego del alma y ni supo que causó daño. 
Eso sí, el rencorado sufre si ha pedido perdón o al menos explicado su conducta y aún así el rencoroso se mantiene firme en su odio. A nadie le gusta ser odiado, así que algunos rencorados merecen tener una palabra que los defina.
El rencoroso es el que sufre. Olímpicamente debo reconocer que a lo largo de la vida he acumulado muchos rencores y quisiera no tenerlos.   
Ahora estoy en una encrucijada porque soy rencorosa y rencorada a la vez y no sé cómo solucionar ninguna de las dos.