sábado, 17 de noviembre de 2012

El Sindrome Mandela

Queridos amig@s , para variar, sigo sin tener tiempo para escribir. Ya me estoy preguntando quién se queda con mi tiempo porque parece que no me perteneciera.


Últimamente he estado leyendo la autobiografía de Nelson Mandela- “El largo camino hacia la libertad”- que es, por cierto, una obra apasionante. De esas que atrapan la mente y el alma y la dejan a uno encadenada a cada página, obligada a seguir leyendo y casi sin poder respirar. 

Nelson Mandela no se llamaba Nelson. Su nombre de nacimiento -puesto por su padre conforme la cultura Xhosa- es Rolihlahla, que significa “revoltoso”.  (¿Sería una intuición de su papá, o será que su nombre le generó un destino implacable?)

Uno de los aspectos que más me ha impresionado del relato de este gran revoltoso, es la claridad prístina con la que describe no sólo la manera en que se produjo el apartheid y en qué consistía, sino las razones por las pudo ocurrir.

Claro, uno se pregunta –al igual que con respecto al movimiento nazi- cómo puede ser que estas ideologías pueden llegar a tener aceptación, tanto por parte de quienes lo promueven como por parte de la sociedad toda.

Como primera cuestión, parece que está la conveniencia económica y el poder. 

Obviamente el que después de años de secuestros y esclavitud, la totalidad de la población sudafricana –sus pueblos originarios- fuera privada de sus tierras, tuvieran que pagar arriendo al Estado por ellas, y que para sobrevivir se vieran obligados a ejecutar trabajos mal pagados y en condiciones míseras, permitió que quienes se adueñaron de esas tierras, minas, y del trabajo humano se hicieran ricos. Particularmente Inglaterra.

El mismo fenómeno sucedió durante la segunda guerra mundial.  Los nazis se apropiaron de las casas, de los muebles, dinero, fábricas, joyas, ropa, fuerza laboral y en general de todo lo que tenían los judíos, los gitanos, y las personas con discapacidad mental, entre otros. Se hicieron ricos. 

Pero por otra parte, está el fenómeno que me impresiona más, que es el tema del lavado de cerebro –que fue lento pero seguro en Sudáfrica- que permitió que la barbarie durara no seis años, sino cientos.

Rolihlahla lo describe de manera detallada, cruda y sin rodeos. Describe cómo a los siete años de edad (1925) en su primer día de escuela le cambiaron el nombre por Nelson –ya que los ingleses no podían pronunciar los nombres Xhosas ni de ningún otro pueblo originario-  y tuvo que empezar a usar pantalones. Le enseñaron palabras (que implican conceptos) que en su propio lenguaje no existían, como “tíos” y “primos” ya que en la cultura milenaria Xhosa todos los hermanos de sus padres, son también padre o madre, y los hijos de ellos son hermanos. A partir de ese momento recibió educación británica: le enseñaron que la historia de Sudáfrica comienza en 1652 en vez de miles de años antes, y de múltiples formas tanto sutiles como brutales en lo cotidiano a lo largo de su vida, le hicieron sentir a él –y a todos los demás-que el hombre blanco es superior, que es desarrollado, civilizado, bacán. 

En definitiva lo que permitió que los colonialistas pudieran esclavizar, abusar, robar, y destruir la cultura de tantas personas, fue sin duda por una parte la absoluta falta de respeto por el ser humano, pero también por otra, la convicción íntima –consciente o no- de parte de las víctimas, de ser, efectivamente, inferiores.  

Lamentablemente, no necesitamos recurrir a la historia ni ir a Sudáfrica, para ver esta realidad. La tenemos frente a nuestros ojos todos los días. En nuestro presupuesto nacional -en que se asigna una miseria al tratamiento de  las personas con enfermedades mentales- en las noticias, los avisos publicitarios, en nuestro lenguaje, en todo. La muerte de una persona con dinero recibe más atención que la de otra; nosotros no vamos a un centro comercial: vamos al mall.   No es lo mismo vivir en un lugar que en otro, ni trabajar en un oficio que en otro. Ni el color de piel, ni el apellido. Ni siquiera la estatura.  De hecho, en mi experiencia personal –ya que mido metro y medio- siempre me ocurre que cuando camino en el centro me chocan. A mi marido, quien mide casi dos metros, nunca lo rozan siquiera. 

Al final, una que es mujer y chica, termina convencida que si le quedan las piernas colgando en el sillón de la Corte y tiene que sentarse en la punta para poder alegar, es algo normal. Da lo mismo, total, la mayoría de los abogados son hombres y grandotes. El sillón está pensado para ellos y yo soy quien se tiene que adaptar a la incomodidad y sobre todo, superar la sensación de pequeñez que me provoca el famoso sillón.

Esto es lo que se me ocurre llamar “Síndrome Mandela”. No porque él lo haya sufrido, sino porque él lo describe de una manera genial.  Se trata de un fenómeno que ocurre tanto a nivel social como individual, ha ocurrido desde siempre y seguirá ocurriendo. Alguien abusa de otro, de múltiples formas, incluso sutiles. No le importan las necesidades del otro, no lo respeta. Se comporta como si fuera superior.  Alguien termina convencido que su propio ser vale menos.  Es el eje central del maltrato, y diría más: de la anulación del otro.

Obviamente en lo personal no me  siento anulada cuando me siento en la punta del sillón para poder alegar, pero me pregunto si seremos capaces de lograr algún cambio.  Definitivamente tengo que terminar de leer el libro escrito por mi revoltoso favorito. Capaz que él tenga alguna respuesta.

PD: Hay varias palabras que debemos eliminar de nuestro lenguaje. Una de ellas es “inválido”. No existe una persona que no sea válida. Respetuosamente, podemos decir “persona con discapacidad”.  Otra es la palabra “menor”. Los niños no son inferiores a los adultos. 

miércoles, 4 de julio de 2012

LA LISTA Y EL RENCOR

QUERID@S, perdón por la inmensa demora en escribir. Como siempre, el problema es en parte tiempo, falta de costumbre y ...falta de neuronas que intercambien información.


Últimamente, en plena crisis de invierno, de la edad, de haber terminado la etapa de crianza de los hijos, y en el fondo de tener conciencia de ser mortal (cosa que Aristóteles tenía super clara pero que en esta vorágine del mundo actual a uno se le tiende a olvidar), he estado pensando en hacer una lista de tres cosas que me parecía importante tener en orden  a estas alturas de la vida, que aunque parezca absurdo, puede que uno no las tenga tan claras.  En realidad llevo varias semanas pensando en mi lista y con ganas de escribir, pero como siempre, el día a día parece tragarse el tiempo. Se lo lleva a un hoyo negro insondable y los momentos de silencio que permiten que las musas lleguen son cada vez más difíciles de encontrar.  Sólo  a veces llegan y hay que aprovecharlos. Hoy es uno de esos días.
Mi lista se trataba de tres cosas: las que no quiero dejar de hacer, las cosas que he hecho o dejado de hacer y por las que debo pedir perdón, y las que debo agradecer.
En todos estos días no había podido sentarme en silencio a conversar con mi neurona y empezar a escribir, y creo que hoy descubrí por qué.  Era porque me faltaba algo muy importante: las  personas a quienes debo perdonar.
Las que no quiero dejar de hacer son las más fáciles: escribir otro libro y volver a Galápagos y a Nigeria. Decirles a mis hijos una y otra vez que los adoro y que estoy orgullosa de ellos, hasta que se aburran y me pidan que ya no lo diga más. Decirles a mis amigos que los quiero. Ellos son el bálsamo de la vida, son los incondicionales que comparten las cargas y las hacen menos pesadas, y quienes duplican las alegrías.   Seguir diciéndole a mi marido todos los días que de nuevo me enamoré de él, porque es así. Todos los días me enamoro de nuevo, lo cual es muy importante porque si algún día me da Alzheimer no lo olvidaré.
La lista de las personas a quienes  debo pedir perdón es más difícil, porque mi narcisismo me impide reconocer que las he embarrado muchas veces y lo peor de todo, es que sigo de largo como si nada hubiera ocurrido.  Eso no está bien.  Lo más curioso, es que en esta lista están casi las mismas personas que en las demás.  
La tercera lista, la de las cosas que agradecer,  en realidad casi nunca se trata de cosas sino de personas, porque de eso se trata la vida.  De las relaciones humanas.  Quizás el mayor agradecimiento se lo debo a la Gaby, mi niña que me regaló la oportunidad de amar más allá de lo imaginable, que me enseñó de la forma más dura y dolorosa lo corta que es la vida, y por qué los cariños y los abrazos nunca están de más.  Me enseñó también, que hay sucesos que en la vida entera uno nunca va a poder entender, y que sólo hay que tratar de aceptarlos, todos los días.  Me enseñó que algunas tristezas y nostalgias son para siempre y la única manera de poder soportarlas es viviendo los días de a uno.
La mayoría de las personas que están en estas listas merecen cartas separadas porque las historias son largas, complejas y privadas. Sin embargo hay algunas que puedo mencionar altiro.
A Pepe Ulloa, mi profe de historia, le tengo que agradecer mucho porque me contagió de amor por la historia y las ciencias sociales.  Eso sí, hasta el día de hoy eso de las batallas de Iquique y Rancagua y la diferencia entre José Miguel Carrera y Manuel Rodríguez son temas que no ingresan a mi neurona.
A   Rodrigo Juica, jefe de carrera de mi Universidad, tengo que agradecerle que haya hecho una excepción al reglamento y me haya permitido dar un examen fuera de plazo. Sin esa decisión, yo no me hubiera titulado.
A don Milton Juica, porque aunque él no sepa, me dio una razón para seguir estudiando hasta titularme.  Un día me paró en la Corte y  yo me asusté, pensando qué embarrada habré hecho y por qué me iba a retar. Claro, solamente nos habíamos visto muchas veces –año tras año- en los pasillos y cuando yo me sentaba detrás de Juan Enrique Prieto (mi mentor) a escuchar sus alegatos.  El Ministro Juica  me para en seco y me pregunta: “¿Cuándo se va a titular usted?”. Yo ya había perdido la cuenta de la cantidad de años que llevaba en el intento, frustrado por múltiples razones: la crianza de los chicos, la falta de lucas, y por sobre todo, la tristeza infinita, paralizadora, de la partida de la Gaby.   Todo eso el Ministro no lo sabía, y le contesté con un simple “No sé”.  Entonces él me dijo algo que nunca se me va a olvidar y que fue lo que me motivó: “Usted tiene un don, y los dones son regalos de Dios. No se deben desperdiciar, porque son para servir a otros”.  Yo no sabía si  tengo un don y menos si es un regalo de dios, pero sí me impactó darme cuenta que tengo habilidad para mi carrera y no utilizarla es un desperdicio imperdonable.
Nunca me imaginé que años después, don Milton Juica iba a llegar a la Suprema y menos que él mismo me entregaría el título. ¡Nadie entendía por qué diablos yo lloraba tanto!    
Tengo que pedirle perdón a Aliro Cornejo por haberle puesto un miguelito en el asiento en el colegio, sobre el que se sentó –que era lo que yo esperaba- pero se lo clavó profundo y ese era el resultado que yo no quería pero debí pensarlo.  Ahora sé que se llama dolo eventual.
A la profe de biología por haberle puesto un ratón dentro del cajón de su escritorio.  Eso fue dolo directo de mi parte, aunque a ella el ratón le pareció de lo más tierno.
A mi hermano Mauricio por haberlo convencido que podía montar conmigo a pelo a la Tonta (nuestra yegua), sabiendo que ella lo detestaba por alguna razón ignota. Una vez que mi pobre hermano se convenció de lo imposible (porque ella siempre lo botaba), fui tan mala con él que le apreté las verijas a la yegua y ahí sí que se puso a corcovear instantáneo y el Mauri terminó en el suelo todo rasmillado y herido.
A mi hermana Bernardita por meterme demasiado en su vida, pero lo hice porque me creo su mamá y porque a ella la creo una niñita aunque es adulta.
Hasta aquí la lista no es tan difícil, aunque obviamente voy a tener que escribir muchos mails personales. La parte difícil es la de las personas a quienes me gustaría poder perdonar.
El rencor es un resentimiento arraigado y tenaz, según el diccionario de la RAE.  Resentimiento es simplemente estar adolorido por algo, lo cual es lo más natural del mundo si alguien la ha herido a uno.  Sin embargo el rencor es un dolor mezclado con rabia que no se quita ni desaparece con el transcurso del tiempo, ni con nada. Para mí que existe una línea muy delgada entre rencor y odio. Simplemente se queda pegado en  el alma para siempre jamás. Sentir rencor contra alguien parece ser una incapacidad total de perdonar. 
Dicen que perdonar es divino, y como no soy una persona religiosa –aunque mi dios favorito es Zeus- siempre he vivido presa de la idea que si alguien me hace daño y no me pide perdón, yo no lo puedo perdonar. Es así como surge el rencor. Es un círculo vicioso porque ni Zeus me manda la gracia de poder perdonar, ni ciertas personas quienes me han causado daño me piden perdón. Es más, son porfiados porque saben que causaron daño y no les importa. Eso sólo me da más rabia.
Ser rencoroso es terrible porque uno vive como pegado en algo del pasado, con cierta incapacidad de mirar hacia el futuro y disfrutar lo bueno y bonito de la vida. El rencor ensombrece lo demás, es una nube negra que la persigue a uno.  Igualito que el “mala suerte” de los Picapiedras.
En este tema sucede algo curioso. Existe una palabra para “rencoroso”, pero ninguna para aquél sobre quien recae el rencor. La tuve que inventar para describirlo, le puse el “rencorado”.  Creo  que tengo una vaga idea de por qué el rencorado no tiene palabra, y es porque no le pasa nada. Causó daño y no le importa lo suficiente como para pedir perdón. Quizás no siente culpa siquiera. Quizás es ciego del alma y ni supo que causó daño. 
Eso sí, el rencorado sufre si ha pedido perdón o al menos explicado su conducta y aún así el rencoroso se mantiene firme en su odio. A nadie le gusta ser odiado, así que algunos rencorados merecen tener una palabra que los defina.
El rencoroso es el que sufre. Olímpicamente debo reconocer que a lo largo de la vida he acumulado muchos rencores y quisiera no tenerlos.   
Ahora estoy en una encrucijada porque soy rencorosa y rencorada a la vez y no sé cómo solucionar ninguna de las dos.  

martes, 18 de octubre de 2011

RECLAMACION DE FILIACION CONTRA HEREDEROS

Mucho se ha discutido sobre la procedencia -o improcedencia- de la reclamación de paternidad cuando el supuesto padre ha fallecido antes de interponer la demanda. En principio, el artículo 206 del Código Civil claramente limita el ejercicio de esta acción sólo a dos casos: el del hijo póstumo, y el del hijo cuyo padre o madre fallece dentro de los 180 días siguientes al parto. En todos los demás casos, la acción sería improcedente, no sólo en virtud de la norma referida sino debido a que las acciones de familia son personalísimas y por tanto intrasmisibles a los herederos. Los derechos y deberes que corresponden a los padres no pueden cederse, ni venderse, ni trasmitirse. Así de simple.

Ahora bien, resulta que por otra parte, el artículo 317 del mismo Código, señala que son legítimos contradictores en cuestiones de paternidad, los herederos tanto del hijo como del padre. Si esta norma estuviera aislada, se podría interpretar en el sentido que la acción de reclamación de paternidad siempre se puede intentar contra herederos, y ésa ha sido la interpretación de la Excma. Corte Suprema durante los últimos años. No sólo por el 317 sino también debido a que el derecho a la identidad es un derecho humano y por tanto imprescriptible. De acuerdo a los últimos fallos, el artículo 206 impone un plazo de caducidad de la acción a los hijos póstumos y aquellos cuyo padre fallece dentro de 180 días después del nacimiento, plazo de caducidad que los demás no tendrían.

En mi opinión, la Corte Suprema ha incurrido en un error de interpretación, por varias razones. Primero, en la historia de la ley aparece con toda claridad que el legislador no quiso otorgar acción de reclamación contra herederos, y que el artículo 206 era un caso de excepción por considerarse que si el padre falleció antes que el hijo naciera, era imposible que hubiera podido ejercer su derecho, como también muy difícil en el caso del padre que fallece menos de seis meses después del nacimiento. Debido justamente a la dificultad -o franca imposibilidad- de poder ejercer sus derechos en esos casos, el legislador hizo una excepción a la regla general, otorgándoles la posibilidad de demandar, pero dentro de un plazo.

Luego, los fallos confunden dos conceptos: prescripción y legitimidad pasiva. Nadie duda que los derechos humanos son imprescriptibles, pero el ejercicio de estos derechos debe hacerse contra quien corresponde, y si el padre quien no reconoció al hijo mientras vivía no fue demandado en ese tiempo, simplemente ya no existe la persona a quien se debía demandar. No significa que la acción haya prescrito. Para mejor entendimiento de esto, lo ejemplificaré de la siguiente forma: Fallece don Pedro Perez (no tengo nada contra Pedro Perez, es sólo que no me acuerdo de los nombres de los típicos ejemplos de derecho romano). Pedro tenía un hijo a quien nunca reconoció, de treinta años de edad a la fecha de su muerte. No tenía otros hijos, ni cónyuge, ni padres ni hermanos, ni otros ascendientes ni descendientes. ¿A quien puede demandar el hijo? Increíble. ¡Al Fisco! Resulta absurdo, ¿No es cierto?

El artículo 206 del Código Civil ha sido declarado inaplicable por el Tribunal Constitucional en dos oportunidades, y actualmente se tramita una solicitud de declaración de inconstitucionalidad, a fin de que se pueda ejercer la acción de reclamación de paternidad contra herederos siempre y en cualquier caso. Esta solicitud tiene como fundamento -entre otros- el derecho a la identidad y la discriminación arbitraria del artículo 206 por cuanto impone un plazo de caducidad de la acción.

Estas declaraciones de inaplicabilidad por parte del Tribunal Constitucional, implican que efectivamente, si se interpretan las normas tal y como están vigentes en este momento, la acción contra herederos fuera de los casos del 206 no puede ser acogida, salvo se declare para ese caso en particular, su inaplicabilidad.

Quedo abierta a debate. Saludos a tod@s,

Solange

jueves, 17 de marzo de 2011

SUPERADA POR LA TECNOLOGIA

SUPERADA POR LA TECNOLOGIA….

Pido disculpas por no haber escrito en tanto tiempo, la verdad es que entre que me casé, las vacaciones y la pega, no había tenido tiempo, pero aquí estoy.

Llevo muchos años –no voy a decir cuántos, pero son suficientes como para no querer que ustedes los sepan- esforzándome por entender los cambios en la tecnología de diversos aparatos, desde el antiguo tocadiscos hasta el microondas, pasando por las máquinas de escribir eléctricas, los computadores, la tele, el DVD, el celular, etc.

Recuerdo bien la época en que escuchaba a Michael Jackson y terminaba por rallar el disco (de vinilo…) de tanto no achuntarle justo a la raya donde empezaba mi canción preferida. Después vinieron los casetes, y la cinta quedaba atrapada en la radio, entonces uno trataba de rescatarla y la enrollaba de vuelta con un lápiz Bic, rogando que no fuera tragada vilmente de nuevo. Vino la videocasetera y pasaba lo mismo, pero el lápiz era inútil. Los computadores eran cosa seria. El DVD siempre fue un enigma, eso de colocar los subtítulos siempre me ha complicado. Mis hijos ponían las películas y me decían “¡ya poh mamá, aprende!”.

Ahora sí, definitivamente, fui superada por estos avances de la humanidad. Tengo un celular que sabe más que cualquier persona, sabe hasta dónde estoy, y cuándo y cómo se cambia la hora en todos los países. Más encima, la cambia automáticamente así que ni supe cuando adelantó la hora y entonces yo me adelanté ídem. Mi computador en cambio, cree que la hora había que atrasarla, y lo hizo. Le dije a mi celular varias veces, que la hora no había cambiado y entonces me pregunta: “¿Usted viajó a otro país?” Le dije que no, me hizo caso y cambió la hora, pero al día siguiente la atrasó de nuevo y sin avisarme, el muy desgraciado.

En este momento mi computador dice que son las tres de la tarde, y mi celular dice que son las cinco. Por mi parte, prefiero consultar el tema con el único aparato de la casa que no se equivoca, el viejo y fiel reloj a pilas de la cocina.

martes, 30 de noviembre de 2010

HAY UN DUENDE EN MI CASA

Desde la semana pasada que tenía ganas de sentarme a escribir en el blog sobre el tema del proyecto de ley que pretende asignar puntajes a las personas en las licencias de conducir, pero voy a tener que dejar ese tema para otro día.

Hace mucho tiempo (desde que llegamos a esta casa) todos quienes habitamos en ella hemos sufrido la pérdida y posterior aparición de cosas en los lugares más insólitos. Hace unos días busqué mi traje de baño para tomar solcito (¡qué rico que por fin llegó el verano!) y encontré sólo la parte de arriba en el cajón donde siempre lo guardo. Busqué en todos los cajones, en la pieza del planchado, en la ropa tendida, etc. Revolví mis cajones varias veces, y...nada, no estaba. Durante todo ese rato Carlos estaba en la pieza leyendo, y obviamente me vio buscando el famoso traje de baño. Como a la quinta vez que vuelvo a mi closet, ahí estaba, a la vista sobre una repisa!!!! Carlos me mira con cara de no-lo-puedo-creer, y me dice ¡No estaba ahí, yo VI que no estaba! Obvio, fue una travesura de nuestro duende, que ha hecho tantas cosas que ya tiene nombre: se llama Macareno.

Una vez Claudia (mi procuradora/mano derecha) mandó un escrito en un archivo PDF al 4° juzgado de Familia. Llegó un mail de vuelta avisando que no correspondía el RIT de la causa, revisamos y el archivo decía "Tercer Juzgado". Qué raro, si lo habíamos requete revisado. Lo hicimos de nuevo, lo revisamos ambas, y lo mandamos recontra dirigido al 4°. Por segunda vez, llega de vuelta el escrito dirigido al tercero!!! Ese fue el día que le pusimos nombre al duende, se mete hasta en archivos PDF!

Pero hoy en la mañana me hizo la travesura más ingeniosa. Resulta que Carlos me dejó un cafecito en el velador tempranísimo en la mañana, y yo estaba completamente fuera de servicio. Cuando desperté, tomé la taza, y la metí al microhondas para calentarlo. Fui al baño, y cuando volví el micro estaba funcionando, abro la puerta y estaba vacío. Busqué la taza por todas partes, hasta en el baño. Era el tazón favorito de Carlos, del Colo Colo, yo estaba SEGURA de haberla llevado a la cocina y de haberla metido al microhondas. Busqué y busqué, pero no estaba, así que me hice otro café. Al ratito se levanta Carlos hijo, lo acompaño a la cocina a hacerse el desayuno, abre la puerta del refrigerador para sacar la leche y ahí estaba la taza del Colo Colo, entre los yogures!!!!

Yo respeto toda clase de seres, incluso aquellos cuya existencia se duda, como los duendes, pero me gustaría entender por qué el Macareno me toma el pelo de esta manera!!!!

Saludos a tod@s, que pasen un buen dia y que no se les pierda nada!

Solange

martes, 2 de noviembre de 2010

¡¿Y AHORA QUIEREN AUMENTAR LA COTIZACION OBLIGATORIA DE SALUD?!

Plop, exijo una explicación!

Encuentro insólito este nuevo proyecto del gobierno, que pretende incrementar los ingresos del sector salud por la vía de aumentar la cotización obligatoria de un 7% a un 8%. Mi neurona me dice que si se hace esto, sólo se van a enriquecer gratis las Isapres, las que dudo vayan a bajar los precios de los planes. No veo cómo la plata extra de quienes están afiliados al sistema privado, vaya a parar al sistema público, así que si se hace este aumento, los únicos que van a perder son los de siempre: los más pobres, para quienes el 1% del sueldo es importante, significa dos días de movilización o tres kilos de pan. En cambio, quitarle ese mismo 1% al quinto quintil no afecta en nada su vida cotidiana. ¿Quieren inyectarle lucas al sector salud pública? Buena idea, harta falta que hace, pero en ese caso sería mejor simplemente aumentarle los impuestos a quienes más tienen, y ajustar la ley de presupuesto. Saludos, que tengan un buen resto de semana.

lunes, 11 de octubre de 2010

Sobre el Sindrome de Alienación Parental (SAP)

Por ahí me pidieron que escriba sobre el SAP. (Cáspitas, quien se iba a imaginar, ¡tengo pedidos!). El SAP es la sigla del Síndrome de Alienación Parental, descrito por Richard Gardner, un psiquiatra norteamericano, en 1985. Escribió un libro sobre el tema en 1987, y lo auto-publicó a través de su propia editorial, de la misma forma que lo hizo con otros libros que escribió.

El Síndrome de Alienación Parental consiste –se supone- en que un padre o madre (generalmente la madre) “programa” a sus hijos en contra del otro padre, por la vía de diversas estrategias, a fin de que el hijo odie al otro padre y así obstaculizar completamente el vínculo. De este modo, el hijo termina efectivamente odiando al padre alienado, y declarando en su contra en juicios o ante psicólogos ó peritos. Según Gardner, esto sucede generalmente durante juicios por divorcio en los que se discute el cuidado personal y/o el régimen de relación (visitas). Más aún, se supone que generalmente la madre alienante acusa al padre alienado de abuso sexual contra el niño o niña, acusación que el niño sostiene, porque la madre le ha lavado el cerebro.

En primer lugar, es necesario recalcar que el SAP no ha sido reconocido por ninguna institución seria ni por comunidades médicas dedicadas a la psiquiatría infantil. No ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud, ni por la Asociación Americana de Psiquiatría, pese a los esfuerzos de Gardner y sus sucesores (¿o secuaces?) para lograrlo en los últimos 25 años.

La primera razón –entre muchas- por la cual no ha sido reconocido, es la falta de seriedad en el estudio del SAP, pues Gardner sólo refiere a un puñado de casos en que a él le tocó intervenir.

Gardner se dedicó durante muchos años a participar en juicios como perito, sosteniendo su teoría. Lamentablemente, algunos jueces le dieron valor a sus conclusiones, en las que Gardner sostiene que la única forma de reparar el daño del SAP es quitándole el cuidado personal al padre o madre alienante, entregar al niño o niña al padre alienado y dejar al padre alienante sin visitas. Esto significó en varios casos que un niño o niña abusado terminara bajo la custodia única del padre abusador.

Y aquí viene la trampa: al alegarse el SAP, resulta que todo lo que diga el niño o niña no es considerado, ya que se parte de la base que el niño está “programado” para odiar a uno de sus progenitores, que literalmente le lavaron el cerebro y por lo tanto no dice la verdad. De este modo, Gardner participó en más de 400 juicios como perito, muchos en los cuales el niño o niña acusaba al padre de abusos sexuales y logrando en algunos de ellos que se acogiera su teoría, obviando completamente los relatos y la opinión del niño.

El asunto se pone color de hormiga cuando uno lee algunas de las “frases célebres” y teorías de Gardner, como por ejemplo su teoría sobre la sexualidad humana. El sostiene que el contacto sexual adulto-niño es benigno y beneficioso para la reproducción de las especies. Según esta teoría, el incesto y la pedofilia son benignos, son conductas no abusivas y es usada por ciertos grupos que defienden la pedofilia como un modo de “orientación sexual” posible y aceptable, pues siempre ha existido en la naturaleza humana y por siglos ha sido una conducta aceptada por la sociedad. Tanto es así que hasta hace poco tiempo en la cultura occidental se casaban niñas de 14 años, y entre los Musulmanes –lamentablemente- es común que lo hagan a los 12, hasta el día de hoy. Gardner también asevera que si el niño goza sexualmente no se puede hablar de abuso, lo cual es una barbaridad, por decir lo menos. El adulto que incurre en conductas de connotación sexual con un niño está abusando SIEMPRE, porque el niño no tiene capacidad para consentir. Da lo mismo si el niño o niña sintió o no algún placer.

Gardner fue tan lejos en esta idea, que en su libro “Verdaderas y Falsas Acusaciones de Abuso Sexual Infantil” (1992, su propia editorial), pág. 549, señala lo siguiente:

“Los niños mayores pueden ser ayudados a darse cuenta que los encuentros sexuales entre un adulto y un niño no son universalmente considerados como un acto censurable. Se le podría contar al niño sobre otras sociedades en las cuales tal comportamiento fue y es considerado normal... el niño tiene que ser ayudado a apreciar que en nuestra sociedad tenemos una actitud exageradamente punitiva y moralista sobre los encuentros sexuales entre adulto-niño.”

Entonces resulta, que al analizar las teorías de Gardner –repugnantes, por cierto- respecto de la sexualidad humana , la pedofilia y de las acusaciones sobre abuso sexual infantil, no queda más alternativa que concluir que para Gardner, el incesto y el abuso sexual incestuoso era siempre aceptable, o se trataba de mentiras introducidas en el cerebro del niño por la madre. De este modo, el SAP refuerza la posibilidad de que padres o madres abusadores (física, mental o sexualmente) sigan cometiendo los abusos: sea porque el niño fue erotizado tempranamente o porque no es cierto lo que dice.

A mí me parece que restarle importancia a los dichos de un niño o niña es grave y por lo demás, atenta contra nuestro deber de protegerlos. Los niños son personas pequeñas, tienen sus propios derechos, ideas, recuerdos y vivencias, y lo normal es que cuando un niño o niña dice que su padre o madre le pega, o relata una situación que claramente tiene una connotación sexual (por ejemplo, el papá me hizo tocarle su pirulín) hay que partir de la base de que lo que dice es verdad e impedir todo tipo de contacto entre el niño y el abusador (que puede ser el padre, la madre, o tío, abuelo, etc.) . No olvidemos que también hay mujeres que abusan sexualmente de sus hijos o hijas.

Los niños no tienen un cerebro lavable, ni se les puede programar. En este sentido la teoría de Gardner, aparte de perversa, es francamente absurda. El famoso SAP de frentón no existe y no es más que una teoría que sirve y ha servido para la defensa de pedófilos.

Lamentablemente y para vergüenza de nuestros profesionales, en Chile se está planteando actualmente el SAP y más encima algunos jueces lo creen, poniendo de este modo en serio riesgo a los niños.

Lo que sí puede ocurrir –y por desgracia es bastante común- es que un padre o madre incurra en conductas alienantes, es decir, le hable mal del otro padre al hijo, que intente indisponerlo, que intente impedir la relación y el vínculo del niño con el padre por venganza, porque no le ha pagado pensión alimenticia, porque le puso los cuernos o por lo que sea. Este tipo de conductas –que a mi juicio constituyen una forma de maltrato infantil porque los niños necesitan a ambos padres- pueden surtir algún efecto en el corto plazo, pero no al largo plazo. Tarde o temprano el niño se forma su propio criterio, y si su madre o padre le habló mal del otro padre durante la infancia, en algún momento más que seguro se rebelará y cobrará la cuenta.

En fin, creo que Gardner fue cero aporte a la sociedad, o mejor dicho, aporte negativo. Fallleció en el 2003, supuestamente por suicidio. De siete puñaladas.

Saludos a tod@s, que pasen buen fin de semana.