viernes, 15 de abril de 2022

TATUAMIGOS, PARTE UNO

 


(Rapanui).

 

Antes de empezar a explicar “Tatuamigos”, debo hacer una advertencia, que probablemente no sea ninguna sorpresa: soy dispersa.  Siempre trato de no serlo, y como no me resulta, cuando escribo termino revisando quinientas veces, corrigiendo, tratando de sintetizar, eliminando desvíos y distracciones de lo que se supone que es el tema. Ese ejercicio me resulta cuando escribo por mi trabajo, pero cuando escribo porque me gusta, me es  imposible.  Quizás eso mismo sea parte de la entretención, tanto de escribir como de leer. Bueno, ahora no me voy a limitar, voy a dejar fluir mi dispersión y punto.

 

Fue en el 2007 que empecé a sentir una fuerte atracción hacia los tatuajes. En esa época mi amiga P. viajaba a Rapanui desde hacía tiempo, quizás un par de años.  Cada dos meses partía para allá y se quedaba dos semanas, por razones de trabajo. En nuestros habituales aquelarres nos contaba historias y anécdotas, y con sus relatos nos transportaba a la isla, a su gente, sus costumbres, su forma de vida, y -por qué no decirlo- sus problemas y vicisitudes.  Los aquelarres con contenido Rapanui fueron muchos, de modo que los viajes mentales a la isla por mi parte fueron ídem.

 

Ese verano, el del 2007, mi amiga arrendó una casa por todo enero y febrero, y el plan era trasladarse con toda la familia. A esas alturas ella ya formaba parte del escenario habitual de Rapanui, todos la conocían.  Me invitó, porque claro, me consideraba parte de la familia.  Apliqué crédito en cuotas, compré pasaje y partí en febrero, premunida de todos los encargos de mi amiga (incluido papel higiénico que estaba escaseando allá).  Mis niños (ya adultos) de vacaciones con su papá. Así, pude vivir una experiencia inolvidable, maravillosa, quedándome allá poco más de dos semanas. La invitación era por más tiempo, pero yo estaba por dar mi examen de grado, se suponía que tenía que vivir enterrada entre códigos y demases, pero la tentación de ir a la isla era demasiado grande. Rechazar la invitación estaba fuera del escenario, así que fui, por menos tiempo, y en marzo me saqué un 4 en el examen de grado.

 

Esa decisión, la de partir a Rapanui estando a punto de dar el examen, más encima endeudarme para comprar el pasaje, está en mi lista de una de las mejores decisiones que he tomado en la vida.

 

Nota al margen: Igual aprobé el examen en marzo, nadie me pregunta qué nota me saqué en el grado, y dudo que por mucho más que hubiera estudiado, pudiera haber tenido un mejor “rendimiento”, por la sencilla razón que estudié derecho con dos niños, el duelo de la muerte de Gaby, trabajando, la mayor parte del tiempo sin una pareja o apoyo, y más encima soy incapaz hasta el día de hoy, de aprenderme de memoria artículos con número y todo. Mi objetivo no eran las tres negritas, era ser abogada. Y lo logré.  (Igual después en la tesis me saqué un 7 y en la práctica también, todo en ese mismo año sumado a la pega y me creo la muerte por ese logro. Claro, ahí no necesitaba saberme cosas de memoria sino investigar, analizar, escribir, y trabajar).

 

Si no hubiera sido por la generosa invitación de mi amiga, jamás hubiera podido ir por tantos días, y menos aún habría podido compartir y conversar con los lugareños, quienes invitaban a mi amiga a sus casas casi todos los días, y yo, por supuesto, iba de apéndice, heredera del cariño que le tenían a mi amiga. Así me tocó ver y escuchar decenas de costumbres, ritos, conocimientos ancestrales, leyendas míticas. Fue como entrar un ratito al mundo de ellos. Una experiencia totalmente distinta y opuesta a un viaje de turismo entero agendado de tures apurados, en los que uno ve todo corriendo y termina no viendo nada, y ni a palos alcanza a conversar con la gente del lugar, que es la parte que más me importa donde sea que vaya.

 

Desvío: Un día fuimos con la familia de Ema T. a la playa, una tarde entera. La playa a la que van los lugareños, no la de los turistas. El marido de Ema, “el pescao” (todos tienen sobrenombres), se metió al agua premunido de un arpón común -no esos de ahora que parecen armamento de guerra- y una malla. Nosotras nos quedamos con los niños en la playa. Ema llevaba de todo, desde pollo hasta ensalada y postre.  Al rato vino corriendo una niñita que estaba con otra familia, y le dice a Ema “Tía, mi mamá dice que le mandes mayonesa si tienes” o algo así. Y sí, Ema tenía mayonesa y se la entregó a la niña. Pasaron horas y el “pescao” no aparecía por ninguna parte, seguía en el mar. Yo como buena Conti neurótica, pensando que estaba “desaparecido en acción” en el fondo de esas aguas, pregunté, y Ema relajadísima me dice “no pasa nada, está pescando”. Efectivamente al rato el pescao salió del agua y parecía una escena de película: venía con la malla llena de pescaos, regaló varios, y esa noche los comimos asados en su casa.  Allá todos se conocen, o son parientes, se ayudan, viven en comunidad. Por supuesto que tienen conflictos, pero la vida comunitaria, la confianza entre ellos, su generosidad, realmente me impresionaron. Quizás por eso la palabra iorana significa hola y adiós. ¡Pasan todo el día saludándose! Es realmente hermoso, una especie de continuo en el que no existe un adiós total.

 

PD: En la noche, mientras hacía el asado, el pescao me pidió que hiciera algo, no me acuerdo qué, pero implicaba cortar alguna verdura, cosa para la que soy entera inútil y le dije que no sabía cómo hacerlo. Entonces me dice, riéndose a gritos: “¡Tú eres la que no sabe cocinar! ¡Siempre pensé que eso era una broma!”.

 

Estando en Rapanui, entre tantas otras cosas, me fijé en los tatuajes. De hecho, me enamoré de ellos. Me di cuenta de que formaban parte, históricamente, de su sentido de identidad. Supongo que esta costumbre se estaba recuperando, mucho tiempo después de los esfuerzos de gente “civilizada” -particularmente misioneros- que los veía como “salvajes” hace tan sólo un par de siglos atrás. Los que se auto adjudicaron la misión de imponer una única verdad, lograron erradicar durante mucho tiempo, prácticas ancestrales que tenían un profundo sentido espiritual, bajo el precepto de que los tatuajes eran un exceso de culto al cuerpo y que presentaban un aspecto “grotesco y horrendo a los ojos de los navegantes extranjeros”.

 

De hecho, la palabra “tatoo” es una deformación del vocablo polinésico Tatau, cuyo significado preciso ignoro, pero sé que se relaciona con la técnica para realizar los tatuajes, golpeando de forma repetida y rítmica la piel, a fin de introducir color, lo que era extremadamente doloroso. Todo esto de la historia de los tatuajes -no sólo en Rapanui- lo he ido descubriendo después. De hecho, acabo de ver que en Rapanui hay ocho vocablos para referirse a tatuaje, dependiendo del lugar del cuerpo en que se ubiquen. “Tatuaje”, en general, es “tatū.

 

Realmente me enamoré de los tatuajes. Pensé en hacerme uno sin que en ese momento se me ocurriera que al hacerlo sin conocer el sentido profundo que tenían, podría estar aportando justamente a la idea que sería sólo por vanidad. Quería traerme de vuelta, para siempre, algo de la isla.  Vi distintos diseños, bellísimos a mis ojos. Claramente no soy una navegante del siglo XVIII y no conocí al capitán James Cook ni al cura Sebastián Englert. Me parecieron hermosos y punto.

 

A pesar del amor a primera vista y de los diseños maravillosos que me atraían como un imán gigante siendo yo una aguja, no me hice ningún tatuaje en ese momento. Me ganó el miedo. Miedo al dolor, a alguna infección o peor, un shock anafiláctico (ya llevaba 3 o 4), a ser juzgada por los demás en mi entorno, miedo a que me discriminaran. Soñaba con ser abogada, y en esa época incluso en la universidad, el tema de la apariencia física era duro. Los hombres debían tener el pelo corto, siempre chaqueta y corbata, las mujeres faldas no muy cortas, etc. Una abogada tatuada era muerte segura en el ejercicio de la profesión.  Tenía también, miedo a hacerme algo en el cuerpo que queda para siempre y después que no me gustara o arrepentirme. En esa época, más que ahora, un tatuaje no tenía vuelta atrás.

 

El miedo fue más poderoso que el amor a primera vista, así que esa vez, ganó mi batalla interior.

 

Poco tiempo después, en el 2009, con Carlos fuimos a Nigeria y estuvimos varios meses allá. Hay chorrocientas entradas de blog respecto de esa tremenda experiencia, así que trataré de centrarme sólo en los tatuajes.

 

Estando allá, nuevamente sentí un ascensor en el alma al ver los tatuajes, específicamente los de la tribu Fulani. El ascensor subía y bajaba, entre admiración por la belleza y el significado, y sentir que, en mi cultura no hay una tribu, ni el orgullo de mostrar que se pertenece a una. Porque eso es lo que significan los tatuajes para ellos.

 

Durante los primeros meses fui Capitana Cook, monja, bruta, invasora, etnocéntrica y lo que es peor, ni siquiera me lo cuestioné. Sin darme cuenta, de alguna manera juzgaba a los nigerianos desde mi cultura, en vez de tratar de comprender la de ellos, de empaparme en el mar de su historia, del alma de ellos. En esa época, yo no sabía que los tatuajes, como concepto, no son sólo los que todos conocemos, dibujos hechos con tinta o alguna técnica ancestral con hollín, etc. En términos amplios, los tatuajes son marcas en el cuerpo, por lo que las marcas de las distintas etnias (los Hausa, los Igbo, los Yoruba y muchas más) hechas mediante cortes en la piel, a fin de que queden cicatrices, son también tatuajes desde el punto de vista del sentido que tienen para ellos. Son marcas.  Identidad.

 

Lo que mis ojos del alma vieron, fue nuevamente la belleza de los tatuajes hechos con tinta, pero al mismo tiempo, me pareció horroroso, inaceptable, contrario a derechos humanos, que se le hicieran marcas en la piel a los niños y a las niñas. Recuerdo particularmente a un niño Hausa, con sus típicas cicatrices, una línea vertical en cada mejilla. Pregunté por qué las hacían, pensando en que era una práctica que atentaba contra la integridad física de los niños, y la respuesta fue “Porque somos Hausa”. Luego pregunté cómo las hacían, y me explicaron que a los pocos meses de vida les hacen los cortes, luego introducen una ramita en la herida durante varios días, para que no cicatrice y quede una marca notoria, ancha. Demoré meses en cambiar el chip, me tuve que reformatear y meter la pata un montón de veces, antes de darme cuenta de que a mí me hicieron hoyos en las orejas por ningún sentido de identidad, recién nacida, los hoyos quedaron para siempre y nadie lo cuestiona.

 

En fin, aluciné los tatuajes con tinta de los Fulani, sobre todo las mujeres, pero aparte de admirar su belleza y re conectarme con el tema de los tatuajes, definitivamente no eran para mí, porque no soy Fulani y sería un tremendo sacrilegio “copiar” un símbolo que está destinado a que puedan reconocerse entre ellos, en un país inventado a la fuerza en el que conviven muchos grupos étnicos diferentes, en el que se hablan más de 50 idiomas y 250 dialectos y desde tiempos inmemoriales necesitaron marcar sus cuerpos con pintura y tatuajes para poder encontrarse, reconocerse, cuidarse entre ellos.

 


(mujer Fulani).

Esos dos amores -Rapanui y Nigeria- junto con las ganas de hacerme un tatuaje, quedaron rondando medio escondidas durante años, hasta el 2017. Ese año me pusieron una prótesis de cadera, y obviamente quedé con una cicatriz notoria. Como sólo se puede ver por los demás si estoy en traje de baño, el miedo a la discriminación en la pega estaba descartado. En ese momento decidí que algún día me iba a hacer un tatuaje con la excusa de tapar la cicatriz, y como es ancha y mide como 10 cm. de largo, estaba cantado que la cicatriz se convirtiera en el tronco de un árbol. El árbol de la vida. Claro que como no se pueden hacer tatuajes sobre una cicatriz reciente, hay que esperar un par de años. El único miedo que me quedaba por vencer era el de sufrir un shock anafiláctico, pero la decisión de hacerme ese tatuaje estaba tomada, era cuestión de investigar y esperar.

 

Me lo hice -con tintas naturales- el año pasado, pero no fue mi primer tatuaje y entremedio, ocurrieron muchas situaciones que me llevaron a un camino distinto al que tenía planificado. Así es la vida.

 


Mi amigo árbol de la vida, que fue el primero decidido pero no el primero hecho.

Continuará...


Atte., Aweli Vintage. 

 


 

 

 

sábado, 9 de abril de 2022

LA EMPATÍA DE LA THERMOMIX.

 





(Na´ que ver, esa foto es el dibujo de uno de los tatuajes de la Princesa de Ukok, se entiende más adelante). 


Antes de empezar a contar esta anécdota (real, por supuesto, y con permiso de cónyuge), y aunque parezca innecesario, creo que vale la pena recordar qué significa la empatía. Es, simplemente, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender su mundo interior.

 

Claro que frente a una definición o concepto que parece simple, la vida cotidiana nos aforra verdaderos charchazos  emocionales a cada rato, sea porque alguien no nos muestra empatía, porque nosotros mismos no lo hacemos y nos damos cuenta cuando ya es tarde, porque leemos noticias o nos enteramos de situaciones en las que la falta de empatía termina en tragedias de proporciones inimaginables, o por mil razones más.  


 
A la gente que carece completamente de empatía se les llama psicópatas, claro que como no soy psicóloga ni psiquiatra no me atrevo a ahondar en el tema, aparte que correría el riesgo de ser mega latera, onda lata 7.0, y no es la idea.
 


Eso sí, tengo que decir que a veces pienso que la empatía no es algo que deba existir solamente en el ámbito de “persona a persona”. Quizás podríamos pensarlo como algo que debiera darse entre grupos de personas, o entre países, y entonces podríamos pensar que la guerra provocada recientemente por Rusia contra Ucrania, tiene un componente de falta de empatía o de psicopatía de Estado, pero esa es otra historia.


El asunto es que cuando se produce un entuerto por pura y mera empatía, creo que vale la pena contarlo.


 
La empatía de la Thermomix:


 
De nuevo, antes de contar la anécdota, para dar algo de contexto, confieso dos cosas: primero, no tengo la menor idea de cómo cocinar, más encima tengo pésima motricidad fina, soy irremediablemente zurda, los cuchillos en su mayoría son para diestros, hago papilla los tomates y hasta los huevos duros, me carga cocinar y en definitiva soy un desastre mayúsculo en esa materia. Segundo, soy garabatera. En inglés o castellano, pero digo garabatos sólo después de las 17:00, excepto sábado, domingo y festivos, esos días no tengo horario garabatero, así que no voy a pedir disculpas por las soecidades de esta entrada de blog.  Carlos en cambio, sólo dice garabatos cuando se enfurece y ve rojo, una vez en un millón.


 
Ahora sí, la thermomix.


Anoche conversando con mi compañero de vida, no me acuerdo cómo o a pito de qué, apareció el tema de la famosa thermomix, una olla robot, mágica, que cocina por su cuenta. Entonces se produjo, más o menos literal, el siguiente diálogo:


 
Carlos: 

- “Ah, si, ha sido un tema recurrente de conversación hace rato en mi trabajo, pensé que Ud. no las conocía, parece que todo el mundo quiere tener esa olla que cocina sola”.
 
Yo (con ataque de risa automático): 

- “Pero mi vida ¡qué poco me conoce! ¡Ud. me tiene toda entera subestimada!  Aunque no lo crea, estoy completamente al día con los avances tecnológicos y ya revisé todas las marcas, caché que parece que hasta pican las zanahorias y las papas y hacen carbonada, hacen todas las weás que yo no tengo idea cómo hacer, sé cuánto valen... ¡las tengo plenamente identificadas hace tiempo!".
 
Carlos: 

- “Pero Ud. no me había dicho nada de la thermomix, ¡pensé que no la conocía!”.
 
Yo: 

- “¡Las cacho hace rato! Son más caras que la chucha, no le había querido decir nada a usted porque lo conozco, yo sé que, si llegaba a decir algo, Ud. la iba a querer comprar y no tenemos plata, tenemos que pagar la operación, y tenemos mil prioridades más antes de comprar esa cuestión. Pero... si Ud. hacía tiempo sabía de la famosa olla astronática, ¿por qué no me dijo nada tampoco?”.


Carlos: 

- “No le quise decir porque pensé que Ud. se iba a entusiasmar y que se endeudaría para comprarla altiro, y tenía pensado comprarla yo más adelante de sorpresa…”.


 
Yo, (léase escuchando las carcajadas): 

- “Pero mi vida… ¡nunca tan gil como para endeudarme por una olla! Le creo endeudarme por ir a ver a las nietas, o incluso por los tatuajes de símbolos vikingos y celtas, de la Princesa de Ukok, ¡pero no por una olla que vale la mitad de un pasaje a Chequia y no sé cuántos tatuajes! Más encima, yo sé que a usted le molestaría ver la porquería de olla encima del mesón. Ni cagando cabe adentro de los muebles de la cocina , entonces usted la agarraría, la dejaría escondida para siempre jamás  adentro de algún otro mueble o en la bodega, ¡y nunca la usaríamos!”

Carlos:

- "Es verdad, no cabe y yo la pondría en el mueble del patio y no la usaríamos".

 
Bueno, la thermomix es pura empatía de mi marido hacia mí, y vice-versa.


 
Carlos nunca mencionó su existencia porque suponía que yo iba a querer tenerla altiro (lo cual es cierto). Quiso protegerme de mi misma, de la posibilidad que cometiera economicidio (entiéndase un suicidio económico), endeudándome para comprarla. También esperaba en algún futuro, regalársela a la casa. Sólo no consideró que últimamente he logrado ajustar mi econo-cinturón tanto que le faltan hoyos, y priorizar gastos.  Claro que algunas de mis prioridades -particularmente los tatuajes- son un tanto incomprensibles para él, porque no comparte mi pasión por dibujarme el cuerpo. Eso da para entrada de  blog aparte. 


(Durante meses soñé en privado con mis próximos tatuajes, investigué símbolos ancestrales, busqué -y sigo buscando- precios de pasajes a Praga, al mismo tiempo que los precios de la thermomix, todo pa' callao conmigo misma, porque sé que él necesita concentrarse en proyectos que está haciendo y no lo quiero joder con temas que lo distraen innecesariamente.  Lo de soñar con ir a Chequia es sueño permanente, él sabe eso, y lo de los tatuajes se lo comenté la semana pasada cuando ya los tenía totalmente decididos, para que se vaya haciendo la idea 😂).
 

Mi "empatía thermomix" produjo el mismo efecto que la de mi cónyuge:  no comentarle sobre la famosa olla porque lo conozco, sé que él sabe que me siento entera inútil por no saber cocinar, que sin duda querría tener una varita mágica o poder decir “abracadabra” y que la comida se cocine sola y que quede rica, entonces él, por mí, ¡sería capaz de ir y comprarla! También me equivoqué en el análisis, exactamente en lo mismo que él: pensé que él se endeudaría por comprarla, cuando en realidad había decidido que habían otras prioridades.


 
Total que los dos nos habíamos quedado 🙊con respecto al aparato por exactamente las mismas razones durante meses, y ambos fallamos en nuestro análisis respecto del otro en lo mismo: ninguno de los dos estábamos dispuestos a endeudarnos por una olla, por mágica que sea.


 
Al final de cuentas, nuestro mutismo selectivo respecto de la palabra thermomix durante meses fue, exclusivamente, por empatía. 



La momia de la "Princesa de Ukok", también conocida como "La Dama de Hielo". Próxima entrada, por mientras, dejo un enlace:

https://es.wikipedia.org/wiki/Princesa_de_Ukok


Atte., Aweli Vintage. 



miércoles, 23 de marzo de 2022

CON EL ABUSO SEXUAL INFANTIL NO SE JUEGA.

 



El 20 de marzo, en el programa Pauta Libre del canal la Red, se emitió una entrevista que le hizo Mónica González a Rodrigo Rojas Vade. En una parte de esa entrevista, la periodista interrogó, cuestionó, e hizo aseveraciones respecto del abuso sexual infantil que el Sr. Vade refirió haber sufrido a los 10 años de edad.

 

Independientemente del hecho indiscutible que el Sr. Rojas ha faltado de forma grave a la verdad, y que sin duda -tal como se dijo en el programa- su conducta ha causado un daño a la Convención Constitucional, la forma en que se abordó el tema específico del abuso sexual infantil fue tremendamente inadecuada, resultando retraumatizante para muchos sobrevivientes de abuso quienes vimos el programa, además de contener información y aseveraciones equívocas  sobre el tema y por tanto, desinforman al público en general, lo cual es inaceptable. 

 

Los sobrevivientes de abuso sexual infantil nos llamamos de esa manera porque por una parte ya no somos víctimas, y por otra, logramos sobrevivir a una experiencia que causa un daño de por vida, tan grave, que efectivamente muchos se suicidan. No es, por tanto, un tema que se pueda tratar a la ligera. En Chile se estima que 55 niños sufren abuso sexual al día. La cifra negra, la de las víctimas que no develan, es incuantificable.

 

Durante la entrevista, en varias oportunidades, la Sra. Mónica insistió en preguntarle al entrevistado si acaso el abuso fue consentido. Estas preguntas denotan un total desconocimiento respecto de la capacidad de consentimiento de un niño de 10 años. Los niños no tienen capacidad de consentir, por lo tanto, la sola pregunta al respecto es retraumatizante para cualquier persona que haya sido víctima de abuso sexual infantil y haya visto el programa, y por cierto, para el entrevistado, si es que fue víctima de abuso.

 

El abuso sexual infantil más común es el que se produce al interior de la familia, los agresores/as suelen seducir a la víctima con engaños, haciendo parecer que se trata de un juego, o un acto de amor, etc., y hacen creer al niño que está, efectivamente, participando de la situación, lo que conduce a una confusión -y daño- en la víctima que puede perdurar años, incluso toda la vida.  El niño o niña no tiene capacidad para entender que se trata de un abuso y deviene la culpa, la vergüenza. 

 

La periodista fue implacable al confrontar al Sr. Rojas con relación a por qué no le contó a su familia, si contaba con el amor de ellos, mostrando desconocimiento total del fenómeno del silenciamiento y de lo que se denomina temor al derrumbe de la familia, que forman parte del abuso sexual infantil intrafamiliar. 

 

La comprensión del hecho que la demora -a veces décadas- de la develación de abuso, no es por voluntad de la víctima/sobreviviente sino que forma parte del trauma, fue justamente lo que permitió que se aprobara la ley N° 21.160 que declaró la imprescriptibilidad de los delitos de abuso sexual infantil. Por fin en Chile se entendió que un niño o niña víctima de abuso, habla cuando puede, no cuando quiere. Lamentablemente no se aprobó la retroactividad, por lo tanto, quienes fuimos víctimas de abuso antes de la entrada en vigencia de la ley, quedamos sujetos a la prescripción de estos graves delitos, sin poder denunciar. Este es un tema que debe ser comprendido por la sociedad, y la entrevista, lamentablemente, provocó desinformación, cuestionando a quien señala haber sido víctima por el hecho de no haber hablado antes. 

 

La Sra. Mónica llegó incluso a preguntar por qué estaba protegiendo al agresor, después que el Sr. Rojas no quiso identificarlo. Insisto, independientemente de si acaso él fue o no víctima de abuso, para quienes lo fuimos, esta entrevista dejó sangrando heridas que jamás cierran por completo. Cuando un sobreviviente no quiere identificar públicamente a su agresor/a, no es jamás por proteger a esa persona sino por protegerse a sí mismo, entre otras cosas, de una querella por injurias, lo que implica no sólo un juicio; significa volver a encontrarse con el agresor o agresora no en calidad de denunciante, sino como imputado/a de la comisión de un delito. Es decir, el sobreviviente resulta nuevamente agredido.

 

La gran mayoría de los niños y niñas víctimas de abuso temen que, si cuentan lo que les pasó, no les van a creer, no pueden hablar de lo que es indecible, le temen a la confrontación de adultos, al derrumbe de la familia, pues es posible que algunos le crean y otros no, por lo tanto, la familia se quiebra. Las preguntas, aseveraciones, y el trato agresivo de la periodista al Sr. Rojas, es precisamente la pesadilla de toda víctima/sobreviviente de abuso sexual infantil.  Dicho de otra manera, la forma en que ella lo trató justamente puede aumentar el miedo a develar de sobrevivientes, desincentivándolos a salir de un silencio y un dolor que se lleva en soledad. Después de ver esa entrevista, ¿Quién querría arriesgarse a que lo traten de esa forma en una entrevista, en un tribunal, o en una conversación con un ser querido? Creo que nadie.

 

En algún momento de la entrevista, el Sr. Rojas comentó que no sabía si había disfrutado o no, refiriéndose al abuso. La periodista respondió "¿Usted me está diciendo que un niño de 10 años puede disfrutar de esa situación?". Nuevamente, denota una grave ignorancia sobre el tema.  Uno de los aspectos más complejos del abuso sexual infantil, es precisamente el hecho que el cuerpo del niño o niña víctima responde a los estímulos sexuales, generando sensaciones de placer.  Esto forma también parte de una enorme confusión y sentimientos de culpa y vergüenza, que escapan completamente a cualquier posibilidad de control por parte de la víctima. Una analogía que permite entender fácilmente esto, es la de la cebolla. Si una persona pica una cebolla, los ojos lloran. Esto no significa que la persona quiera llorar, o que tenga tristeza. Es simplemente una reacción del cuerpo. Resulta también, completamente inadecuado pretender restar credibilidad o cuestionar a una persona al respecto, además altamente degradante.

 

Por último, pero no menos importante, la Sra. González repitió varias veces la idea que el abuso referido no fue con violencia. El abuso sexual infantil no es jamás consentido, y siempre es un acto profundamente perverso y, por cierto, de una violencia indescriptible.  Debemos, como sociedad, comprender que la violencia no es sólo golpes, fuerza física, o provocar daño corporal. El abuso sexual es una de las formas más graves de maltrato infantil que existe. Pretender que no es violento, es una minimización, casi una negación de la gravedad del abuso, imperdonable si proviene de un medio de comunicación.

 

Uno no tiene idea qué diablos piensa un pederasta (que puede ser hombre o mujer), pero puedo suponer que son ellos quienes creen que el abuso sexual no es violento, o que un niño o niña tiene capacidad para consentir. El resto de la sociedad tiene el deber de comprender este fenómeno, de ponerlo sobre la mesa, informarse, porque es la única forma de proteger a nuestros niños.

 

En definitiva, la entrevista desinforma tanto, que provoca como resultado no una protección o empatía siquiera hacia sobrevivientes de abuso, sino por el contrario, protección a pederastas. 

 

A la hora de hablar sobre abuso en un medio de comunicación, la vara ética debe ser muy alta, porque el daño que se puede causar es enorme. Con el abuso sexual infantil no se juega. El periodismo tiene una responsabilidad social, este es un tema que va más allá de una entrevista o programa en particular.

 

 PD: La de la  foto soy yo, a los 10 años de edad. Poquito antes de que a un tío mío se le ocurriera le idea que yo era irresistible. 

Solange De Vidts Maikoh (ya no quiero formar parte de la familia Ureta). Abuela, escribidora, abogada, sobreviviente, rebelde con causa. 


sábado, 17 de julio de 2021

LA NOSTALGIA DEL VIAJE QUE NO FUE. CELULAR QUE LO RECUERDA. NO PERDER LA ESPERANZA.

 



No puedo estar más arrepentida de haber dejado para "otro día" comprar una de esas campanas.  Eso fue en el 2019, y el "otro día" no llegó. El herrero que las hace está en un lugar que se llama Veveří, en Chequia (República Checa).


Hoy a las 20:50 sonó mi celular, avisándome de un próximo evento en 10 minutos más. Era la presentación de Rockin1000 en Paris, programada un año antes. Compré las entradas picada, porque el 2020 quedé sin poder ir a ver a primogénito, nuera y nietas a Chequia, debido a la pandemia. En junio de 2020, cuando no pude ir, pensé "Bueno, es lo que hay, voy el próximo año" y en cuanto llegó el black friday o no se qué día de vuelos baratos, aproveché y compré pasajes para ir en julio de 2021. Después descubrí que se estaban vendiendo entradas para Rockin1000, y no lo dudé. Pensé, qué ganas de poder ir a ver ese espectáculo, verlos tocar "We will rock you" que es la canción con que le enseñé a golpear la mesa a nieta mayor, cuando tenía 9 meses. Y ella seguía el ritmo perfecto. Lástima no poder subir el video de ella golpeando la mesa, primogénito me deshereda.

Rockin1000 "We Will Rock You" 👇




Al comprar los pasajes, y las entradas, no dudé que en julio de 2021 la pandemia estaría controlada, todo estaría bien, sería un trago muy amargo, del pasado. Hasta compré los seguros de salud para viajeros. Me equivoqué.


Hace como dos meses me llegó el aviso que Rockin1000 se suspendía hasta 2022. Pensé "qué pena, me habría encantado poder ir, ver y escuchar a 1000 músicos al unísono, sobre todo a los bateristas, queda pendiente para el 2022", pero claro, el viaje no estaba cancelado ni mucho menos. Y seguí soñando.


Cuando se anunció el cierre de fronteras en Chile hasta el 14 de julio, día de nuestra partida, todavía seguía agarrada con dientes y muelas del sueño, el de poder ver a mi hijo, conocer a la nieta nueva, abrazarlos. Ese sueño me permitió sobrevivir mentalmente durante más de un año de encierro casi total. 


Caí en cuenta que no iba a ser posible, de ninguna manera, cuando vi el cierre de fronteras de Chequia hasta el 30 de julio. Allá sí que las cierran de verdad, con candado doble. Imposible entrar o salir. Toda América Latina estaba marcada con color rojo en el mapa. Alto riesgo. No había forma de entrar, ni con vacunas ni ruegos ni llantos. No es No. 


Así, quedé unos días llorando por las esquinas, de pena, de frustración, de rabia, de todo, y más encima sintiéndome culpable por sentirme tan mal, cuando hay miles de personas sufriendo la pérdida de seres queridos, personas conectadas a ventiladores, gente pasando hambre, situaciones muchísimo más graves. 


Entre la pena de no poder ir, hablé con mi nuera, quien son su tono de voz dulce y suave me dice "Perou quizás puedes venir para Navidad, es lindo acá la Navidad", a lo que obviamente le contesté "¡Pero hace tanto frío, me voy a repetir el invierno!" y ella, misma voz dulce con acento gringo , me dice "Ya, perou no hace taaanto fríou, son uno o dos grados no más". Y con eso me derritió. Claramente están esperando a la aweli chilena. 


Así que, como soy persona de cábalas, (esa no la sabían, ¿cierto?) busqué altiro pasaje para ir -esta vez sola- en Diciembre. En realidad el frío es lo de menos.


Me inventé un nuevo sueño, para poder seguir adelante. Navidad en Chequia.


Pandemia de mierda. 


No sé por qué no se me ocurrió borrar el Rockin1000 ni los vuelos de la agenda, pero a cada rato el calendario me recuerda que no estoy en Chequia. Estoy a miles de kilómetros de distancia, da pena, pero estoy viva y más encima, gracias a la operación, ahora puedo escribir. 

Pido disculpas a todos quienes han sufrido muchísimo más, sé que soy privilegiada y quizás no debería quejarme, pero tenía un sueño, una esperanza, y se fue. Necesitaba escribir.

Pandemia de mierda. 

sábado, 26 de junio de 2021

SOBRE UNA AMISTAD INDIVORCIABLE. MI AMIGA P.

 



Conocí a mi amiga P. hace más o menos 26 años, en una fiesta. Nos pusimos a conversar y nunca más paramos. Ella nació el 27 de junio de 1960, yo el 25 de junio de 1961. Siempre, cuando hay que “cortar el queque” en alguna de nuestras conversaciones y decidir quién tiene razón, ella me dice “Ya, pero cuando tú naciste yo ya caminaba” y con eso queda todo zanjado. Definitivamente tiene autoridad sobre mí porque claro, ella tiene 363 días más de sabiduría. 


Excepto los días 25 y 26 de junio de cada año, que tenemos la misma edad, y yo aprovecho esos dos días al máximo. Por eso escribo esta entrada un 26 de junio. No es casualidad, es aprovechamiento puro.

 

(Imagínense lo que pasa con mi ilustrísimo cónyuge sobreviviente, 4 años menor que yo. “Cuando Ud. nació, yo ya hace rato que sabía manejar un triciclo”).


Hoy ambas tenemos 60 años de edad, y hemos pasado casi la mitad de nuestras vidas siendo amigas.


Mi amiga P. y yo somos súper distintas. Ella es tranquila, le encanta cocinar, no es nada de impulsiva, tiene una capacidad infinita de reflexionar y es inquieta, siempre quiere aprender cosas nuevas. Casi nunca podemos vernos un sábado durante el día porque ella está en clases de algo, desde cerámica hasta acordeón, pasando por yoga, pilates y otras cosas de nombres difíciles y posiciones antinaturales que yo jamás podría hacer porque soy más tiesa que un refrigerador (excepto cuando estuve en clases de Taekwondo, cosa que ella no haría, pero lo hice para aprender a defenderme después que me pegaron un puñete saliendo de una audiencia, no por inquieta como ella). 

 

Una sola vez tomamos clases juntas, de percusión. Ella, por supuesto, conocía un instrumento que se llama Derbake (o Darbuka), yo me enamoré de él.  Sorprendentemente, resulté ser seca para la percusión en cambio ella no le achuntaba a ni una, y ¡abandonó las clases!  Claro que como soy rebelde y bruta, un día se me ocurrió llevar el Djembé (otro instrumento, más liviano) para protestar, le di literalmente como caja durante tres horas y terminé operada de un brazo. Tenía que haber mirado mi carné antes de hacer esa lesera. 

 

Tenemos  cosas en común también, por ejemplo coleccionamos objetos. P. es más bien recolectora de objetos múltiples, que encuentra cachureando en mil lugares. Es capaz de encontrar manillas, golpeadores o tiradores de puerta de bronce del año de la cueca, con incrustaciones de nácar con las formas más increíbles, o una olla de cerámica pintada a mano que pesa 4 kilos, incluso lavamanos, y se los trae en una maleta desde México, o aros de plata con amatista hechos por algún orfebre, aunque sus preferidos son los de ámbar. Ella encuentra las cosas más insólitas y siempre logra ubicarlas en su casa de modo tal que cada detalle tiene belleza y vida propia. No necesita tener primero una puerta donde colocar el tirador, su alma es al revés: se enamora del tirador y después encuentra la puerta perfecta donde ponerlo.


Yo en cambio, colecciono cosas que suenan. No veo las manillas de puertas, no veo los aros con amatista, mi mirada siempre va hacia las campanas, los cencerros, los timbres de hotel. Cuando P. viaja, o cachurea, si se encuentra una campana bonita, me la trae de regalo, aunque debo decir que en los últimos años se le pegó mi onda por las campanas, no sé cómo logra encontrar unas increíbles como por ejemplo una antigua de ferrocarril, y no me la regala nica, así que ahora ambas tenemos campanas, sólo que las mías creo que pueden llamarse colección porque tengo como 250. Por mi parte, cuando viajo, si encuentro algún collar o aros lindos de ámbar se los traigo, y sé que su piedra favorita es la aguamarina, así que cuando estuve en Nigeria aproveché de traerle unas preciosas. 


Es tanta nuestra conexión, que hace unos años, un día sábado me acuerdo, Carlos y yo fuimos al mercado Bio Bio a ver si encontrábamos alguna campana bonita. Obviamente ir al Bio Bio es un paseo, no un ataque de consumismo.


Vimos un timbre de hotel antiguo, yo lo quería comprar pero no sonaba, y como Carlos es pragmático, no le encontró ninguna gracia, para qué comprar un timbre que no suena. A mi me da lo mismo, simplemente colecciono cosas que suenan aunque ya no suenen. Es absurdo, pero me fascinan igual. De todos modos me pareció razonable la opinión de Carlos así que decidimos seguir buscando y ese día no encontramos ninguna campana. 


Esa misma noche, me llama mi amiga P., y me dice "Escucha!" y escucho un sonido maravilloso, un timbre que sonaba como "trriiin trriiiin trriin". No lograba distinguir qué clase de aparato podía generar un sonido tan lindo y curioso, y P. me dice "te está esperando, vente altiro pa mi casa", y claro, como siempre hemos sido vecinas, llegué en 5 minutos. Cual no fuera mi sorpresa, cuando veo que tenía en sus manos el mismo timbre que vi con Carlos en la mañana, idéntico, y atónita le pregunto: 

-"¡¿Cómo cresta la arreglaste?! ¡La vi esta mañana en el Bio Bio y no sonaba!" 

P : "La compré en el Parque de Los Reyes esta mañana, y estaba así, nadie la arregló". 

yo :"¡Pero cómo, si yo la vi en el Bio Bio y no sonaba!" 


Bueno, el asunto es que eran dos timbres de hotel antiquísimos, idénticos. La única diferencia era que uno sonaba y el otro no. Obviamente eran hermanos, como nosotras, y el día siguiente partimos con Carlos a comprar el que no sonaba. Y ahí están, los timbres hermanos, en la colección.




Esos timbres representan perfecto nuestra amistad. 

 

Durante más de 15 años celebrábamos “nuestro” cumpleaños el día 26, obvio, el día “sándwich”, porque además teníamos varias amigas en común, o, mejor dicho, heredé amigas de ella.

 

En el fondo, estábamos en modo sobrevivencia con niños, sin pareja. Ambas sin redes de apoyo familiares, así que ella se convirtió en “mamá de repuesto” de los míos, y yo en ídem de los suyos. Incluso “apoderada de repuesto” en los colegios, para casos de emergencia. Ella siempre fue mi contacto de emergencia en caso de accidente de aviones, hasta hace 12 años que esa carga la lleva Carlos, pero si viajamos juntos, mi amiga vuelve a ocupar ese lugar.

 

Desde el 96, solíamos juntarnos los martes en la noche, a veces sábado o domingo a la hora de almuerzo que duraba hasta la noche, con otras amigas, a hacer nuestros aquelarres. Con el correr de los años, descubrimos que la manera más sana de elegir pareja era a través de los ojos de las demás, porque pucha, hay que reconocer que teníamos mal ojo para esos menesteres.

 

En nuestros aquelarres, a veces éramos 4, 6, 3, dependiendo de las particulares circunstancias de cada una, nos reíamos durante horas de nuestros propios infortunios. Éramos, como se diría hoy, un grupo de pura sororidad.  De repente aparecían ideas o frases geniales que anotábamos en servilletas, para algún día escribir un libro. Ninguna se acuerda hoy, quién era la encargada de guardar las servilletas. Una de las cosas que íbamos a hacer era un manual de huevones, teníamos una larga lista de siglas: WCH (chanta), WM (miserable), WD (desgraciado), WP1 (penca), WP2 (pusilánime) y muchas más. 


Planificábamos dónde íbamos a pasar nuestras vejeces, durante un tiempo era en una playa en el norte de Brasil, después se nos ocurrió Tahití, en algún momento nos dimos cuenta de que las cifras jamás nos alcanzarían y cambiamos el plan por un departamento en un tercer piso sin ascensor (muy importante, para hacer ejercicio) jugando canasta.  No se nos pasó por la mente, que podríamos rehacer nuestras vidas en lo que a pareja se refería. Claro, ya pasados los 40 y tantos, las estadísticas iban en contra, sobre todo considerando a los WG (gorreros) que cambian a sus parejas por un modelo más joven, sin considerar que es altamente probable que les hagan lo mismo a ellos después, pero eso es harina de otro costal.

 

Nos reíamos, llorábamos, reclamábamos e imaginariamente arreglábamos el mundo en nuestras horas incontables de tertulias. Luego, 2008-2009 aparecieron nuestras parejas, mi Carlos y su E., y obviamente la dinámica de los aquelarres se diluyó, o disminuyó en intensidad, pero jamás hemos podido acotar nuestras conversaciones a modo “breve”, sobre todo que con el pasar del tiempo, se han agregado nuestros recuerdos haciendo cosas juntas, que nos hacen reír una y otra vez.

 

P. y las demás amigas de los aquelarres, se reían de mi porque yo no sabía cocinar, me demoraba como media hora en pelar un pepino y destrozaba los tomates. De hecho, se ríen (y yo también, de mi misma) hasta el día de hoy, ya que aun cuando ahora puedo pelar pepinos, igual cocinar es un hoyo negro incomprensible e indómito para mí.  Eso sí, tengo un solo argumento a mi favor, y es que soy zurda entera, y la mayoría de los cuchillos son para diestros, por eso (además que tengo cero habilidad) si no tengo un cuchillo con filo en ambos lados, los tomates, pepinos, lo que sea en mis manos, termina indefectiblemente destrozado.

 

Nunca se me va a olvidar una vez que me invitó a almorzar un domingo, y estaba invitado también un amigo de ella, de Rapa Nui. El se destacaba por ser directo, le encantó una plancha antigua de esas que se ponen sobre carbón, que P. tenía de adorno. La miró, y le dijo “Oye, me podís regalar esa plancha, me sirve pa´l campo”. No fue en tono de pregunta, sino una afirmación, y obvio, P. le regaló la plancha.

 

Acto seguido él me mira y me dice “Y tú, ¿sabís planchar?” a lo que respondí con la verdad: no. Luego me pregunta si sabía cocinar, y le respondí nuevamente con la verdad: no. Y espeta sorprendido y de forma muy natural “¡¿¿Y pa qué servís entonces??!” Mi mente a mil por hora, pensando de qué podía servir ser abogada, en el contexto de su cultura, concluí que igual no servía de mucho y le contesté “Sé escribir”. Su respuesta fue obvia: “Chu, mansa gracia poh, si todos sabemos escribir”.

 

Esa conversación se convirtió en una anécdota que salió del continente. Meses, quizás un año después fui a Rapa Nui con ella (allá todos la conocían por su trabajo), cada dos pasos alguien la saludaba, ella me presentaba como su amiga, y preguntaban “¡¡¿Esta es tu amiga, la que no sabe cocinar?!!” y así quedé etiquetada para siempre como “la que no sabe cocinar”. O sea, la persona (mujer) más ridículamente inútil del planeta. En todo caso, fui acogida amorosamente por todos ellos, quizás con algo de compasión por mi inutilidad.

 

P. siempre descubre comidas ricas, aderezos, cosas raras que a mi jamás se me ocurrirían, típicas de comida árabe o egipcia o finlandesa, porque ella es atómicamente multicultural, y yo quedo sin poder acordarme cómo se llaman, antojada de comer esas delicias, pero es como si fueran de ella, de su casa, no logro “copiar el modelo” o siquiera remotamente replicarlo, aunque ahora gracias a que me dio el dato de una página web, logré obtener una de las mil cosas ricas que ella conoce.




 

Durante décadas, excepto el año 2001, fuimos vecinas o vivíamos a menos de 10 minutos de distancia. La casa de ella era mi refugio en días de pena, que fueron muchos, y su puerta siempre ha estado abierta. Nos convertimos en hermanas. Como somos distintas, mi casa no era refugio de ella, es más introvertida y cuando está triste, no lo comenta. Pero yo la conozco, conozco sus silencios, a veces cuando intuyo que me necesita o que puedo ser útil, voy, toco el timbre, y conversamos, y conversamos y seguimos conversando.

 

La gran excepción de nuestra vecindad fue el año 2001, cuando estuve viviendo lejos, en Copiapó. Ese año tuve una crisis brutal de flashbacks del abuso que sufrí de niña, que me provocó una de mis múltiples depresiones que menos mal ya no sufro. Me quise suicidar. Salí en el auto con la intención de chocar de frente contra un poste, creía que ya no podía soportar el sufrimiento. Iba por el camino hacia Tierra Amarilla creo, pensando a qué velocidad tenía que chocar para matarme de seguro y no quedar en estado vegetativo. De repente se acabaron los postes y las luces de la calle, y lo único que veía de vez en cuando era algún pimiento centenario, y pensé que sería horrible asesinar a una de esas maravillas así que mi plan no me estaba resultando. En un momento, no sé cómo, pensé que lo que me estaba pasando no era algo propiamente mío, que no era mi manera de ser, que tenía que ser una enfermedad, y la llamé por celular. Mientras manejaba a una velocidad que mejor no digo, empezamos a conversar. Ella me daba instrucciones y yo, en modo robot, las seguía. “Chica, baja la velocidad, ¿a cuánto vas ahora?”, y yo, respondía. 120, 100, 70… hasta que detuve el auto. “¿Paraste ya?” y llorando todavía a moco tendido como si mis ojos fueran una manguera de bomberos, dije “Si, pero no tengo idea dónde chucha estoy”. Al día siguiente se puso de acuerdo con un amigo, y entre los dos (son médicos), me fletaron a Santiago arriba de un avión, P. me internó en una clínica donde estuve como 15 días, y así fue como le debo la vida. Varias vidas, en realidad.

 

En esa internación, fue la primera vez que entendí -en terapia- que la irresistible no era yo, sino que mi agresor tenía la culpa, y que probablemente existían otras víctimas. P. me ofreció ir a funarlo, confrontarlo, lo que sea, pero yo en esa época no quería “dañar a la familia de él”, pensando en mis primos, y en su mujer, quien era (hasta hace poco) mi tía favorita. P., entendiendo la gravedad de lo que no tiene nombre, siempre ha respetado mis tiempos. No insistió. Tuvieron que pasar 17 años más, para que yo pudiera sacarme de encima esa tremenda mochila que llevaba encima, y entremedio mi amiga P. siempre presente, apoyando, respetando, acompañando, hasta hoy.

 

Hace varios años ella compró un terreno en el sur, con la idea de irse a vivir allá. Compró los muebles para la casa antes de construirla, porque ella es así. Si se enamora de un mueble, una alfombra, o un cuadro, lo compra, y como la casa del sur demoró en estar terminada, durante bastante tiempo su casa tenía dos casas dentro.

 

Su pareja falleció el año pasado. No pude abrazarla en ese momento, por este maldito bicho que nos ha cambiado la vida a todos, pero ahora, ya nos da lo mismo. Hay momentos en la vida, circunstancias, vínculos, en los que uno deja de lado lo que sea para dar el abrazo que es necesario.

 

Hace un par de semanas nos juntamos en su casa, estábamos Carlos, ella, otra amiga de la vida, (V.), y yo, y llegó MeJa, (Me-dia hi-Ja), la hija de Carlos quien ya tiene 15 años y la conocimos cuando tenía tres. Se incorporó a la conversación, al principio escuchando atenta nuestras anécdotas, luego pasó a mirar con ojos gigantes, asombrada, y en un momento dado me dice al oído “Esto es lo que yo quiero, tener una amiga para toda la vida, no pelear y perderla, porque las amigas pueden ser para siempre, no las parejas”, algo así.

 

Después, ya estando sola con ella, le expliqué que con  P. y V. hemos discutido y nos hemos enojado varias veces, que así son las relaciones porque somos todos diferentes, pero que lo importante es superar las dificultades. Lo importante no es no discutir, sino quererse.

 

MeJa tiene toda la razón en lo que observó: hay amistades que perduran, pase lo que pase, y es invaluable. Ahora ella quiere escribir una novela, y lleva "apuntes" en su mente sobre los  "personajes y sus características", siendo nosotras, P. y yo, modelos de dos de sus personajes. 


Ese día, le dije a P. "Qué lindos tus aros", aros que tenía hace años y probablemente los vi muchas veces antes, pero me fijé en un detalle: no son los dos iguales, y se lo dije. Inmediatamente se los sacó, se puso los anteojos, los miró y me dijo "Nunca me había dado cuenta que no son iguales, son tuyos, además la amatista es tu piedra". Así que ahora tengo los dos aros desiguales. Así es ella generosa, desprendida.



 

En dos semanas más, mi amiga P.  se va a ir a vivir a su casa del sur. Sola. Claro, tenemos algo en común: nuestra determinación. Una vez que decidimos hacer algo, es difícil que nos detengamos.

 

Ya no vamos a poder tener nuestras conversaciones en vivo y en directo tan seguido (la pandemia ya había logrado eso), pero sé que será un cambio más al que nos adaptaremos.

 

Sin duda la voy a extrañar, aunque tengamos zoom, teléfono, whatsapp y otros medios para comunicarnos de forma virtual, y capaz que me de por manejar 700 kms. para ir a verla, porque mi amiga P. es una de las personas cuya amistad es indivorciable, y al parecer también indestructible.

 

PD: Mientras escribía esta entrada, traté de recordar cómo se llaman las comidas ricas que ella descubre y no pude. Le mandé un whatsapp:

Yo: “¿Cómo se llama esa cosa árabe rica que se come con aceite y se unta, que es como polvo? ¿Y los pescados ricos de Finlandia?”

P: “Zahtar - Arenque”

Yo : “¿Y la palabra que siempre se me olvida de los wns que nada les importa?”

P: “Pusilánimes”.

 

Así de bien nos conocemos. Con pocas palabras, sabemos a qué se refiere la otra.

 

PD2: Ahora somos awelis de repuesto, aunque la vida de nuestros respectivos hijos e hijas no es, por suerte, como la nuestra, así que no nos necesitan en calidad de “repuestos”, es el puro título.

PD3: P. no tiene idea que estoy escribiendo esto, pero si lo publico antes de las 00:00 no me puede regañar.

PD4: V. acaba de escribir en el grupo whatsapp “amigas por siempre”:

“ Hola!!, están celebrando el doble cumple?”

Yo: “No, pero deberíamos, cierto?”

V: “Obvio” y mandó esto:

 


P: "Holaaa Con mucho pesar, seré la más vieja de las 3 mañana. Les aviso que habrá un asado entre las 2 y las 5 de la tarde en (nombre de la calle donde vive), el último... me voy el 16".


No lo dijo, y ninguna preguntó, pero sé que no hubo celebración de "los" cumple el sábado (26) porque se pasó el día entero atendiendo pacientes. 


La casa de P., donde hicimos aquelarres durante casi 20 años, está en modo "mudanza", con cajas, P. desarmando las manillas de puertas y todo. Cuando llegué de vuelta a mi casa, lloré. 


Atte., Aweli vintage, escribidora, rebelde con causa.

sábado, 22 de mayo de 2021

Enteramente bloqueada.

 

 


Hay veces en la vida en las que por más que una quiera escribir sobre algo, simplemente no puede.  Eso me pasó hace una semana.

 

Contexto: tenía que hacer algunos recursos de amparo y una apelación de un recurso ídem, pero cada vez que me sentaba frente al computador, lisa y llanamente no podía.  Pensé al principio, que estaba estresada o cansada, así que me tomaba un recreo.  Salía al jardín, trataba de distraerme hacer otras cosas, volvía a tratar de redactar un recurso de amparo o la apelación y no podía. Mi mente quedaba en blanco frente al Word. Mejor dicho en negro.

 

La apelación era respecto de un recurso de amparo que perdí en la Corte de Apelaciones de Arica. Tiene plazo, así que cada hora que pasaba bloqueada, era una hora menos de plazo.  Después de dos días de esfuerzos infructuosos, pensé que necesitaba hacer algo banal, superficial, que me distrajera completamente, así que fui a la peluquería a que me cortaran el pelo (hacía más de un año que no iba así que igual me hacía falta).

 

La peluquería no hizo efecto, y eso es grave, sé que cuando la peluquería no me logra hacer cambiar de chip, algo más profundo me está pasando, algo más que estar cansada o estresada.

 

        

Me di cuenta de que sentía una profunda tristeza que no me dejaba avanzar, por el recurso de amparo que perdí y que debía apelar. Ese recurso era en favor de una mujer migrante cuyo marido vive en Chile hace más de dos años, trabaja, tiene cédula de identidad chilena para extranjeros. Ellos tienen un hijo de 18 años quien ingresó a Chile junto con su mamá, varios meses después que el marido, por un paso no habilitado, porque no los dejaron entrar pese a que cumplían con todos los requisitos para hacerlo.

 

La señora estuvo tres meses con su hijo en Perú, varada, hasta que decidió ingresar a Chile a reunirse con su marido de manera ilegal. No les quedaba otra. Era eso, o seguir pasando hambre, no tenían dónde ir, porque devolverse a su país de origen definitivamente no era opción.

 

La Intendencia de la Sexta Región (en realidad Intendencia Libertador Bernardo O´Higgins, pero él no me cae bien) decretó la expulsión del hijo quien ingresó a Chile a los 16 años con su mamá y está estudiando en el colegio desde entonces.

 

El INDH interpuso un recurso de amparo en favor del hijo, que fue acogido, por lo tanto, el hijo no va a ser expulsado de Chile.

 

Anteriormente la Intendencia de Arica y Parinacota decretó la expulsión de la mamá, pero ese decreto fue notificado a comienzos de este mes, y me tocó interponer un amparo en su favor ante la Corte de Apelaciones de Arica, para que se dejara sin efecto el decreto de expulsión.

 

Antes de interponer el recurso de amparo, un abogado quien lleva un tiempo trabajando para la Fundación que me contrató, me advirtió que si mi recurso se veía en la primera sala de la Corte de Apelaciones de Arica sería acogido, pero si se veía en la segunda sala de la misma Corte, sería rechazado. Así de simple.

 

El recurso fue visto en la segunda sala.  Por más que me esforcé en hacer un buen alegato, incluso con fundamentos nuevos, como por ejemplo que el ser humano migra para sobrevivir desde los Neanderthal, que la naturaleza no reconoce fronteras, obviamente hice hincapié en el hecho que el marido está trabajando en Chile, etc., la Corte rechazó el recurso, tal como me había advertido mi colega. La segunda sala siempre rechaza. Siempre. Aunque algunas salas de la Corte Suprema le revoque los fallos, una y otra vez.

 

De esta manera se mantiene vigente la orden de expulsión de una madre quien se vino a Chile con la esperanza de que su familia pudiera sobrevivir, comer, lo que en su país de origen no era posible.

 

Cuando una trabaja como abogada, está acostumbrada a que las resoluciones o sentencias judiciales no sean siempre las que una espera.  El abogado que diga que gana todos los juicios está mintiendo, o solo patrocina juicios que son imposibles de perder, como por ejemplo demandar alimentos para un niño o niña.

 

Sin embargo, cuando leí el fallo de la Corte que rechaza el amparo de la señora, lloré y lloré y lloré.  No recuerdo haber sufrido un impacto emocional tan grande con un fallo representando a otra persona.  Sí lloré y mucho, durante el juicio seguido por la muerte de mi hija, pero esa es otra historia. Es muy distinto a sufrir por un fallo en que uno representa a otra persona.

 

Al principio pensé que lo que me dolía era la situación de la señora.  Pensaba qué barbaridad más grande, que el padre y el hijo puedan quedarse en Chile, y que expulsen a la madre.  Con el correr de los días yo seguía con el bloqueo a pesar de que mi deber era interponer la apelación dentro de un plazo, lo me causaba aún más angustia.  No podía redactar el recurso de apelación, y tampoco podía entender por qué estaba tan bloqueada, tan incapacitada de poder hacer algo que estoy acostumbrada a hacer.

     

        No había siquiera un dios al que pudiera recurrir para pedir ayuda, ni Buda, ni la Pachamama, ni siquiera Zeus, al que recurro en caso de emergencia porque es el dios más desocupado que existe, y supongo que si soy la única que le reza, me tendría que escuchar, pero tampoco. Mi bloqueo era total.


Cuando me tocó mi habitual ahora con mi psicólogo lloré a moco tendido, y conversando con él pudimos aclarar cuál era el origen de tanto dolor. Era el hecho que se sabe con anticipación qué va a decidir una sala u otra de distintas Cortes de Apelaciones del país, así como de la Corte Suprema en esta materia. La legalidad o ilegalidad y arbitrariedad de los decretos de expulsión de migrantes, cuando no se ha acreditado que hayan cometido algún delito. Ese es el tema de discusión. Algunas salas estiman que es arbitrario e ilegal, por lo tanto acogen los recursos, y otras estiman que las Intendencias tienen facultades administrativas para expulsar gente, sin que en ningún momento esas personas puedan ejercer derecho a defensa, por lo tanto rechazan los recursos.

 

Esto significa que da lo mismo cuánto me esfuerce. Da lo mismo cuántas ideas se me ocurran, cómo redacte un recurso o si alego bien o alego mal, porque cada sala de cada Corte tiene su decisión tomada respecto de esta materia desde hace tiempo y al parecer nada puede modificar eso.

        

Mi psicólogo le puso nombre a lo que yo sentía. Se llama desesperanza. Es más que frustración, más que rabia. Estoy acostumbrada a la rabia y a la frustración, incluso la tristeza, pero no a la desesperanza total y absoluta. Sentir que todo lo que haga da lo mismo porque estoy hablándole a una pared de roca paleontololígica.

 

Una vez que me sequé las lágrimas y se terminó la sesión con el psicólogo, me quedé pensando, ¿Con qué se combate la desesperanza cuando ésta es tan rotunda?  ¿Cómo se derrumba una pérdida total de confianza en el sistema judicial?

 

Es insoportable la sensación, o mejor dicho casi certeza, que el destino de la persona a quien una defiende depende de la arbitrariedad de la sala que le toque, como si fuera tirar un dado en un casino.  Esto no se trata de jugar un juego de azar, se trata de la vida de las personas. Se trata de seres humanos que necesitan sobrevivir, y lo que el humano ha hecho desde tiempos inmemoriales es migrar cuando no puede alimentarse en un lugar determinado.

 

Todos tenemos instinto de supervivencia, es lo más elemental quizás de la naturaleza humana y de la naturaleza misma. ¿Acaso los salmones no nadan contra la corriente para poder desovar? ¿Existe alguna especie, vegetal o animal, que no intente sobrevivir, como sea? No se me ocurre ninguna.

 

Claro que como históricamente se han dibujado líneas que dividen la tierra que es redonda, inventando países, límites, soberanías, etc., tiene que haber un orden. Pero ese orden no puede nunca, ser más importante que los derechos humanos.


Al final de cuentas no podía combatir esta desesperanza inventando de manera ficticia una esperanza vana, porque sé que sería una mentira. Sé que si la apelación le toca a una sala x de la Corte Suprema se va a confirmar el fallo que rechaza el recurso de amparo, y que si cae en otra sala se va a revocar y la señora podría quedarse en Chile junto a su marido y a su hijo.

 

         Así, la vida de una familia completa puede verse destruida, o puede tener la oportunidad de sobrevivir, y todo depende de un dado.

 

Finalmente descubrí con qué puedo combatir esa tan profunda desolación, y es pensando que mi deber es hacer mi trabajo de la mejor manera posible, y la responsabilidad ética y moral de la decisión que se tome es de los ministros o ministras de las Cortes. Ilustrísimos o Excelentísimos según cuál sea la Corte, pero la responsabilidad de la decisión es de ellos, no mía. No sé si existe el infierno, a veces pienso que esto ya lo es, pero me quedo tranquila con hacer la pega. Punto final.

 

De este modo, mi conciencia queda tranquila, por el hecho de hacer el esfuerzo, aun sabiendo que la vida de la señora depende del azar, y no de lo que  todos entendemos como la verdadera justicia, aquella en la que un juez evalúa caso a caso, persona a persona, conflicto por conflicto, y de acuerdo a ello, a las pruebas y un sinfín de artículos, toma su decisión, en vez de tener tomada una decisión inamovible en contra de migrantes, sin que importe un bledo las circunstancias personales de cada uno.

 

En el intertanto, por todo esto no pude seguir escribiendo sobre Nigeria tampoco.

 

PD: Logré ingresar la apelación dentro del plazo. Ahora la vida de la señora, de su marido y de su hijo, depende únicamente de la sala que toque en la Corte Suprema. Gracias por leer, en algún momento continuaré con los capítulos sobre Nigeria, porque falta mucho por decir al respecto.

PD2: Si la señora lee esto y se auto identifica, capaz que se enoje porque ella le reza a Jehová. Estoy segura que si la apelación se ve en la sala que acoge  los recursos, me va a decir que fue intervención de J. y capaz que tenga razón, total mi esfuerzo vale callampa.