viernes, 7 de mayo de 2021

Nigeria, capitulo 6 de ¿? : Los sastres y el éxodo.

 





(Entrada a la sastrería)

Telas en mano, partimos Mary, Ken, Carlos y yo al sastre que le hacía la ropa a ellos, ultra recomendado. Mejor dicho, recomendada, era mujer. 


Pensé que sería como cuando acá voy donde Manuel, que me hace las bastas de los pantalones y le corta los brazos a mis chaquetas hace como 20 años. Ustedes queridos lectores y lectoras, saben que mido poco más que metro y medio, entonces nunca jamás de los jamases una chaqueta o un pantalón me quedan bien. Las mangas de las chaquetas siempre me llegan como a la mitad de la mano, y los pantalones para qué decir, así que Manuel es indispensable. Cuando voy donde él, siempre está trabajando con una huincha de medir colgada del cuello en su máquina de coser eléctrica, y detrás su ayudante, con otra máquina ídem. Es fácil, me pruebo la prenda, Manuel mide, pone alfileres con los que me suelo pinchar cuando me saco la cuestión, me da un papelito y vuelvo en dos semanas a buscar la ropa, el día que él me dice. Cuando llego, nunca está listo, entonces Manuel me dice "Le juro que se la tengo para mañana", y mañana sí está listo el trabajo, aunque en varias oportunidades llego de vuelta con una pierna más corta. Nunca sé si soy yo la chueca, o si es el pantalón, pero igual me los pongo porque si se los llevo de vuelta a Manuel, seguro que no va a estar listo hasta la próxima temporada. 


Pero la sastrería no era como la de Manuel. Era una especie de galpón, enorme, oscuro, de nuevo sin energía eléctrica, lleno de sastres y sastras en filas, cada uno son su propia máquina de coser, a pedal. Ahí sí que hacía un calor infernal. 


Afuera, una mujer vendiendo hielos. Alegre, como casi toda la gente que vi. Estaba feliz con los cubos de hielo sobre su cabeza, y por supuesto que ni a palos podíamos comprarle un hielo, por las razones explicadas en la entrada anterior.


Nunca me imaginé, ni vi en ninguna película, un lugar así.  No estoy exagerando, eran cientos de sastres ubicados cada uno en su lugar, con sus máquinas de coser a pedal, y como el techo era alto y de zinc no era sólo el calor, sino que el ruido era como escuchar a un millón de crujidos eternos, con eco, por el movimiento de los pedales. 


Mary sabía perfectamente cuál era el lugar de su sastra, así que pasamos rápido por las filas. La sastra, encantadora y risueña (ya, no lo voy a volver a repetir, de ahora en adelante presuman que todos los nigerianos y nigerianas son risueños, a menos que les diga lo contrario), y me empezó a mostrar revistas con diseños de vestidos, blusas y faldas, para que yo eligiera. Parecía una revista de los años 60, algo así, pero de ropa africana. Como yo no entendía nada de nada, elegí al azar. Ella me tomó decenas de medidas, algo que yo jamás había visto. No era sólo el largo, ni la cintura o el busto. Eran los brazos, la distancia del cuello a la cintura, una cantidad considerable de detalles.


Hay básicamente dos tipos de vestimenta: Vestido completo, que lleva un cierre largo en la espalda, o una blusa ajustada que también lleva cierre en la espalda, con una falda que se envuelve y se amarra. Ambas tienen que rozar el suelo, esa es la regla. 


Realmente no sé cómo se las arreglan, porque si uno engorda un solo kilo, ya no va a cerrar el vestido ni la blusa. 





Creo que en ese lugar se hacía sólo ropa cristiana, por la vestimenta que llevaban tanto la sastre como el público, poleras (CON manga) y jeans. Las cristianas pueden usar esa ropa sin ofender, pero parece que sólo las nigerianas. Quizás sea una especie de regla no escrita, un acuerdo implícito de ellos, pero Carlos y yo estábamos sometidos a un escrutinio distinto, de muchos ojos, por nuestro color de piel. 


Tomadas las medidas y elegidos los modelos, la sastre me dijo que tendría los vestidos listos en dos días. Yo, acordándome de Manuel, no lo podía creer. ¿Cómo iba ella a hacer varios vestidos en sólo dos días, si más encima tenía varias clientas, o sea más vestidos que hacer? Misterio total. Manuel los tendría en un año, con máquina de coser eléctrica. 


No me dieron ni un papelito, simplemente pagué los vestidos, cerré los ojos, y nos fuimos.


Efectivamente, los vestidos llegaron en dos días y de hecho, ni tuve que volver al galpón. Mary me dijo que ella también tenía que ir así que me los traería al hotel, y la sastre se los entregó sin cuestionar en lo más mínimo que el retiro fuera hecho por ella y no por mi. Se llama confianza, algo que muchos de nosotros hemos olvidado.


Recibidos los vestidos, blusas y faldas, a Carlos le llega una noticia: La presidenta del Banco Central había dado la instrucción perentoria, de que debíamos cambiarnos de hotel, por razones de seguridad, y por la misma razón él debía tener un chofer/guardaespaldas que lo fuera a buscar al hotel, lo llevara al Banco y de vuelta. El Banco pagaba los gastos de Carlos y de madame. 


Así, fuimos a parar al Hilton, conocimos a Isah, y entramos a un mundo completamente diferente, no sin antes despedirnos de Ken, Mary, Brian, de las damas de la piscina y en general de todos a los que conocimos en las primeras dos semanas. 




No puedo terminar este capítulo sin mencionar, aunque sea de pasadita, el tema de las marcas de las tribus. A esas alturas, yo ya me había dado cuenta que algunas personas -hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, tenían cicatrices casi idénticas en ambas mejillas. Como soy curiosa, cara de palo y metiche, me atreví a preguntar de qué se trataban. En esa foto, un guardia de la piscina. Sus marcas rectas en las mejillas corresponden a los Hausa. También tiene marcas de Yoruba aunque se notan menos,  y las lleva con infinito orgullo. Las de Yoruba son tres cicatrices que van desde la comisura de los labios hacia la mejilla, parecen un "rasguño" de un león. Si hacen zoom con la foto, las van a poder ver.


Con esa explicación, empecé, quizás, a entender un poquito sobre cómo se comunican entre sí, en un solo país, personas que pertenecen a cientos de etnias diferentes con lenguajes distintos. Es porque se reconocen fácilmente entre ellos. Cada tribu o etnia tiene sus propias marcas. 


To be continued...

Nigeria, capítulo 5 de ¿ ? Cómo vestirme y no recibir escupos y quién sabe qué más.

 



Como expliqué en la entrada anterior, durante la primera semana en Abuja anduve vestida de puta sin saberlo, por lo que me tiraron un escupitajo y me gritaron una chorrera de garabatos en idioma incomprensible, pero sin duda eran palabras de odio, por considerarme atractiva con jeans ajustados y polera sin manga. 


En Nigeria conviven cientos de etnias, religiones, culturas diferentes, una de ellas es la musulmana. Para ellos, una mujer que no se tapa las piernas, los hombros, o incluso el pelo en el caso de los más fundamentalistas, constituye una amenaza pues los "tienta" a cometer pecado, y todo el odio se traspasa a la tentadora. O sea, a mi.


Nunca pude entender muy bien, pero al parecer las prostitutas no les molestan, ellas sí usan ropa ajustada, hombros destapados, maquillaje, etc., pero nunca vi que alguien las atacara. Por el contrario, los hoteles disponen de espacios específicos donde ellas tienen "permiso" para trabajar. En el hotel que estábamos en ese momento, ese espacio era la piscina, y por eso en el comedor no había ninguna mujer vestida así, excepto yo. Esto de los "espacios reservados" lo descubrí mucho después.


Como Kenneth, el garzón, me había dicho sutilmente que le gustaría verme con un lindo vestido nigeriano, al día siguiente del escupitajo lo agarré y le dije "Oye, cómo no me dijiste que estaba vestida de manera inapropiada, me largaron un escupo!!" a lo que me contestó con cara de perrito arrepentido "...Pero si le dije que me gustaría verla con vestido...", comentario que para él era suficiente advertencia. No se había atrevido a decírmelo de forma más directa.


El, un encanto de persona, quiso ayudarme con una buena inyección de "ubicatex", y ahí me contó que su señora -Mary- era sobrina del dueño del hotel, que trabajaba ahí también, y que el domingo tenían el día libre. Ambos son cristianos, pero conocían las reglas. Me ofreció llevarnos a Carlos y a mi (obvio, ninguna mujer casada andaría sola por la vida) el domingo a comprar ropa. O sea, asesoría de fashion emergency.


Así, me quedé encerrada en el hotel hasta el domingo y confieso que igual seguí feliz con las clases de baile de las damas en la piscina. En el intertanto, seguía tratando de ubicar una ONG en la que pudiera hacer un voluntariado, y ya me había contactado con Mónica Domínguez, una española que llevaba un buen tiempo trabajando allá, especialmente con niños institucionalizados y mujeres maltratadas.


Mientras tanto, Carlos ya llevaba casi una semana trabajando, me comentaba sobre su pega, sobre cómo es que Nigeria es un país rico (por el petróleo), y que lo habían presentado con una ceremonia que partió por rezar. Estaba impresionado, nunca había visto que seminarios, congresos, etc., comenzaran por rezar, y cada cual lo hacía a su manera. De hecho, había un lugar en el edificio destinado a los musulmanes, con las alfombras, el agua y todo, para que pudieran practicar sus rezos a las 3 de la tarde. Todas las instituciones y la gente en general, respetaban las creencias, rituales, la fe de los demás. Lograban convivir sin conflictos, al menos, aparentemente. 


Así, partimos los cuatro el domingo en la van de Kenneth, a comprar ropa. Ahí supe que no existían los malls, ni las tiendas de retail, ni comercio que vendiera ropa por tallas. La manera de lograr vestirme adecuadamente era ir a una feria musulmana a comprar tela (ellos tienen el monopolio de las telas), elegirla, y después ir a un sastre que hace los vestidos a la medida. Me sorprendió tal elegancia, la de mandarse a hacer ropa con sastre, pero ante nuestra profunda y casi fatal ignorancia, Kenneth y Mary eran nuestros salvavidas. Los únicos  que teníamos.


En el camino hacia la feria, Ken nos explicó que lo que debíamos hacer era entrar a una tienda juntos, yo elegir las telas que me gustaran, hacerle una seña, después salir de la tienda, y él negociaba el precio. La idea era tener unos cuatro o cinco vestidos. 


Así, supimos que en Nigeria todo tiene dos precios. El precio normal, y el de skin rate.  No venden nada que tenga el precio puesto o con aviso, siempre hay que preguntar cuánto vale tal o cual cosa, y el vendedor decide en ese momento cuánto cobrar. El skin rate es, literalmente, la tasa de la piel. Por el sólo hecho de ser blancos, nos cobraban el doble. Ahí estaba la razón por la cual yo tenía que sólo señalar la tela, irme, y Ken la compraba. Fue muy, muy amable al explicarnos todo eso, porque el famoso "skin rate" nos persiguió durante toda nuestra estadía, aunque después desarrollé una estrategia espectacular para evitarlo.


Llegamos a la feria y era un mar de gente, principalmente hombres. Diría que la proporción podría ser más o menos 20 a 1. La feria misma tenía locales establecidos, vendían de todo, las construcciones eran muy sencillas, piso de tierra o cemento, ladrillos a la vista, o sea nada de elegante ni chic, pero como tengo alma de campesina (a lo menos en parte), no me importaba en lo más mínimo. 


Eso sí, había un detalle no menor: la comida y la bebida. No se puede tomar nada que no sea bebida gaseosa de marca que no venga en envase cerrado, y jamás, por ningún motivo, cuestión o circunstancia, pedir hielo, porque no se sabe con cuál agua hicieron el hielo, o mejor dicho, 99% certeza que se hizo con agua no potable, por lo tanto el riesgo de contraer alguna enfermedad era alto. En síntesis, o llevábamos alguna bebida para tomar desde el hotel, o nos aguantábamos la sed, con 44° C.


Con Ken entramos a una tienda mientras Carlos y Mary se quedaron afuera, porque dentro de la tienda (de todas) había poco espacio y la temperatura, imposible de adivinar, sin duda superaba la exterior porque no había energía eléctrica ni generadores, por lo tanto, no habían ventiladores. 


El local era alucinante, mejor dicho, las telas. Una maravilla, yo mareada viendo un sin fin de colores, estampados, telas diferentes, no hallaba cómo elegir. Menos iba a saber cuánta tela comprar. Habían hombres comprando los rollos completos o decenas de metros de tela, yo no podía entender por qué compraban tanto, si no eran comerciantes. Tiempo después me di cuenta: la razón es porque muchas parejas se mandan a hacer la ropa con la misma tela, de hecho me daba ternura verlos caminando por la calle vestidos iguales. Traté de copiar ese modelo con Carlos, pero no fue posible. Claro, a él no lo escupían.


Logré decidirme por 4, le hice las señales respectivas a Ken, salí, y él las compró calculando él mismo, a ojo,  la cantidad requerida con puro mirarme. 


Como había pasado un buen rato, me dieron ganas de ir al baño. Por primera vez, a un baño público. Logré ubicarlo, y me encontré con un escenario totalmente inesperado. Estaba repleto de mujeres, musulmanas, conversando alegremente. No exagero si digo que deben haber sido unas 30 en un espacio de 12 metros cuadrados, y por supuesto que dentro del lugar el calor era infernal. 


Así supe, que las mujeres musulmanas deben ir con su marido a comprar, pero no son ellas quienes lo hacen, sino los hombres. Las mujeres deben mantenerse en un lugar donde no sean vistas por el mar de hombres que estaban comprando. 


Por mi parte, estaba aún lejos de dimensionar el tremendo choque cultural, de costumbres, reglas implícitas invisibles, que se nos venía por delante. 


No dudé en aprovechar de comprar un CD con la música de Timaya (album True Story), que tengo hasta el día de hoy y en este momento me inspira a través de spotify. Así, podía tratar de bailar aunque no estuviera con mis compañeras de risas y bailes, las prostitutas del hotel. 



(Mary, Carlos y Ken).


Primera parte de la tarea, comprar la tela, cumplida. Y sin tasa de color de piel. 


To be continued...




miércoles, 5 de mayo de 2021

Nigeria, capítulo 4 de ¿ ? Primera semana: sobrevivencia básica.

 




Como dije en la entrada anterior, el hotel se veía bueno, normal, tenía hasta piscina. Se cortaba la luz a cada rato, pero no nos importaba mucho, excepto de noche cuando era tarde y se suponía que yo tenía que poder comunicarme con mis colegas en Santiago. Como había 6 horas de diferencia, cuando acá eran las siete de la tarde y mis colegas me mandaban un mail o querían hablar conmigo, allá era la 1 am. Me pasé varios meses trabajando a esas horas, para dar continuidad a los juicios pendientes en Chile. 


Carlos empezó a trabajar en cuanto llegamos, se iba y volvía en taxi al Banco Central, y yo me quedaba en el hotel sin poder salir, porque ya estábamos advertidos que no era una buena idea salir sola por las calles, siendo mujer y blanca. El riesgo de ser secuestrada era alto, sólo por mi color de piel. Los secuestros eran pan de cada día. 


Igual estando en el hotel, empecé a buscar ONG´s dedicadas a derechos humanos donde hacer algún voluntariado, tarea que no era nada de fácil. Las únicas que existían eran nacionales, y tenían que bambolear entre tres mundos en un mismo país: el gobierno, corrupto a más no poder, el mundo religioso porque hay musulmanes, cristianos y más o menos un 10% de la población tiene su propia religión étnica, como los Igbo quienes tienen la religión Odinani, la cultura tradicional, y el derecho, que es un enredo salvaje.


Esto de inventar un país dibujando líneas en un mapa, es una de las peores atrocidades cometidas por el ser humano. Nunca voy a poder entender, cómo un par o tres poderosos se han arrogado el derecho de inventar divisiones donde no las hay, o al revés, no respetar divisiones donde sí las hay.


Esto es lo que pasa en Nigeria: es un país que tiene -se supone- alrededor de 190 millones de habitantes. Digo que se supone, porque la verdad es que por lo que vi después en las aldeas, la gran mayoría de los niños y niñas no estaban inscritos en el registro civil, y no se hacen censos acuciosos. Los pueblos originarios de la zona, que son cientos, tienen una historia milenaria de guerras y de paz entre ellos, al igual que la histórica lucha entre musulmanes y cristianos, más reciente, entonces la pregunta que queda es: ¿Qué los une? me vine de vuelta a Chile y para siempre jamás, sin respuesta.


Ahí, en medio de tratar de entender algo, yo buscando una ONG donde poder hacer una actividad. Lo que sea, obvio, porque fuera del territorio nacional no soy abogada, soy más bien un cero a la izquierda.


Lo primero que me encontré fue una ONG que luchaba por evitar la lapidación de mujeres embarazadas, y pedían a la Corte Sharía que esperaran a que naciera primero el bebé, y lapidar a la madre después. Yo, aún envestida y empoderada de mi convicción de que con los derechos humanos no se transa, por ningún motivo acepté participar de esa ONG. Según yo, toda entera occidental y creyendo que me las sé todas, no hay otra opción que exigir que se termine de una vez con la lapidación. Es bien probable que ellos hayan tenido razón, porque al final del día, lograban salvar bebés. Claro que automáticamente quedaban huérfanos, pero al menos se salvaba una vida. 


Así, primera ONG descartada. 


En el intertanto, fui a la piscina especialmente en las tardes, estábamos en época de lluvia, y hacían 44° C mañana, tarde y noche. La piscina era un lugar genial, había música que inundaba el lugar, un ritmo que nunca había escuchado, y habían mujeres y hombres que estaban riéndose, felices, bailando dentro del agua. Esto lo vi el primer día, el segundo, el tercero. Como estaba sola porque Carlos estaba todo el día en el Banco, los primeros dos días no me atrevía a conversar ni nada, me limitaba a aprovechar el placer del ritmo, del sol/nubes/lluvia/sol y en general, del ambiente.


Claro que como hacían 44°, yo circulaba en traje de baño con algo encima, o con polera con pabilo (esas que no tienen manga) y jeans. Total, las mujeres que estaban en la piscina se vestían así, y como el refrán es "donde fueres haz lo que vieres", yo pensaba que mi vestimenta estaba enmarcada en el respeto al que se refirieron en el correo del Banco Central (capítulo 1).


Había, eso sí, un detalle que me llamó la atención. Todos los días, al ir a almorzar al restorán del hotel, observé que las mujeres quienes estaban comiendo se vestían de forma diferente, de hecho, muy elegante.





La vestimenta de ellas no tenía nada que ver con la mía, ni con la de las mujeres que estaban en la piscina. Pensé que quizás se vestían de forma especial para almorzar. 


Entre ( ) todas las fotos  fueron tomadas son con permiso, en Nigeria detestan que uno tome fotos sin preguntar.  


Así, al tercer día, el garzón que atendía en el restaurant -Kenneth- me dijo "I would like to see you in a nice Nigerian dress", me gustaría verla en un lindo vestido Nigeriano. Yo, completamente perdida, le contesté con un simple "Gracias, pero soy chilena y prefiero usar jeans". Tonta yo, no entendí la sutileza de la advertencia de Kenneth. 


Después de almuerzo, fui a la piscina, y me animé a conversar con las mujeres que estaban dentro, felices bailando, y les pedí que me enseñaran a bailar. Estaba fascinada con la música pero no tenía idea cómo se bailaba, y obviamente es imposible hacer los movimientos que ellas hacen, pero era divertido intentarlo. 


Estuvimos un buen par de horas muertas de la risa, nos reímos de mi torpeza, de mi falta de comprensión de lo que hablaban (ahora sé que es un inglés que se llama Pidgin o Broken English, que significa inglés quebrado, entonces no es acento, es otro inglés). 


La música era de un cantante nigeriano que se llama Timaya, el álbum se llama True Story. 


https://open.spotify.com/track/7dtHMHGnOKtFX63BhLmgIL?si=2daa437e189f4ee3


Cuando llegó Carlos de vuelta de la oficina ese día, lo primero que hizo fue tirarse a la piscina, él tiene alma de águila/pez/búho, y yo de lobo/colibrí/lagartija, asi que nuestra dinámica respecto del agua suele ser que él nada y nada y sigue nadando, y yo tomo sol, y sol, y más sol. 



Antes del atardecer (muy importante, no olvidar los mosquitos) me invitó a salir a caminar un rato porque yo no había salido a ninguna parte, así que salimos a dar una vuelta a la manzana. Ahé me di cuenta de la importancia de las veredas. Como no hay, teníamos dos opciones: caminar por la calle a riesgo que nos atropellaran, o caminar por el pasto. Carlos quería caminar por el pasto y le dije "Nooooooo, ni cagando, pueden haber culebras!". Esa vez tuve razón, hay culebras en el pasto, es mejor caminar por la calle con el tránsito en contra, es decir, mirando los autos que vienen. 


Ya veníamos de vuelta de la caminata, cuando pasamos frente a un grupo de varios hombres musulmanes (se notaba por la vestimenta), y antes de pasar frente a ellos empezaron a gritarnos en un idioma inintelegible, pero se notaba que estaban enojados, y mucho. Me tiraron un escupitajo que alcancé a evadir, e instantáneamente a Carlos le salió su lado de chileno-que soluciona-a-combos y quiso retroceder a pegarles. Lo agarré del brazo y le dije algo como "Huyamos por la izquierda mejor Leoncio, son ocho contra uno" y menos mal que me hizo caso.


Llegamos al hotel, directo al sector de la piscina que tenia, además, un bar. Ahí estaba Brian, un gringo que habíamos conocido la noche anterior, trabajaba en el Banco Mundial y llevaba como 10 años recorriendo África y repartiendo conejos. Era un programa de ayuda para auto-sustentación de familias en las aldeas, entregaban conejos para que las mujeres los criaran y pudieran alimentarse. Hace rato habían descubierto que los hombres no hacían la pega, agarraban los conejos y los vendían, en cambio las mujeres sí se dedicaban a la crianza.


Nos acercamos a Brian, a preguntarle por qué me escupieron. Dijo que era por la ropa, mi famosa polera sin mangas y los jeans. Se sintieron ofendidos porque me encontraron atractiva, o sea, en vez de tirarme un piropo o un chiflido, fue un escupo, porque los tenté. 


Entonces le pregunté a Brian, ¿Cómo, por qué, si las mujeres que están aquí en la piscina están todas vestidas igual que yo?


Brian: "Si, pero todas ellas son prostitutas".


Fue así, como los primeros días en Nigeria anduve todo el tiempo vestida de puta sin saberlo. Con todo respeto por ellas, claro está, más encima me enseñaron a bailar.


To be continued....






Capitulo 3: Llegamos a Nigeria, primer impacto.

 



Al llegar al aeropuerto, lo primero que nos llamó la atención fue el desorden, no se entendía nada, no habían letreros, entonces nosotros seguíamos a los demás pasajeros, que uno supone sabrán adónde hay que ir. Habían montones de hombres que nos llamaban, nos hablaban, y al principio me demoré en entender lo que decían. 


En Nigeria la gente joven habla inglés, pero con un acento muy especial.  Pareciera que el acento proviene del hecho que su lenguaje materno o primera lengua es tribal, pero resulta que hay muchas tribus, hay 250 grupos étnicos, y 500 idiomas, pero el acento inglés es el mismo para todos, o al menos yo no pude nunca distinguir un acento diferente entre personas de las tribus Igbo, Hausa, Fulani, Yoruba o Edo. 


Estábamos ahí, siguiendo la corriente como los peces o quizás contra la corriente como los salmones, pero daba lo mismo porque igual no entendíamos nada de nada.


Alguien nos hizo señas y nos insistió mucho, que fuéramos con él, que nos ayudaba con las maletas, así que nos rendimos y lo seguimos. Obviamente el otro impacto es el vestuario, y la alegría de la gente. Todo es colorido, los hombres usan camisas largas y pantalones de la misma tela, una cuestión fascinante. 


Supongo que todos hemos visto películas y documentales sobre África, pero ninguna foto, ninguna película, puede acercarse a la realidad, quizás por una razón simple: las películas no tienen olor, no tienen más que una dimensión, y además se eligen las escenas o peor, se fabrican. Entonces lo que uno ha visto, es lo que alguien quiere que uno vea, no necesariamente algo cercano siquiera a la realidad. 


Seguimos al hombre que tenía una sonrisa casi más grande que su cara, vestido de mil colores. En un santiamén estábamos con maletas y todo dentro de un taxi.  


¡No nos dimos ni cuenta que nadie nos timbró el pasaporte, no llenamos ni un papelito, nada! Creo que como dos meses después nos fijamos en ese detalle: legalmente no existíamos, nunca ingresamos al país.  Tomamos conciencia del peligro de ese hecho cuando ya estábamos demasiado conscientes que nos podían secuestrar, pero eso viene más adelante, es capítulo aparte. 


Carlos en el taxi notoriamente hiperalerta, preocupado, era un mundo nuevo, totalmente desconocido. Yo, feliz, mirando por la ventana los árboles, la gente, mujeres con canastas sobre la cabeza, hasta que llegamos a la ciudad. Abuja (o Abuya).  


La capital de Nigeria no es la ciudad más poblada ni la más antigua. La más poblada es Lagos, Abuja fue planificada y se comenzó a construir en la década de los 70, probablemente durante alguna de las múltiples dictaduras, arrasando con máquinas retroexcavadoras a aldeas completas. En serio. 


Por una parte, es una ciudad moderna en el sentido que se planificó con calles anchas, edificios de gobierno bien construidos, etc., pero se les olvidaron algunos detalles.


Uno de esos detalles fue que no calcularon la cantidad de energía eléctrica que se necesitaba para la ciudad, o sea, no hay. Creo que el sistema de energía se daba por sectores y dos horas al día, pero en realidad todo funciona con generadores eléctricos, cada edificio, y la gente que puede, tiene su propio generador. 


Esto implica, entre otras cosas, que esta ciudad maravillosamente diseñada, tenía semáforos en todas partes pero ninguno funcionaba, y a nadie se le ocurrió jamás, cambiar los semáforos eternamente apagados por un disco "pare" o "ceda el paso", como para que exista algo de orden. 


Así, pareciera que los choferes juegan a los autitos chocadores todo el día: pasa el que pega más fuerte. Nunca vi un auto que no estuviera lleno de cicatrices de guerra por el paso por las esquinas. Estaban abollados por todos los costados, algunos incluso con vidrios quebrados y ya nadie se tomaba la molestia de repararlos. 


Otro detalle que me llamó la atención, pero al que por error, no le di importancia, es que también se les olvidó hacer veredas, cunetas, y caleteras.


Llegamos así, al único hotel que encontré por internet que no fuera de esos de cinco estrellas que son impagables, al menos para nosotros. 


El hotel se veía bien, limpio, la gente que atendía super agradable. Las escaleras estaban chuecas pero como allá no tiembla y ya habíamos visto edificios cuyos muros y piso parecían haber sido construidos para que uno se maree, no nos preocupó. De hecho, el pasillo tercer piso donde estaba nuestra habitación, daba la impresión que uno estuviera caminando sobre el mar. Tenía olas. 


To be continued... 






Nigeria: Un cúmulo de aterrizajes forzosos. Capítulo 2 de ... ¿ ?

 



Aníbal con Bietush. Se nota que es bueno para la talla, ¿no es cierto? Nos encontramos en Madrid después de un viaje que no estuvo exento de inconvenientes, por supuesto.


Uno de ellos fue el repelente para los mosquitos. Como en Nigeria hay malaria, y ese bicho es transmitido por los mosquitos, la regla número uno es llevar repelente (aparte de no salir al atardecer), y no se trata de un repelente común que uno pueda comprar en una farmacia. Es uno nuclear, ni me acuerdo cómo se llama pero tiene que contener DEET y lo vendían en un solo lugar en Santiago. Como no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar en Nigeria, o mejor dicho, sabíamos que íbamos a un país que carecía de cosas que uno da por sentadas, como por ejemplo el agua,  era de mínima lógica pensar que conseguir el famoso repelente allá podría ser difícil. 


Compramos varios frascos, y cometí el error de llevarlos en la maleta de mano. Llegamos a Sao Paulo, pagamos un ojo de la cara y la mitad del otro por un café y algo para comer, y al querer subirnos al segundo avión rumbo a Madrid, me sacan los repelentes (porque son líquidos) y se iban a la basura. Menos mal que muchos años antes viví como ocho meses en Brasil, y algo hablo de portuñol. Le dije al guardia que si botaba a la basura nuestro repelente, era como una condena a muerte, y logré convencerlo de enviarlo por la guata del avión. 


Llegamos vivos, con seis de las ocho vacunas requeridas,  y con repelente a Madrid. 


Hacía un calor brutal, creo que más de 40°C. La única vestimenta razonable, al menos para mí, era una polera con pabilo y jeans. 


Caminamos, recorrimos, compartimos con Aníbal y la gorda, con Guadalupe y su marido,  e hicimos todas las cosas que una pareja hace cuando está de luna de miel, porque en el fondo, eso parecía. Una luna de miel. 


La noche antes de partir, Carlos invitó a Aníbal y a Bietusch a comer a un restaurante, bien bonito. Estábamos comiendo -lo recuerdo perfectamente, hasta con olor incluido- un aperitivo de melón con jamón serrano, exquisito. De repente, de la nada (al menos para mí), Carlos le dice a Aníbal que había un tema que quería conversar con él. Este fue el diálogo, y no es chiste:

Carlos muy serio : "Aníbal, te quería decir que yo tengo intenciones serias con tu mamá, quiero casarme con ella".

Aníbal con cara de seriedad duplicada: "Ah. Bueno, antes de darte mi opinión, necesito hacerte dos preguntas."

(yo, pensando "Oh no... ¿¡Qué weá va a hacer el Aníbal!?" 



Carlos: "Si, claro, pregúntame lo que quieras".

Aníbal: "Quiero saber cuántas parejas sexuales has tenido en tu vida, y de ésas cuántos han sido hombres". 


Por supuesto que en el instante tanto Bietusch, como Aníbal y yo estallamos con unas carcajadas incontenibles, de esas que uno llega a llorar, mientras Carlos estaba más bien perplejo, y aún cuando nos estábamos riendo a gritos, igual le contestó. 


Qué manera de reírnos después! Aníbal contó con lujo de detalles, que meses antes Carlos (hijo) lo había llamado y le había contado de la conversación en el Tavelli, y entre los dos -sumada la gorda que es igual de troll- planificaron durante todo ese tiempo, "cómo hacerle el mayor daño psicológico con la menor cantidad de palabras posibles" (sic), a Carlos G.  


El desafío fue ampliamente logrado, Carlos G. estaba, al momento en que Aníbal le hizo la pregunta, estupefacto.


Nos despedimos en el metro, confieso que me dio pena pero me tragué las lágrimas porque Aníbal me trollea cuando lloro en las despedidas. 



Al día siguiente, partimos a Londres, donde estaríamos unas cuantas horas antes de seguir viaje a Abuja. 


Llegamos a Londres, y yo desesperada por fumarme un cigarro. Tengo una relación literalmente tóxica con el tabaco, es una adicción horrible y aún cuando he logrado dos veces dejar de fumar durante más de un año, he vuelto tres. 


Busqué la zona de fumadores (que en ésa época existía en muchos aeropuertos) pero no había. Pregunté si podía fumar en alguna parte, y la única posibilidad era salir del aeropuerto y fumar en la calle, bajo las penas del infierno en caso de hacerlo en un lugar prohibido. Penas de verdad, no como las chilenas. Es cárcel.


Carlos, quien no fuma, súper amoroso me acompañó, porque obvio, yo estaba dispuesta a pasar por fila de inmigración, etc., con tal de salir, ¡si más encima teníamos que esperar como seis horas para el siguiente vuelo!


Al llegar al funcionario de inmigración, nos pidió los pasaportes, y vino la pregunta, en un inglés perfectamente británico:


Funcionario: "¿Cuál es el propósito de su viaje?"

Yo: "Vengo a fumar".

F: ¿A fumar? ¿Cómo es eso? (con cara de expulsión del país)

Yo: "Vamos a Nigeria, tenemos seis horas de espera para el vuelo, y necesito fumar"

F: ¿¿¿¡¡¡A NIGERIA!!?????? ¿Qué van a hacer en Nigeria? (con cara de espanto)


A todo esto, y como siempre entre paréntesis, hacía rato me había dado cuenta que no estaba dispuesta a estar varios meses tirada de guata al sol mientras Carlos trabajaba, y había decidido hacer voluntariado en derechos humanos. Logré hacer un trato con Carlos: Niños y mujeres maltratadas, si. Presos, no. Busqué en Santiago, antes de partir, organizaciones con las que podría trabajar, pero no existía ninguna de las conocidas. Había un largo historial de abogados y defensores de derechos humanos asesinados.


Carlos: "Voy a hacer un modelo macroeconómico al Banco Central".

Yo: "Voy a hacer voluntariado en derechos humanos"

F: "¿¿¡¡Voluntariado en derechos humanos en Nigeria??!! Vaya, fume todo lo que quiera!! 


Y nos dio a ambos, visa indefinida. 


To be continued.... 

Nigeria: Aterrizaje forzoso de ida y de vuelta. (Primer capítulo de ... ¿ ? )

 



Esa es una de mis fotos favoritas de Nigeria. Generalmente no salgo en las fotos, porque me gusta más tomarlas a que me las tomen. Me encanta estar detrás de la cámara, tratar de captar momentos. 


Quizás esto de preferir estar detrás de la cámara sea parte del trauma por haber sufrido abuso sexual de niña. Ser "bonita" significaba peligro. Por eso no me maquillo, y durante más de 45 años no usé el color rojo, excepto en Nigeria. 


Claro, allá todos se visten de colores alegres, usar rojo no llamaría la atención más que mi color de piel. O sea, allá no podía pasar piola como acá, llamaba la atención sí o sí, porque casi no hay personas de piel blanca. 


Volviendo a la foto de entrada, nos estábamos riendo a carcajadas, o mejor dicho mis compañeras de  conversación se estaban riendo de mi, porque les pedí que no me discriminaran por ser blanca, y porque además les dije que yo era negra pero que me había desteñido, lo cual es verdad. Todos los seres humanos provenimos de África.


Voy a tratar de superar mi dispersión y partir por el principio. 


A mediados del año 2009, Carlos y yo estábamos pololeando. No llevábamos mucho tiempo juntos, quizás unos cinco meses, pero yo sabía que era una relación de verdad, profunda, un amor grande. El es economista, y desde el Banco Central de Nigeria le pidieron que hiciera un modelo macroeconómico -que jamás entenderé- para estabilizar la economía, o algo así. Era un trabajo que demoraría más o menos cuatro meses, él tenía que irse para allá, y me pidió que lo acompañara. 


A esas alturas de la vida, yo tenía casi 48 años, mis hijos ya estaban grandes, peludos, primogénito -Aníbal-  se había ido a Chequia supuestamente por un año pero ya habían pasado dos o más, y segundogénito -Carlos- estaba por terminar la universidad. Trabajaba en forma independiente, desde hacía años y hasta hoy, dedicada al derecho de familia, obviamente tenia responsabilidades con mis clientes y sobre todo, con los niños y niñas, mis clientitos. Para mi, todos son "mis niños". 


De este modo, me vi en una disyuntiva: acompañaba a Carlos en una larga aventura con triple signo de interrogación (mi relación con él, el viaje mismo y la pega), o me quedaba acá, con un signo de interrogación: mi relación con él. 


Quizás sea porque me gustan los desafíos, me decidí por los tres signos de interrogación. 


Obviamente conversé con todos mis clientes (entiéndase todos y todas), y todos me apoyaron. Por supuesto que el plan era seguir trabajando desde allá, y delegar en otros abogados los alegatos, ir a audiencias y todo lo presencial. Armé un equipo con cinco colegas quienes me ayudaron. Un signo de interrogación menos.


Primogénito se oponía tenazmente, me advirtió de peligros y de inexistencia de papel higiénico, al punto que tuve que empezar a hacer la tarea de investigar sobre nuestro lugar de destino.


En esa época, las paginas web de distintos países y gobiernos, recomendaban no viajar a Nigeria, ya que era un país peligroso, estaba el Boko Haram (un grupo terrorista fundamentalista islámico) secuestrando gente, poniendo bombas, etc. Además, las enfermedades: malaria, poliomelitis, cólera, hepatitis, y un sin fin de etcéteras que obligaban a ponerse ocho vacunas, y agregado a lo anterior, por supuesto, el tema del agua. El agua potable no existía en ninguna parte del país, excepto en el edificio del  Banco Central, que tenía su propia agua.  


En síntesis, partir para allá era algo como "sálvese quien pueda". Era más que un desafío común, pero mi corazón, el alma entera, quería estar con Carlos.


Como en Nigeria hay una importante cantidad de la población Musulmana, pensé que quizás debía vestirme de alguna forma especial, usar el hiyab o qué se yo. 

Carlos mandó un mail al Banco preguntando cómo se tenía que vestir su señora, y después de una semana contestaron: "Con respeto".  Yo 👇





Imposible saber qué diablos llevar en cuanto a vestuario. En todo caso, estaban felices de que él fuera con "madame" porque de esa manera se evitaba, en su cultura, que Carlos se "distrajera" de su trabajo.


Como ya estaba completamente determinada, primogénito se allanó (me conoce, salió de mi guata, sabe que si me llego a determinar a hacer algo, nada me detiene), e hicimos un plan. El y Alzbieta (mi nuera, alias Bietusch, Isa, o cariñosamente "gorda" aunque es flaca como tallarín vestido) iban a ir a España de vacaciones en la misma fecha que nosotros a Nigeria, así que aprovecharíamos de juntarnos en Madrid. 


Aquí voy a hacer un paréntesis de contexto, como siempre: Mis hijos y yo  teníamos la costumbre de hacernos bromas, una especie de bullying amoroso, trolleo, y a veces estas bromas se planificaban con semanas, meses de anticipación. Carlos fue víctima de una de esas travesuras, que comenzó un par de meses antes de partir.


Formar una familia ensamblada, con los "tuyos y los míos", no es fácil. Nosotros teníamos además el agregado de que como yo tuve hijos siendo muy joven,  Carlos los tuvo más viejo, y más encima yo soy cuatro años mayor que él, los "suyos" (Carlos -Caco- y Graciela tenían 6 y 3 años de edad, y los "míos", Aníbal y Carlos, tenían 26 y 24. Gran diferencia. 


Cuando llevábamos algunos meses juntos, antes de partir a Nigeria, conocí a Caco y a Graciela. Pasado un tiempo les pedí permiso para pololear con su papá, y ambos me dieron luz verde.


Carlos, por su parte, que es harto más serio y conservador que yo, quiso hablar formalmente con mi hijo Carlos (el único que estaba en Chile), lo invitó a tomar once al Tavelli, y serio como es, le dijo algo como "Quería hablar contigo y explicarte que mis intenciones con tu mamá son serias", cual caballero pidiendo la mano al hijo de una. Por supuesto que mi hijo se sorprendió, porque no esperaba tal declaración de principios, y yo tampoco. 


Mi sorpresa fue aún mayor, con la respuesta de mi hijo: "No te preocupes por mi, no tengo problemas con que mi mamá pololee contigo, o que se vayan juntos a Nigeria, pero ten cuidado con Aníbal. Mi hermano es muy serio, tienes que hablar con él y personalmente, no puede ser por teléfono. No creo que él esté de acuerdo con que vivas con mi mamá sin casarte". 


Por más que le expliqué a Carlos J. García que mi hijo lo estaba trolleando, que el más chacotero de la familia es Aníbal, no hubo caso. Igual quedó preocupado, y quizás ese hecho influyó también en que quisiera que nos reuniéramos en España, lo que implicaba un gasto extra. 


De este modo, comenzamos nuestra aventura. El viaje era: Santiago-Sao Paulo-Madrid-Londres-Abuja, quedándonos tres días en Madrid para encontrarnos con la gorda y Aníbal, y aprovechar de ver a mi querida amiga Guadalupe Morales. 


Continuará...




domingo, 2 de mayo de 2021

SECUELA: Esto no ha terminado. La sobrevaloración de una puede ser mortífera.


 


En serio, esto de la sobrevaloración de uno misma podría ser fatal. Me siento como si estuviera parada en el borde de un xenote a punto de ser sacrificada, y de hecho creo que lo merezco, por gil. 


Con posterioridad a los hechos relatados el día de ayer, han habido acontecimientos merecedores de una secuela.


Resulta que como la ropa que estaba dentro de la secadora quedó como para ser ingresada a una UTI, obviamente la lavé. Primer lavado, seguía presente, aunque disminuido, el aroma pestilente del ex-Jerry. Segundo lavado ya con agua tibia, ídem. Tercer lavado con agua tibia, también, aunque ahora tengo la duda de si acaso el olor quedó vivo dentro de mi nariz, cerebro o neuronas, o si proviene de la ropa. 


A estas alturas ya estoy más allá de la duda razonable. Jerry estuvo, vivo y muerto como el gato de Schrödinger, junto con la ropa, dentro del tambor de la secadora. Entonces, la pregunta que viene, naturalmente, es:  ¿Se podrá volver a usar algún día, sin lavarla en cloro puro?


De este modo, tuve que recurrir a los amplios conocimientos científicos de mi amigo Cristián Muñiz, quien se ha auto-declarado como mi médico guardián, y ahora pasó a ser médico de la ropa.


Entre paréntesis, esto de de voluntariamente auto designarse la calidad de doctor-guardián por parte de Cristián, es una tarea no menor, dada mi adicción a los shocks anafilácticos, que dan para entrada aparte. Por ahora, sólo diré que me gasté las vidas de un gato, porque llevo siete eventos de aquellos.





Debí pensar en eso antes de intentar dedicarme a cazar ratones. 


Ante la pregunta de si acaso la ropa es salvable, o si definitivamente me tengo que deshacer de ella, (incluyendo las típicas prendas regalonas que una siempre tiene, de esas que aunque tengan 10 años las sigues usando) me contestó con una explicación lógica indestructible: la ropa que usan los médicos, por ejemplo para operar, simplemente se lava. 


Aún así, obsecadamente o mejor dicho ya francamente obsesionada, le pregunté si acaso la ropa de los anatomopatólogos también se lava y se vuelve a usar, porque claro, esto ya es cuestión de ratonsopsia. Y si, se lava y se vuelve a usar.


Al respecto, tengo el temor nada de infundado que el asunto de la ropa vaya más allá de la lógica y de las ciencias, sino que de veras no tengo idea si me podré sobreponer a la historia de la ropa como para volver a ponérmela, o al duelo de la misma. Eso queda como duda permanente y nada de razonable.


Más encima, anoche y esta mañana escuchamos a un residente en el entretecho, o sea, al menos uno sobrevivió, o llegó uno nuevo. Eso significa que tengo dos opciones: primera, subir de nuevo al entretecho a poner más veneno porque todavía me queda, o, segunda, dejar a él o los infames intrusos continuar con su vida, hasta contratar a algún exterminador tipo Terminator, o mejor aún, un John Wick ratonicida. Si, mejor John Wick, porque Terminator es demasiado vintage. 


El riesgo de ir a poner más bolsitas asesinas, es obviamente encontrarme con un escenario imposible de olvidar, merecedor de terminar internada en una clínica psiquiátrica. 


En cuanto a la segunda opción, el riesgo de esperar a que venga John Wick, es que el entretecho se transforme de nuevo en una fiesta interminable de visitas indeseadas, y probablemente igual terminar internada necesitando electroshock con calco, o sea doble, como para que mis neuronas se reseteen por completo.


No logro decidirme. Quedo atenta a sus comentarios. Por ahora, lo único que tengo claro es que la Teniente Ripley tenía razón respecto de los alien, y quizás también su solución sea la única definitiva para los Jerry. 

Ripley: "…I say we take off and nuke the entire site from orbit. It's the only way to be sure." 


Algo así como "Yo digo que nos tenemos que ir de aquí y tiramos una bomba nuclear desde la órbita. Es la única manera de estar seguros".



To be continued...


Atte., Aweli Vintage. 


PD: Primogénito leyó la entrada anterior y recordó que cuando nosotros remodelamos la casa hace como 20 años gracias a Darío, salió un Jerry corriendo por el patio, los maestros lo perseguían con palas y escobas, y cual sobreviviente de un callejón oscuro en absoluta inferioridad de número y tamaño, Jerry logró sortear todos los ataques durante un buen rato, hasta que la Souji, logró capturarlo.  O sea, probablemente fui culpable de enviarle a mis vecinos lo mismo que mis vecinos de ahora con su remodelación nos dejaron a nosotros. Mis vecinos están perdonados.


Para efectos de conocer a Darío y a la Souji, pueden leer los homenajes a Darío y a Titán, entradas anteriores.


PD2: Carlos inventó una tercera opción. Dice que va a comprar trampas y las va a poner él mismo en el entretecho, encargándose también del retiro de especies. Quiero ver eso.

PD3: Sigo escuchando al habitante de arriba. No sé si es macho o hembra, pero le acabo de cambiar el nombre: se llama Catalina De los Rios, alias La Quintrala. 

Unas horas después del cambio de nombre, me pareció insuficiente, la llamé Lucrecia de Borgia, pero mi amiga Mónica me iluminó: no son ratones,  son Gremlins!! No sé cómo no se me ocurrió antes, seguro salieron después de la medianoche a tomar agua y se transformaron!