sábado, 8 de mayo de 2021

Nigeria: capitulo 9 de ¿ ? La Roca que no se deja tocar, Isah, la salida de burbuja y la guata de Carlos.

 


Llevo varios días con la mente y el alma en Nigeria. Tenía toda esa experiencia guardada, había escrito algunas cosas hace años,  pero por alguna razón que en mi calidad de escribidora ignoro, se me está saliendo todo a borbotones, en una especie de diálogo imaginario con lectores. Racionalmente sé que es un monólogo, pero prefiero imaginarlo como una conversación. 


Quizás sea porque estoy por cumplir 60, el encierro por el COVID19, el deseo de que la travesía no quede en el olvido, o porque no quiero pensar en los abusos que sufrí de niña. Me tocó ir a declarar a la PDI hace unos días. Fue duro, lloré cinco pañuelos empapados, pero a la vez fue un alivio. Me saqué un elefante de encima, aunque sé que mi agresor seguirá en la más absoluta y cruel impunidad. Quizás irme a Nigeria sea una buena vía de escape  para poder sobrevivir, y si es así, vale. Quizás es una mezcla de todas las anteriores, el asunto es que empecé y no puedo parar. 


Hace un rato me acordé que la primera vez que fui a ese orfanato con Mónica, no fui con Isah sino en un taxi común. Al llegar Mónica me preguntó cuánto me cobraron, le di el monto, y me dijo que me habían aplicado el skin rate. Pagué el doble de lo que valía. 


Allá casi no existen los taxímetros, y los pocos taxistas que tienen no lo usan o hacen trampa.  La costumbre es preguntar el valor del viaje antes de subirse al taxi pero yo no sabía, eso me lo explicó Mónica. Ella ya era experta en el tema así que me dio instrucciones perentorias de jamás pagar más de no-me-acuerdo cuántas nairas por el recorrido. 


A todo esto, los billetes de nairas eran asquerosos, tenían un olor muy particular, como a un cúmulo de grasa de miles de manos y ese olor quedaba pegado en las manos pero había que aguantarlo hasta llegar de vuelta al hotel. Todavía tengo algunas nairas guardadas, porque según mi propia teoría mágica, si tengo los billetes o monedas de un país, voy a volver. Me encantaría hacerlo, tengo hasta un plan sobre qué haría y qué llevaría, pero también un problema insalvable: Carlos no quiere volver por ningún motivo. 


Así, a la vuelta del orfanato y contra todas las enseñanzas de mi niñez, a contrapelo, regateé el precio y no pagué el doble sino un tercio más que el valor que pagaría cualquier persona de piel oscura. Igual me sentí vencedora. 


No es fácil aprender a regatear siendo adulta, sobre todo si te enseñaron que es mala educación, que es vergonzoso porque implica mostrar pobreza, rasca, y cosas por el estilo que me inculcaron a fierro fundido en las neuronas de pequeña. Confieso que me criaron cuica, pero porfa, no me discriminen, no es mi culpa. Carlos, en cambio, fue criado en base a regateo porque sus padres eran profesores normalistas, de esos con vocación, mal pagados y necesitaban regatear para sobrevivir, por lo tanto él es experto en lo que parece ser el arte del regateo, y no es algo que tenga relación con que si tiene o no dinero, es simplemente un hábito. 


Esto lo descubrimos durante la estadía en Nigeria, por lo tanto él quedó para siempre con la carga del regateo porque simplemente no sirvo para eso, me da vergüenza. 


Gracias a Isah, los fines de semana salíamos a pasear, a conocer lugares que nos recomendaba. Desde el principio nos habló de ir al norte, al estado de Kano, donde hacía "frío", porque se daba cuenta fácilmente que no estábamos acostumbrados a vivir a 44°C o más, 24/7. Por supuesto que el elegante hotel en que estábamos había aire acondicionado, pero saliendo del hotel había que apañar con el calor. 


Yo, bruta e ilusa, soñaba con ir a algún parque nacional y encontrarme con elefantes, jirafas, selva, animales en libertad. Eso no está precisamente en Nigeria, sino en Sudáfrica, el parque Kruger por ejemplo. Gracias al lento internet, fue cuestión de un par de horas darme cuenta que para llegar al Parque Kruger teníamos que tomar un avión hasta Europa y desde allá a Sudáfrica, lo cual era ridículo. Isah nos dijo que cerca de la capital de Kano, en Gadun había un zoológico-parque famoso, y que podría llevarnos un fin de semana en que no tuviera que cumplir deberes con su esposa. 


Abuja está en el centro de Nigeria, en el territorio de la Capital Federal. La zona central se caracteriza por tener una población casi mitad cristianos y mitad musulmanes, pero el norte es otra cosa. Allá la población es 80% musulmana, pero con Isah estábamos muy bien asesorados. Aún cuando Kano estaba a poco más de 300 kms. de distancia, Isah nos dijo que el viaje era muy largo, y que el ideal era esperar un feriado porque ir y volver en dos días era imposible. También nos dijo que por ningún motivo podíamos arrendar un auto e ir por nuestra cuenta, era demasiado peligroso que una persona blanca manejara por esas carreteras. Hicimos fe de lo que nos dijo Isah y dejamos el plan de Kano para más adelante. 


Fuimos a Zuma Rock, en Kaduna. Según Isah es una roca muy importante, una deidad  protectora de malos espíritus. Se decía que en las noches se escuchaba a los muertos y por eso no se había podido construir un tremendo resort que estaba planificado. Cada vez que intentaban construir, los empleados huían por los sonidos nocturnos, lo que sumado a las creencias de los Gwari, habitantes ancestrales de la zona,  los obligaba a considerar el lugar como sagrado y no tocar la roca. Lo que es innegable, es que en la roca se ve clarito un rostro, con ojos, nariz y boca. 



(Recuerden, fotos con tecnología del 2009, tomada con zoom. Los postes y cables que se ven fueron puestos alguna vez pero estaban de adorno).



No había camino para llegar hasta la roca, nos estacionamos en la carretera, distante quizás, un kilómetro de Zuma. Yo, por supuesto, fui derecho a meterme a la selva para llegar a la roca, cuando Isah me pega un grito: "¡¡NO!!". Claro, había un detalle en el que no pensé en ese momento. Las culebras y otros animales, algunos reptiles o otros con garras y dientes. No se podía entrar. 


Quizás tan impactante como Zuma fue el camino para llegar allá.  Ahí vimos por primera vez, la zona fuera de la capital, hacia el norte. Una cara nueva.






Ahí estaba patente la Nigeria sobrepoblada, pobre, sin infraestructura. El resultado de la imposición de la cultura occidental con metrópolis, que los habitantes ancestrales no podían, ni pueden, entender y que además sólo causa destrucción de su forma de vida. 


Los occidentales tenemos la mala costumbre, narcisista, "occidentocéntrica", brutal, de creer que nuestra forma de vida es la correcta, y peor aún, imponerla a los demás por la fuerza. Eso fue lo que paso en África. Nigeria -así como los demás países- es un invento, producto de quien sabe cuáles negociaciones entre los invasores ingleses, franceses, holandeses, belgas, quienes irrumpieron en un continente y sin piedad, se tomaron a la gente, la tierra, esclavizaron, robaron, impusieron idiomas, y una forma de vida a la que los pueblos originarios, en muchos sentidos, nunca se pudieron adaptar. 


La gran tragedia de Nigeria en particular, no es sólo la invasión de Inglaterra, sino que al producirse la independencia en 1960, los ingleses se fueron y los dejaron botados, probablemente debido a que no se había descubierto aún el petróleo. Desde entonces, Nigeria ha sufrido guerra civil (Biafra), hambruna, múltiples dictaduras, y en definitiva, pareciera que de ninguna manera la riqueza del petróleo le va a llegar a la gran, gran mayoría de los ya más de 200 millones de habitantes. 


La pobreza de ellos no es la que nosotros conocemos. Tiene que tener otro nombre, es miseria. 




Sé que no es gracioso ni entretenido escribir sobre este tema, pero es lo que vi, lo que me demolió el alma en pedacitos, lo que me hace querer escribirlo aunque duela. 


Creo que en ese viaje de "turismo", Carlos empezó a darse cuenta que las cifras y estadísticas del Banco Central no eran suficientes para comprender la realidad, y menos para pretender dar solución a la pobreza con un modelo macroeconómico bacán, que sin duda él era -y sigue siendo- perfectamente capaz de hacer. 


No es algo tan lejano de lo que pasa en Chile, acá la gente encargada de las políticas económicas, etc., también vive en la burbuja de cifras y estadísticas, sin jamás poner los pies en la tierra ni meterlos en el barro, cuando eso es precisamente lo que debieran hacer. 


Ahora, como no todo es tragedia, y además el devastador panorama que vimos era lo normal para Isah, a la vuelta -ya de noche- nos llevó a uno de sus restaurantes favoritos a comer pescado asado. 


Obvio que el restaurant no era como los que conocemos, ni siquiera una picada. Era un lugar donde había locales juntos, como los sastres pero sin techo, y cada local contaba con algunas mesas y sillas. La gran mayoría de las asaderas eran mujeres y niñas, y la gran mayoría de los clientes, hombres. 





(En esa foto se puede ver, aunque con dificultad, que debajo de las asaderas hay braseros, ahí cocinan las papas fritas)



(Carlos con Isah antes de comer el pescado)


El pescado se asaba revestido con una tonelada de ají o algo muy picante y se comía con las manos, en grupo. Es decir, servían el pescado con las papas fritas que se cocinaban en sartenes que estaban debajo de las asaderas, e íbamos picoteando entre los tres. No me demoré mucho en descubrir que sólo podía comer la parte interior, casi me desmayo cuando agarré el primer pedazo con ají y todo. 


Por supuesto que la música, la alegría y el baile no faltaron, y tampoco que la gente y en particular los niños se nos acercaran porque somos blancos, lo que les causaba curiosidad. Los adultos, si bien eran amables y alegres, a veces nos miraban con desconfianza, resultado ineludible de cientos de años de martirio y abusos  sufridos a manos de gente que se creía mejor y más importante que ellos por el color de la piel. En ese sentido, al estar con Isah estábamos más o menos salvados de tanta desconfianza y además, del skin rate y de los escupos. Isah fue, durante todo el tiempo que estuvo con nosotros, nuestro protector. Hasta hace unos tres años, de vez en cuando me llamaba para saludar y decir que nos extrañaba. Creamos un lazo con él, basado en el principio fundamental de las tres R: Respeto, Reciprocidad, y Reconocimiento. 



 

Al final del día, lo pasamos chancho, pero el lugar estaba al lado de un recinto militar, y a las 11 de la noche en punto, se escucharon tres balazos. No era una guerra, era el aviso que había que irse. 


En otra entrada, les contaré cuál fue el efecto -por cierto dramático- del pescado en el estómago de Carlos. Yo puedo comer sapos y culebras, no me pasa nada, pero él.... 



Continuará.












Nigeria, capítulo 8 de ¿ ? : Más que dos mundos. Mundos paralelos.

 











(Con Carlos en el orfanato)



Cuando Carlos llegaba de vuelta del trabajo a veces me comentaba -aunque yo no entendía nada y hasta el día de hoy no entiendo- sobre la economía de Nigeria. 


Me decía que es un país rico, que las estadísticas indicaban un ingreso per cápita X, el PIB, el PAB, el POB, qué sé yo. Se suponía que todo estaba bien y parecía que el problema que querían resolver era la inflación o algo así. Las nairas (moneda nigeriana) valían cada día menos. Me comentaba sobre la "maldición del petróleo", que significa que al ser el petróleo el único producto de exportación, prácticamente no existía industria o agricultura, otras fuentes de producción o algo así.  Para entenderlo bien, Carlos tendría que escribir el blog, no yo.  El asunto era que en su trabajo, todo parecía perfecto. El edificio espectacular, agua potable propia, energía eléctrica ídem, restaurant dentro del banco, de hecho era mucho mejor que las instalaciones del Banco Central aquí en Chile. 


También me contaba sobre "curiosidades" de la pega, como por ejemplo que un compañero de trabajó le preguntó por qué no tomaba otra esposa, una sola era muy poco, y él contestó "No, con la que tengo es suficiente, no me imagino tener dos como ella", y terminaron todos muertos de la risa. Había que adaptarse no más, no quedaba otra. 


Entre los musulmanes, la cantidad de esposas es símbolo de status. Pueden tener hasta cuatro, a fin de no caer en la tentación de ser infieles, pero la cuestión no es al lote. El marido tiene la obligación de tratar por igual a todas las esposas, lo que en la práctica significaba que si le regalaba un Mercedes Benz a una, tenía que hacerle el mismo regalo a las demás. Todo tenía que ser parejo, creo que hasta con quién dormía. Una noche con una, la siguiente con otra, y así siguiendo. De ese modo, se evitaban los celos entre ellas. 


A todo esto, Carlos desde un principio se refería a mi como su señora, asumieron que estábamos casados, y después no nos atrevimos a explicar que estábamos pololeando porque nos daba la sensación que no seríamos aceptados por ninguna de las religiones. 


Asentados en el nuevo hotel, Carlos yendo a trabajar todos los días, yo de noche pegada en el computador tratando de trabajar con un internet más lento que tortuga de Galápagos, se hacía urgente para mi hacer algo de día, que no fuera recurrir a mi parte de lagartija y pasar  tirada al sol en la piscina. 



(Esas son mis piernas, pero lo importante es la lagartija que se ve detrás).


Fue así, que empecé a salir de la burbuja. No recuerdo con exactitud qué fue primero, qué después, pero supongo que el orden cronológico es lo menos importante. 


Mónica me invitó a ir a un orfanato (qué fea palabra, pero no encuentro otra). Allá que yo sepa no existía ninguna institución del Estado que se hiciera cargo de niños y niñas huérfanos, abandonados, o rechazados. La estimación estadística en ese momento, era que aproximadamente un millón de niños vivían en la selva, comiendo lo que encontraran. Duro, pero cierto. 


Existían algunas fundaciones que se dedicaban al tema, y así surgían los diferentes orfanatos, todos particulares.  Estas fundaciones dependían de donaciones, las que podían llegar a ser cuantiosas y sin duda había gente que realmente  creía que ayudaba a niños donando. La verdad es que al pedir donaciones mostraban fotos bonitas. Las imágenes que vemos en los documentales o en las películas, pero esas fotos no tenían nada que ver con la realidad. 


Acepté la invitación de Mónica y partimos a un hogar que quedaba dentro de la ciudad. Ese fue el primero que conocí. Mónica era voluntaria conocida, así que simplemente me presentó y en un abrir y cerrar de ojos, yo estaba dentro. 


Era una casa de dos pisos, en el primer piso estaba la oficina de la directora (una abogada nigeriana), la cocina, una sala de estar, baño y no sé qué más. El patio era chiquito, de tierra. Los niños (entiéndase niños y niñas) tenían prohibido bajar al primer piso y salir al patio.  Estaban todos recluidos en el segundo piso, donde habían dos dormitorios, un baño y una sala de estar. Tampoco recuerdo con exactitud cuántos niños había, quizás Mónica pudiera algún día encontrarse con este blog y comentar (ahora vive en España), pero lo que sí recuerdo claramente es que eran más o menos veinte. Las habitaciones tenían creo que tres camas cada una.  Imaginen ustedes, las condiciones en las que vivían esos niños. 


Para peor, aunque tenían electricidad gracias a un generador, y un televisor en la salita de estar, no habían ventiladores, razón por la que el calor, húmedo, al interior de la sala de estar era, literalmente, insoportable. 


Lo que Mónica hacía era básicamente entretener a los niños, jugar con ellos, acompañarlos. En cuanto subimos las escaleras corrieron hacia ella. Habían dos o tres cuidadoras, pero no se relacionaban con los niños mucho más que para regañarlos o golpearlos, y presumo que les daban algo de comer. 


Esos pequeños y pequeñas no iban al colegio ni a jardín infantil, no tenían acceso a salud (nunca vi un hospital o clínica en Nigeria), las condiciones sanitarias del lugar eran más que deficientes, y lo único que tenían permitido hacer era ver tele. En la tele no veían canales, sino sólo una película sobre Jesús, en que las cuidadoras o los mismos niños, repetían una y otra vez. Era tanto, que recitaban el guión por anticipado, de memoria, peques que deben haber tenido entre tres y ocho años de edad, aunque la edad exacta de cada uno era desconocida. Probablemente eran aún mayores, pero mal alimentados y privados de cariño, contención, compañía, todo excepto techo, un poco de ropa (casi ninguno tenía zapatos) y cama compartida. 


Todos los niños y niñas estaban obligados a ser cristianos, porque el hogar lo era. Así, habían algunos quienes eran musulmanes pero rápidamente y sin tregua, convertidos.


La directora, una mujer cristiana muy elegante, llegaba en una 4x4 último modelo, con sus guardaespaldas, se quedaba un rato y se iba. 


Ese primer día, y muchos otros, llegué de vuelta al hotel hecha mierda, lo único que pude hacer fue tirarme a la cama a llorar y llorar, hasta que me di cuenta que faltaba poco para que llegara Carlos, así que me lavé la cara para poder esperar al amor de mi vida y compartir con él. 


To be continued....


PD: La foto de portada no es del primer día, es el hogar, fue tomada después. 

PD2: Los niños que vivían en ese orfanato -y en todos los demás- eran los que tenían suerte. Los demás, estaban en la selva o en las calles. Solos.

 















Nigeria, capítulo 7 de ¿ ? Choque frontal con la otra Nigeria.

 





Nos mandaron cual paquete express al Hilton, sin derecho a réplica. Carlos y yo no entendíamos mucho tanta preocupación por parte de la presidenta del Banco Central, nos habían hablado de secuestros y cosas así, pero nuestra mirada superficial no nos había permitido tomarle el peso a la verdadera dimensión de los riesgos. De hecho, estábamos más preocupados por los mosquitos  y los escupos.  Un secuestro -en nuestras neuronas chilenas- nos parecía algo tan improbable y lejano, que cuando nos hablaban de ese tema nos entraba por una oreja y salía por la otra. Simplemente no estaba incorporado en nuestros registros del sistema límbico. 


Empezamos a entender un poco, cuando ya llevábamos como una semana en el Hilton, gracias a que todos los días nos entregaban un diario y lo leíamos. Día tras día, habían noticias que decían "Hijo mayor de Gobernador de no sé donde, fue secuestrado". "Suegra de fulano de tal fue secuestrada" "Esposa de no se quién fue secuestrada". 


La otra señal inequívoca de que existían peligros insospechados para nosotros, era la estructura y forma de funcionamiento del hotel.


Tenía una sola entrada, con barreras y casetas con guardias armados, de entrada y de salida. Para entrar, había que detenerse, mostrar identidad, los guardias tomaban nota de la patente del vehículo y de la identidad de todos los ocupantes, incluyendo el chofer, y por radio anunciaban a algún interlocutor llegada de toda persona que ingresaba. A la salida, lo mismo.


Desde la entrada hasta el edificio, había por lo menos unos 300 mts. de distancia y ahí estaba la única vereda que vimos en Nigeria. De esta forma, quienes entraban caminando (generalmente los empleados) debían hacer un recorrido considerable, vigilado a todo lo largo aproximadamente cada 30 mts., por guardias armados. No soy experta en armas, pero eran parecidas a las AK-47,  sumamente mortíferas y por qué no decirlo, atemorizantes. Sin duda eran armas para uso militar. 


El primer día, a la llegada, casi no notamos todo eso, de hecho nos reíamos pensando que nunca nos habríamos imaginado siquiera, que algún día en toda la vida -o varias- estaríamos en un hotel de lujo en ningún país, y menos en la capital de Nigeria. Por supuesto, la foto en la entrada con "The Clinic" no podía faltar. (La mandé y no la publicaron, ¡qué decepción!).


Para entrar al hotel, había que pasar por más máquinas y revisiones que en los aeropuertos. Detectores de metal, guardias que pedían abrir el bolso, también premunidos de armamento de guerra, identificación, pasar cartera, bolsos, maletas por máquinas también, etc. La revisión era extremadamente acuciosa, algo que jamás había visto en un hotel en ningún país que hubiera visitado anteriormente. 


En nuestras mentes, todo eso, hasta ese momento, quedó guardado en la carpeta neuronal de "cosas raras", la verdad no le dimos tanta importancia.


Al llegar a la habitación, también encontramos "raro" que en los pasillos del piso hubieran varios guardias armados, vigilando. Durante toda la estadía en ese lugar, siempre, mañana, tarde y noche habían guardias armados no sólo en la entrada, sino en todos los pisos del hotel así como en los jardines. 





(Ese video lo tomé después, cuando llevábamos como dos meses viviendo en el hotel.)


Las personas que entraban y salían se veían muy diferentes a quienes estaban en el hotel anterior. Evidentemente eran más elegantes, y habían familias completas, es decir, con niños y niñas. No habíamos visto niños en el hotel anterior.


Así, nos encontramos de frente con la élite, con la Nigeria injusta, inhumana e indescriptiblemente privilegiada. Más adelante explicaré por qué digo que es inhumana. 


El hotel disponía de cinco restaurantes, dos bares, una piscina gigantesca, servicio de lavado de ropa, y todos los extras que uno pudiera imaginar. Al contrario que en el hotel anterior, nunca se cortaba la luz. 


Después supimos que tenían 5 generadores eléctricos a petróleo, gigantescos. No me acuerdo del costo mensual en petróleo para alimentar a esa  bestia hambrienta, pero naturalmente Carlos lo preguntó y seguro se debe acordar, pero ahora está durmiendo así que más tarde les cuento. Sí sé, que era muchísimo dinero.


En parte el cambio no me gustó tanto, me siento más cómoda en un ambiente menos ostentoso, pero en parte también fue un alivio, principalmente porque como no se cortaba la luz, podía trabajar sin mayores problemas. Eso sí, siempre entre la 1 y las 3 am, o sea entre las 7 de la tarde y nueve de la noche hora chilena. Carlos llamaba a sus niños todos los días, al llegar de vuelta del trabajo y también trabajaba hasta tarde, así que nos turnábamos con el uso del computador.






En el intertanto, ya me había comunicado con Mónica Domínguez, una voluntaria incansable que todos los días iba a orfanatos o ayudaba a un médico nigeriano quien visitaba aldeas dos veces por semana llevando medicamentos y atendía a mujeres y niños, y también tomé contacto con una ONG que se dedicaba a ayudar a mujeres maltratadas. 


Como Carlos tenía que sí o sí contar con un chofer/guardaespaldas por orden de la presidenta del Banco Central, llegó Isah a nuestras vidas. Su trabajo era ir en la mañana temprano a buscar a Carlos, dejarlo en el Banco, y en la tarde ir a buscarlo y llevarlo de vuelta al hotel. Como yo quería hacer algún voluntariado (qué lata más grande quedarme todo el día en el hotel, seguro me iba a morir de aburrimiento o de inútil), después de unos días le pregunté a Isah si podía acompañarme en mis aventuras, y así, acordamos que también me llevaría. Como en ese momento todavía no tomábamos conciencia plena de los múltiples peligros invisibles, pensé que la misión de Isah sería como un taxi a la puerta, pero con la diferencia que siempre sería el mismo taxista. 


La verdad estaba galácticamente distante. 


Todavía teníamos problemas con la comprensión del lenguaje, así que me vi en la necesidad de agudizar el oído. Un ejemplo: cuando los Nigerianos quieren decir "tres", que en inglés es "three", decían "teri",  que sonaba como "tree", que significa árbol. El tono, la forma de hablar, el acento, todo, era totalmente distinto al inglés gringo, que es mi idioma materno.  Por suerte hablaban lento, aunque nunca supe si lo hacían así en Hausa, Yoruba, Fulani o Igbo. Ahí sí que no entendíamos nada de nada.  Con el tiempo logré entender bien, y también aprendí a hablar el inglés particular de ellos. 


Con el pasar de los días y gracias a Isah, descubrimos que los nigerianos tienen el mismo concepto de "altiro" que los chilenos, sólo que dicen "I am coming", que en sentido literal significaría "vengo", pero significaba "voy altiro". O sea, imposible saber cuándo llegaba. Ahí estaba quizás, lo único que uno podía encontrar en común, culturalmente hablando. 


Por si tengo algún lector o lectora de fuera de Chile, explico: cuando un chileno dice "voy altiro" o "te llamo altiro de vuelta", el significado literal es "voy de inmediato", pero ese no es el significado real. "Altiro" puede significar 5 minutos, una hora, tres horas, o nunca. 


El "I am coming" de Isah era igual. Carlos es trabajólico, jamás llegaría tarde a su trabajo ni a ningún compromiso. Cuando estábamos recién saliendo y quedaba de pasarme a buscar para ir al cine o algo, llegaba como 15 minutos antes y se quedaba afuera esperando la hora precisa para tocar el timbre. De este modo, si Isah lo tenía que pasar a buscar a las 8:00 am, a las 7:55 Carlos lo llamaba, y la respuesta de Isah era siempre la misma: "I am coming" y nunca se sabía si recién había despertado, si estaba entrando al hotel, o si estaba tomando desayuno. Lo único que sabíamos era que ya había terminado su rezo de madrugada, porque de lo contrario no habría contestado el teléfono. Isah es -o era- musulmán, por lo tanto nuestras actividades y horarios estaban sometidos al rigor de su religión.



Entre paréntesis, la rigurosidad de los musulmanes para cumplir con sus ritos es impresionante. En casi todas las esquinas de la ciudad habían alfombras en dirección a La Meca, y jarrones de plástico con agua. A la hora de la plegaria, en punto, sonaban los cánticos con alto parlante, y todos detenían sus labores para rezar. Nadie se robaba las alfombras. Quienes profesaban otras religiones, fueran de la etnia que fueran, respetaban completamente todo eso. De hecho, cuando uno caminaba por la calle y se cruzaba con las alfombras, nunca pasaba por sobre ellas, sino que las rodeaba. Ese nivel de respeto me fascinó, independientemente de mis propias creencias.


Para poder tratar de entender de qué se trataba este mundo en que estábamos, apliqué el único método que se me ocurrió. Leer. Sobre el escritorio de nuestra habitación cohabitaban un Corán y una Biblia. Me puse a leer el Corán, después, la Constitución (la de Nigeria, obvio) y  la Carta Africana sobre Derechos Humanos y Los Pueblos, como para tratar de integrarme porque según yo, en ese momento, lo mínimo para poder hacer voluntariado en DDHH, era conocer las leyes. 


Mentira. Conocer leyes, tratados, convenciones, constitución, etc., básicamente servía para nada. Nada en absoluto. Lo que tenía que hacer, era lo contrario: dejar de lado las leyes, resetearme, y aplicar sentido común, empatía, cariño, creatividad, imaginación, y mucho más. Cualquier cosa menos leyes. 


Nuestra habitación tenía una cama (obvio), un escritorio con una silla, un sillón. No es lo mismo alojar en un hotel, que vivir en uno. Tras un par de semanas, con el sólo objeto de variar algo, con Carlos nos sentábamos en el suelo a ver teleseries hechas en Nollywood, la industria de cine y televisión nigeriana, o las noticias, porque no había más que un par de canales. Fue genial un día en que el Ministro de Energía estaba dando un discurso en cadena nacional, y mientras prometía que Nigeria iba a tener energía eléctrica pronto, se cortó la luz donde se estaba emitiendo el discurso, y la tele quedó en modo "poltergeist". (una película de terror del año de la cueca).






To be continued... 


PD: Le pregunté a Carlos por el gasto mensual en petróleo del hotel para producir su propia energía eléctrica. No se acuerda del monto exacto, pero era cercano a medio millón de dólares. Para tener un hotel iluminado día y noche y ver tele, aunque el canal emisor no tuviera energía eléctrica para emitir los programas. 

PD2: Los guardias no eran nada de sonrientes.









viernes, 7 de mayo de 2021

Nigeria, capitulo 6 de ¿? : Los sastres y el éxodo.

 





(Entrada a la sastrería)

Telas en mano, partimos Mary, Ken, Carlos y yo al sastre que le hacía la ropa a ellos, ultra recomendado. Mejor dicho, recomendada, era mujer. 


Pensé que sería como cuando acá voy donde Manuel, que me hace las bastas de los pantalones y le corta los brazos a mis chaquetas hace como 20 años. Ustedes queridos lectores y lectoras, saben que mido poco más que metro y medio, entonces nunca jamás de los jamases una chaqueta o un pantalón me quedan bien. Las mangas de las chaquetas siempre me llegan como a la mitad de la mano, y los pantalones para qué decir, así que Manuel es indispensable. Cuando voy donde él, siempre está trabajando con una huincha de medir colgada del cuello en su máquina de coser eléctrica, y detrás su ayudante, con otra máquina ídem. Es fácil, me pruebo la prenda, Manuel mide, pone alfileres con los que me suelo pinchar cuando me saco la cuestión, me da un papelito y vuelvo en dos semanas a buscar la ropa, el día que él me dice. Cuando llego, nunca está listo, entonces Manuel me dice "Le juro que se la tengo para mañana", y mañana sí está listo el trabajo, aunque en varias oportunidades llego de vuelta con una pierna más corta. Nunca sé si soy yo la chueca, o si es el pantalón, pero igual me los pongo porque si se los llevo de vuelta a Manuel, seguro que no va a estar listo hasta la próxima temporada. 


Pero la sastrería no era como la de Manuel. Era una especie de galpón, enorme, oscuro, de nuevo sin energía eléctrica, lleno de sastres y sastras en filas, cada uno son su propia máquina de coser, a pedal. Ahí sí que hacía un calor infernal. 


Afuera, una mujer vendiendo hielos. Alegre, como casi toda la gente que vi. Estaba feliz con los cubos de hielo sobre su cabeza, y por supuesto que ni a palos podíamos comprarle un hielo, por las razones explicadas en la entrada anterior.


Nunca me imaginé, ni vi en ninguna película, un lugar así.  No estoy exagerando, eran cientos de sastres ubicados cada uno en su lugar, con sus máquinas de coser a pedal, y como el techo era alto y de zinc no era sólo el calor, sino que el ruido era como escuchar a un millón de crujidos eternos, con eco, por el movimiento de los pedales. 


Mary sabía perfectamente cuál era el lugar de su sastra, así que pasamos rápido por las filas. La sastra, encantadora y risueña (ya, no lo voy a volver a repetir, de ahora en adelante presuman que todos los nigerianos y nigerianas son risueños, a menos que les diga lo contrario), y me empezó a mostrar revistas con diseños de vestidos, blusas y faldas, para que yo eligiera. Parecía una revista de los años 60, algo así, pero de ropa africana. Como yo no entendía nada de nada, elegí al azar. Ella me tomó decenas de medidas, algo que yo jamás había visto. No era sólo el largo, ni la cintura o el busto. Eran los brazos, la distancia del cuello a la cintura, una cantidad considerable de detalles.


Hay básicamente dos tipos de vestimenta: Vestido completo, que lleva un cierre largo en la espalda, o una blusa ajustada que también lleva cierre en la espalda, con una falda que se envuelve y se amarra. Ambas tienen que rozar el suelo, esa es la regla. 


Realmente no sé cómo se las arreglan, porque si uno engorda un solo kilo, ya no va a cerrar el vestido ni la blusa. 





Creo que en ese lugar se hacía sólo ropa cristiana, por la vestimenta que llevaban tanto la sastre como el público, poleras (CON manga) y jeans. Las cristianas pueden usar esa ropa sin ofender, pero parece que sólo las nigerianas. Quizás sea una especie de regla no escrita, un acuerdo implícito de ellos, pero Carlos y yo estábamos sometidos a un escrutinio distinto, de muchos ojos, por nuestro color de piel. 


Tomadas las medidas y elegidos los modelos, la sastre me dijo que tendría los vestidos listos en dos días. Yo, acordándome de Manuel, no lo podía creer. ¿Cómo iba ella a hacer varios vestidos en sólo dos días, si más encima tenía varias clientas, o sea más vestidos que hacer? Misterio total. Manuel los tendría en un año, con máquina de coser eléctrica. 


No me dieron ni un papelito, simplemente pagué los vestidos, cerré los ojos, y nos fuimos.


Efectivamente, los vestidos llegaron en dos días y de hecho, ni tuve que volver al galpón. Mary me dijo que ella también tenía que ir así que me los traería al hotel, y la sastre se los entregó sin cuestionar en lo más mínimo que el retiro fuera hecho por ella y no por mi. Se llama confianza, algo que muchos de nosotros hemos olvidado.


Recibidos los vestidos, blusas y faldas, a Carlos le llega una noticia: La presidenta del Banco Central había dado la instrucción perentoria, de que debíamos cambiarnos de hotel, por razones de seguridad, y por la misma razón él debía tener un chofer/guardaespaldas que lo fuera a buscar al hotel, lo llevara al Banco y de vuelta. El Banco pagaba los gastos de Carlos y de madame. 


Así, fuimos a parar al Hilton, conocimos a Isah, y entramos a un mundo completamente diferente, no sin antes despedirnos de Ken, Mary, Brian, de las damas de la piscina y en general de todos a los que conocimos en las primeras dos semanas. 




No puedo terminar este capítulo sin mencionar, aunque sea de pasadita, el tema de las marcas de las tribus. A esas alturas, yo ya me había dado cuenta que algunas personas -hombres y mujeres, musulmanes y cristianos, tenían cicatrices casi idénticas en ambas mejillas. Como soy curiosa, cara de palo y metiche, me atreví a preguntar de qué se trataban. En esa foto, un guardia de la piscina. Sus marcas rectas en las mejillas corresponden a los Hausa. También tiene marcas de Yoruba aunque se notan menos,  y las lleva con infinito orgullo. Las de Yoruba son tres cicatrices que van desde la comisura de los labios hacia la mejilla, parecen un "rasguño" de un león. Si hacen zoom con la foto, las van a poder ver.


Con esa explicación, empecé, quizás, a entender un poquito sobre cómo se comunican entre sí, en un solo país, personas que pertenecen a cientos de etnias diferentes con lenguajes distintos. Es porque se reconocen fácilmente entre ellos. Cada tribu o etnia tiene sus propias marcas. 


To be continued...

Nigeria, capítulo 5 de ¿ ? Cómo vestirme y no recibir escupos y quién sabe qué más.

 



Como expliqué en la entrada anterior, durante la primera semana en Abuja anduve vestida de puta sin saberlo, por lo que me tiraron un escupitajo y me gritaron una chorrera de garabatos en idioma incomprensible, pero sin duda eran palabras de odio, por considerarme atractiva con jeans ajustados y polera sin manga. 


En Nigeria conviven cientos de etnias, religiones, culturas diferentes, una de ellas es la musulmana. Para ellos, una mujer que no se tapa las piernas, los hombros, o incluso el pelo en el caso de los más fundamentalistas, constituye una amenaza pues los "tienta" a cometer pecado, y todo el odio se traspasa a la tentadora. O sea, a mi.


Nunca pude entender muy bien, pero al parecer las prostitutas no les molestan, ellas sí usan ropa ajustada, hombros destapados, maquillaje, etc., pero nunca vi que alguien las atacara. Por el contrario, los hoteles disponen de espacios específicos donde ellas tienen "permiso" para trabajar. En el hotel que estábamos en ese momento, ese espacio era la piscina, y por eso en el comedor no había ninguna mujer vestida así, excepto yo. Esto de los "espacios reservados" lo descubrí mucho después.


Como Kenneth, el garzón, me había dicho sutilmente que le gustaría verme con un lindo vestido nigeriano, al día siguiente del escupitajo lo agarré y le dije "Oye, cómo no me dijiste que estaba vestida de manera inapropiada, me largaron un escupo!!" a lo que me contestó con cara de perrito arrepentido "...Pero si le dije que me gustaría verla con vestido...", comentario que para él era suficiente advertencia. No se había atrevido a decírmelo de forma más directa.


El, un encanto de persona, quiso ayudarme con una buena inyección de "ubicatex", y ahí me contó que su señora -Mary- era sobrina del dueño del hotel, que trabajaba ahí también, y que el domingo tenían el día libre. Ambos son cristianos, pero conocían las reglas. Me ofreció llevarnos a Carlos y a mi (obvio, ninguna mujer casada andaría sola por la vida) el domingo a comprar ropa. O sea, asesoría de fashion emergency.


Así, me quedé encerrada en el hotel hasta el domingo y confieso que igual seguí feliz con las clases de baile de las damas en la piscina. En el intertanto, seguía tratando de ubicar una ONG en la que pudiera hacer un voluntariado, y ya me había contactado con Mónica Domínguez, una española que llevaba un buen tiempo trabajando allá, especialmente con niños institucionalizados y mujeres maltratadas.


Mientras tanto, Carlos ya llevaba casi una semana trabajando, me comentaba sobre su pega, sobre cómo es que Nigeria es un país rico (por el petróleo), y que lo habían presentado con una ceremonia que partió por rezar. Estaba impresionado, nunca había visto que seminarios, congresos, etc., comenzaran por rezar, y cada cual lo hacía a su manera. De hecho, había un lugar en el edificio destinado a los musulmanes, con las alfombras, el agua y todo, para que pudieran practicar sus rezos a las 3 de la tarde. Todas las instituciones y la gente en general, respetaban las creencias, rituales, la fe de los demás. Lograban convivir sin conflictos, al menos, aparentemente. 


Así, partimos los cuatro el domingo en la van de Kenneth, a comprar ropa. Ahí supe que no existían los malls, ni las tiendas de retail, ni comercio que vendiera ropa por tallas. La manera de lograr vestirme adecuadamente era ir a una feria musulmana a comprar tela (ellos tienen el monopolio de las telas), elegirla, y después ir a un sastre que hace los vestidos a la medida. Me sorprendió tal elegancia, la de mandarse a hacer ropa con sastre, pero ante nuestra profunda y casi fatal ignorancia, Kenneth y Mary eran nuestros salvavidas. Los únicos  que teníamos.


En el camino hacia la feria, Ken nos explicó que lo que debíamos hacer era entrar a una tienda juntos, yo elegir las telas que me gustaran, hacerle una seña, después salir de la tienda, y él negociaba el precio. La idea era tener unos cuatro o cinco vestidos. 


Así, supimos que en Nigeria todo tiene dos precios. El precio normal, y el de skin rate.  No venden nada que tenga el precio puesto o con aviso, siempre hay que preguntar cuánto vale tal o cual cosa, y el vendedor decide en ese momento cuánto cobrar. El skin rate es, literalmente, la tasa de la piel. Por el sólo hecho de ser blancos, nos cobraban el doble. Ahí estaba la razón por la cual yo tenía que sólo señalar la tela, irme, y Ken la compraba. Fue muy, muy amable al explicarnos todo eso, porque el famoso "skin rate" nos persiguió durante toda nuestra estadía, aunque después desarrollé una estrategia espectacular para evitarlo.


Llegamos a la feria y era un mar de gente, principalmente hombres. Diría que la proporción podría ser más o menos 20 a 1. La feria misma tenía locales establecidos, vendían de todo, las construcciones eran muy sencillas, piso de tierra o cemento, ladrillos a la vista, o sea nada de elegante ni chic, pero como tengo alma de campesina (a lo menos en parte), no me importaba en lo más mínimo. 


Eso sí, había un detalle no menor: la comida y la bebida. No se puede tomar nada que no sea bebida gaseosa de marca que no venga en envase cerrado, y jamás, por ningún motivo, cuestión o circunstancia, pedir hielo, porque no se sabe con cuál agua hicieron el hielo, o mejor dicho, 99% certeza que se hizo con agua no potable, por lo tanto el riesgo de contraer alguna enfermedad era alto. En síntesis, o llevábamos alguna bebida para tomar desde el hotel, o nos aguantábamos la sed, con 44° C.


Con Ken entramos a una tienda mientras Carlos y Mary se quedaron afuera, porque dentro de la tienda (de todas) había poco espacio y la temperatura, imposible de adivinar, sin duda superaba la exterior porque no había energía eléctrica ni generadores, por lo tanto, no habían ventiladores. 


El local era alucinante, mejor dicho, las telas. Una maravilla, yo mareada viendo un sin fin de colores, estampados, telas diferentes, no hallaba cómo elegir. Menos iba a saber cuánta tela comprar. Habían hombres comprando los rollos completos o decenas de metros de tela, yo no podía entender por qué compraban tanto, si no eran comerciantes. Tiempo después me di cuenta: la razón es porque muchas parejas se mandan a hacer la ropa con la misma tela, de hecho me daba ternura verlos caminando por la calle vestidos iguales. Traté de copiar ese modelo con Carlos, pero no fue posible. Claro, a él no lo escupían.


Logré decidirme por 4, le hice las señales respectivas a Ken, salí, y él las compró calculando él mismo, a ojo,  la cantidad requerida con puro mirarme. 


Como había pasado un buen rato, me dieron ganas de ir al baño. Por primera vez, a un baño público. Logré ubicarlo, y me encontré con un escenario totalmente inesperado. Estaba repleto de mujeres, musulmanas, conversando alegremente. No exagero si digo que deben haber sido unas 30 en un espacio de 12 metros cuadrados, y por supuesto que dentro del lugar el calor era infernal. 


Así supe, que las mujeres musulmanas deben ir con su marido a comprar, pero no son ellas quienes lo hacen, sino los hombres. Las mujeres deben mantenerse en un lugar donde no sean vistas por el mar de hombres que estaban comprando. 


Por mi parte, estaba aún lejos de dimensionar el tremendo choque cultural, de costumbres, reglas implícitas invisibles, que se nos venía por delante. 


No dudé en aprovechar de comprar un CD con la música de Timaya (album True Story), que tengo hasta el día de hoy y en este momento me inspira a través de spotify. Así, podía tratar de bailar aunque no estuviera con mis compañeras de risas y bailes, las prostitutas del hotel. 



(Mary, Carlos y Ken).


Primera parte de la tarea, comprar la tela, cumplida. Y sin tasa de color de piel. 


To be continued...




miércoles, 5 de mayo de 2021

Nigeria, capítulo 4 de ¿ ? Primera semana: sobrevivencia básica.

 




Como dije en la entrada anterior, el hotel se veía bueno, normal, tenía hasta piscina. Se cortaba la luz a cada rato, pero no nos importaba mucho, excepto de noche cuando era tarde y se suponía que yo tenía que poder comunicarme con mis colegas en Santiago. Como había 6 horas de diferencia, cuando acá eran las siete de la tarde y mis colegas me mandaban un mail o querían hablar conmigo, allá era la 1 am. Me pasé varios meses trabajando a esas horas, para dar continuidad a los juicios pendientes en Chile. 


Carlos empezó a trabajar en cuanto llegamos, se iba y volvía en taxi al Banco Central, y yo me quedaba en el hotel sin poder salir, porque ya estábamos advertidos que no era una buena idea salir sola por las calles, siendo mujer y blanca. El riesgo de ser secuestrada era alto, sólo por mi color de piel. Los secuestros eran pan de cada día. 


Igual estando en el hotel, empecé a buscar ONG´s dedicadas a derechos humanos donde hacer algún voluntariado, tarea que no era nada de fácil. Las únicas que existían eran nacionales, y tenían que bambolear entre tres mundos en un mismo país: el gobierno, corrupto a más no poder, el mundo religioso porque hay musulmanes, cristianos y más o menos un 10% de la población tiene su propia religión étnica, como los Igbo quienes tienen la religión Odinani, la cultura tradicional, y el derecho, que es un enredo salvaje.


Esto de inventar un país dibujando líneas en un mapa, es una de las peores atrocidades cometidas por el ser humano. Nunca voy a poder entender, cómo un par o tres poderosos se han arrogado el derecho de inventar divisiones donde no las hay, o al revés, no respetar divisiones donde sí las hay.


Esto es lo que pasa en Nigeria: es un país que tiene -se supone- alrededor de 190 millones de habitantes. Digo que se supone, porque la verdad es que por lo que vi después en las aldeas, la gran mayoría de los niños y niñas no estaban inscritos en el registro civil, y no se hacen censos acuciosos. Los pueblos originarios de la zona, que son cientos, tienen una historia milenaria de guerras y de paz entre ellos, al igual que la histórica lucha entre musulmanes y cristianos, más reciente, entonces la pregunta que queda es: ¿Qué los une? me vine de vuelta a Chile y para siempre jamás, sin respuesta.


Ahí, en medio de tratar de entender algo, yo buscando una ONG donde poder hacer una actividad. Lo que sea, obvio, porque fuera del territorio nacional no soy abogada, soy más bien un cero a la izquierda.


Lo primero que me encontré fue una ONG que luchaba por evitar la lapidación de mujeres embarazadas, y pedían a la Corte Sharía que esperaran a que naciera primero el bebé, y lapidar a la madre después. Yo, aún envestida y empoderada de mi convicción de que con los derechos humanos no se transa, por ningún motivo acepté participar de esa ONG. Según yo, toda entera occidental y creyendo que me las sé todas, no hay otra opción que exigir que se termine de una vez con la lapidación. Es bien probable que ellos hayan tenido razón, porque al final del día, lograban salvar bebés. Claro que automáticamente quedaban huérfanos, pero al menos se salvaba una vida. 


Así, primera ONG descartada. 


En el intertanto, fui a la piscina especialmente en las tardes, estábamos en época de lluvia, y hacían 44° C mañana, tarde y noche. La piscina era un lugar genial, había música que inundaba el lugar, un ritmo que nunca había escuchado, y habían mujeres y hombres que estaban riéndose, felices, bailando dentro del agua. Esto lo vi el primer día, el segundo, el tercero. Como estaba sola porque Carlos estaba todo el día en el Banco, los primeros dos días no me atrevía a conversar ni nada, me limitaba a aprovechar el placer del ritmo, del sol/nubes/lluvia/sol y en general, del ambiente.


Claro que como hacían 44°, yo circulaba en traje de baño con algo encima, o con polera con pabilo (esas que no tienen manga) y jeans. Total, las mujeres que estaban en la piscina se vestían así, y como el refrán es "donde fueres haz lo que vieres", yo pensaba que mi vestimenta estaba enmarcada en el respeto al que se refirieron en el correo del Banco Central (capítulo 1).


Había, eso sí, un detalle que me llamó la atención. Todos los días, al ir a almorzar al restorán del hotel, observé que las mujeres quienes estaban comiendo se vestían de forma diferente, de hecho, muy elegante.





La vestimenta de ellas no tenía nada que ver con la mía, ni con la de las mujeres que estaban en la piscina. Pensé que quizás se vestían de forma especial para almorzar. 


Entre ( ) todas las fotos  fueron tomadas son con permiso, en Nigeria detestan que uno tome fotos sin preguntar.  


Así, al tercer día, el garzón que atendía en el restaurant -Kenneth- me dijo "I would like to see you in a nice Nigerian dress", me gustaría verla en un lindo vestido Nigeriano. Yo, completamente perdida, le contesté con un simple "Gracias, pero soy chilena y prefiero usar jeans". Tonta yo, no entendí la sutileza de la advertencia de Kenneth. 


Después de almuerzo, fui a la piscina, y me animé a conversar con las mujeres que estaban dentro, felices bailando, y les pedí que me enseñaran a bailar. Estaba fascinada con la música pero no tenía idea cómo se bailaba, y obviamente es imposible hacer los movimientos que ellas hacen, pero era divertido intentarlo. 


Estuvimos un buen par de horas muertas de la risa, nos reímos de mi torpeza, de mi falta de comprensión de lo que hablaban (ahora sé que es un inglés que se llama Pidgin o Broken English, que significa inglés quebrado, entonces no es acento, es otro inglés). 


La música era de un cantante nigeriano que se llama Timaya, el álbum se llama True Story. 


https://open.spotify.com/track/7dtHMHGnOKtFX63BhLmgIL?si=2daa437e189f4ee3


Cuando llegó Carlos de vuelta de la oficina ese día, lo primero que hizo fue tirarse a la piscina, él tiene alma de águila/pez/búho, y yo de lobo/colibrí/lagartija, asi que nuestra dinámica respecto del agua suele ser que él nada y nada y sigue nadando, y yo tomo sol, y sol, y más sol. 



Antes del atardecer (muy importante, no olvidar los mosquitos) me invitó a salir a caminar un rato porque yo no había salido a ninguna parte, así que salimos a dar una vuelta a la manzana. Ahé me di cuenta de la importancia de las veredas. Como no hay, teníamos dos opciones: caminar por la calle a riesgo que nos atropellaran, o caminar por el pasto. Carlos quería caminar por el pasto y le dije "Nooooooo, ni cagando, pueden haber culebras!". Esa vez tuve razón, hay culebras en el pasto, es mejor caminar por la calle con el tránsito en contra, es decir, mirando los autos que vienen. 


Ya veníamos de vuelta de la caminata, cuando pasamos frente a un grupo de varios hombres musulmanes (se notaba por la vestimenta), y antes de pasar frente a ellos empezaron a gritarnos en un idioma inintelegible, pero se notaba que estaban enojados, y mucho. Me tiraron un escupitajo que alcancé a evadir, e instantáneamente a Carlos le salió su lado de chileno-que soluciona-a-combos y quiso retroceder a pegarles. Lo agarré del brazo y le dije algo como "Huyamos por la izquierda mejor Leoncio, son ocho contra uno" y menos mal que me hizo caso.


Llegamos al hotel, directo al sector de la piscina que tenia, además, un bar. Ahí estaba Brian, un gringo que habíamos conocido la noche anterior, trabajaba en el Banco Mundial y llevaba como 10 años recorriendo África y repartiendo conejos. Era un programa de ayuda para auto-sustentación de familias en las aldeas, entregaban conejos para que las mujeres los criaran y pudieran alimentarse. Hace rato habían descubierto que los hombres no hacían la pega, agarraban los conejos y los vendían, en cambio las mujeres sí se dedicaban a la crianza.


Nos acercamos a Brian, a preguntarle por qué me escupieron. Dijo que era por la ropa, mi famosa polera sin mangas y los jeans. Se sintieron ofendidos porque me encontraron atractiva, o sea, en vez de tirarme un piropo o un chiflido, fue un escupo, porque los tenté. 


Entonces le pregunté a Brian, ¿Cómo, por qué, si las mujeres que están aquí en la piscina están todas vestidas igual que yo?


Brian: "Si, pero todas ellas son prostitutas".


Fue así, como los primeros días en Nigeria anduve todo el tiempo vestida de puta sin saberlo. Con todo respeto por ellas, claro está, más encima me enseñaron a bailar.


To be continued....






Capitulo 3: Llegamos a Nigeria, primer impacto.

 



Al llegar al aeropuerto, lo primero que nos llamó la atención fue el desorden, no se entendía nada, no habían letreros, entonces nosotros seguíamos a los demás pasajeros, que uno supone sabrán adónde hay que ir. Habían montones de hombres que nos llamaban, nos hablaban, y al principio me demoré en entender lo que decían. 


En Nigeria la gente joven habla inglés, pero con un acento muy especial.  Pareciera que el acento proviene del hecho que su lenguaje materno o primera lengua es tribal, pero resulta que hay muchas tribus, hay 250 grupos étnicos, y 500 idiomas, pero el acento inglés es el mismo para todos, o al menos yo no pude nunca distinguir un acento diferente entre personas de las tribus Igbo, Hausa, Fulani, Yoruba o Edo. 


Estábamos ahí, siguiendo la corriente como los peces o quizás contra la corriente como los salmones, pero daba lo mismo porque igual no entendíamos nada de nada.


Alguien nos hizo señas y nos insistió mucho, que fuéramos con él, que nos ayudaba con las maletas, así que nos rendimos y lo seguimos. Obviamente el otro impacto es el vestuario, y la alegría de la gente. Todo es colorido, los hombres usan camisas largas y pantalones de la misma tela, una cuestión fascinante. 


Supongo que todos hemos visto películas y documentales sobre África, pero ninguna foto, ninguna película, puede acercarse a la realidad, quizás por una razón simple: las películas no tienen olor, no tienen más que una dimensión, y además se eligen las escenas o peor, se fabrican. Entonces lo que uno ha visto, es lo que alguien quiere que uno vea, no necesariamente algo cercano siquiera a la realidad. 


Seguimos al hombre que tenía una sonrisa casi más grande que su cara, vestido de mil colores. En un santiamén estábamos con maletas y todo dentro de un taxi.  


¡No nos dimos ni cuenta que nadie nos timbró el pasaporte, no llenamos ni un papelito, nada! Creo que como dos meses después nos fijamos en ese detalle: legalmente no existíamos, nunca ingresamos al país.  Tomamos conciencia del peligro de ese hecho cuando ya estábamos demasiado conscientes que nos podían secuestrar, pero eso viene más adelante, es capítulo aparte. 


Carlos en el taxi notoriamente hiperalerta, preocupado, era un mundo nuevo, totalmente desconocido. Yo, feliz, mirando por la ventana los árboles, la gente, mujeres con canastas sobre la cabeza, hasta que llegamos a la ciudad. Abuja (o Abuya).  


La capital de Nigeria no es la ciudad más poblada ni la más antigua. La más poblada es Lagos, Abuja fue planificada y se comenzó a construir en la década de los 70, probablemente durante alguna de las múltiples dictaduras, arrasando con máquinas retroexcavadoras a aldeas completas. En serio. 


Por una parte, es una ciudad moderna en el sentido que se planificó con calles anchas, edificios de gobierno bien construidos, etc., pero se les olvidaron algunos detalles.


Uno de esos detalles fue que no calcularon la cantidad de energía eléctrica que se necesitaba para la ciudad, o sea, no hay. Creo que el sistema de energía se daba por sectores y dos horas al día, pero en realidad todo funciona con generadores eléctricos, cada edificio, y la gente que puede, tiene su propio generador. 


Esto implica, entre otras cosas, que esta ciudad maravillosamente diseñada, tenía semáforos en todas partes pero ninguno funcionaba, y a nadie se le ocurrió jamás, cambiar los semáforos eternamente apagados por un disco "pare" o "ceda el paso", como para que exista algo de orden. 


Así, pareciera que los choferes juegan a los autitos chocadores todo el día: pasa el que pega más fuerte. Nunca vi un auto que no estuviera lleno de cicatrices de guerra por el paso por las esquinas. Estaban abollados por todos los costados, algunos incluso con vidrios quebrados y ya nadie se tomaba la molestia de repararlos. 


Otro detalle que me llamó la atención, pero al que por error, no le di importancia, es que también se les olvidó hacer veredas, cunetas, y caleteras.


Llegamos así, al único hotel que encontré por internet que no fuera de esos de cinco estrellas que son impagables, al menos para nosotros. 


El hotel se veía bien, limpio, la gente que atendía super agradable. Las escaleras estaban chuecas pero como allá no tiembla y ya habíamos visto edificios cuyos muros y piso parecían haber sido construidos para que uno se maree, no nos preocupó. De hecho, el pasillo tercer piso donde estaba nuestra habitación, daba la impresión que uno estuviera caminando sobre el mar. Tenía olas. 


To be continued...